La devaluación, las exportaciones y el vínculo perdido

20 de enero, 2016

exportaciones

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Pese al énfasis puesto en corregir las cuestiones cambiarias, la estrategia en esta materia no está exenta de incertidumbres. Por un lado, el llamado “sinceramiento” del tipo de cambio revela la intención de eliminar las restricciones existentes y unificar el valor del dólar. Esta fue la reacción a la pérdida sistemática de reservas estimulada, en parte, por un dólar barato, tierra fértil para las corridas contra la moneda local.

Pero además de este objetivo preventivo, el tipo de cambio debía alcanzar un valor que permitiera recobrar la dinámica exportadora. La decisión de “crecer hacia afuera” parece ser la alternativa a la desconfianza a los estímulos a la demanda interna, que se asume que tarde o temprano se transforman en pérdida de divisas. Pero la alternativa de expandir la actividad mediante exportaciones implica recorrer un largo camino.

El desafío mayúsculo de la coyuntura es, como dijimos en una nota anterior, lograr que la devaluación se traslade lo menos posible a precios, tarea difícil en los tiempos que corren. Pero aun asumiendo que el tipo de cambio real logre una mejora significativa, este es solo el primer paso. Todavía quedan otros obstáculos por sortear.

En primer lugar, las exportaciones que pueden ganar mercados gracias a una mayor competitividad cambiaria son las industriales, ya que las primarias venden todo producido a los precios internacionales. En cuanto a las economías regionales, a medio camino entre estos dos casos, la devaluación ayuda. Pero las magnitudes están lejos de ser la solución al crecimiento: una mejora de 20% en sus ventas podría representar apenas US$ 1.000 millones adicionales, 2% de las exportaciones totales. La esperanza se concentra en el turismo, el sector más reactivo a la devaluación, pero la disputa cambiaria con Brasil no será fácil de ganar.

Segundo, en el plano internacional, “el horno no está para bollos”. Brasil dejó en claro hace rato que sostendrá sus políticas para recuperar competitividad en base a devaluación del real y a un estricto control del déficit fiscal, lo que nos perjudica de manera no ambigua. China, pese a cierta reorientación de su economía hacia el mercado interno, sigue siendo un competidor agresivo. Y la demanda mundial continúa muy deteriorada, con la única excepción de Estados Unidos, que muestra cierta dinámica pero no nos compra manufacturas.

En tercer término, el proceso de recuperar o crear nuevos mercados de exportación suele ser lento. Argentina está catalogada como una economía inestable, no como un país capaz de sostener un tipo de cambio competitivo durante un tiempo suficiente para establecer lazos comerciales duraderos. El país tampoco es una marca registrada a la cual la demanda externa acude cada vez que el tipo de cambio les favorece. Las relaciones comerciales internacionales son mucho más que eso, y por eso deben ser acompañadas por una oficina estatal que colabore en varias dimensiones con los emprendimientos para ganar mercados en el exterior.

Las experiencias recientes ilustran el riesgo de asumir que una devaluación elevará inmediatamente las ventas externas. Durante 2002, con un tipo de cambio promedio elevadísimo en términos históricos, las exportaciones industriales cayeron 8,5%, y solo comenzaron una respuesta virtuosa a partir de 2004, año que coincide con el comienzo de una marcada aceleración de la economía de Brasil. Y la devaluación de 2014, como todos vimos, no tuvo el menor efecto sobre las exportaciones de manufacturas, que se derrumbaron 15%, al ritmo de la contracción brasileña.

La enseñanza es clara. Argentina no logrará recuperar dinamismo en el corto plazo en base a sus exportaciones activando exclusivamente el tipo de cambio. Las devaluaciones locales siguen reflejando, al menos por ahora, la mera necesidad de resistir la fuga de capitales.

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