Quiso, pero no supo o no pudo

9 de septiembre, 2015

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Las palabras y el discurso, que han logrado fortalecer y consolidar las convicciones K, se han basado primero, y está muy bien, en “la matriz de inclusión social”. En buen romance significa, entre otras cosas, la eliminación de la pobreza o por lo menos lograr la reducción del número de personas condenadas a vivir en esas condiciones o bien lograr un porcentaje de pobres sobre la población igual o menor a cualquier registro anterior. La segunda bandera discursiva apunta a la diversificación de la estructura productiva y también –dentro de ese proceso– más precisamente al proceso de industrialización o reindustrialización del país. El tercer elemento del discurso es la exaltación del consumo (suponiendo que es todo lo que ocurre en el mercado interno) al que además de la mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos, en el kirchnerismo, se lo considera –al consumo– como el elemento agente que habría de promover el proceso inversor.

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online canadian pharmacy store! dapoxetine india online . online drugstore, dapoxetine online buy . Inclusión, industrialización y consumo como motor de la inversión sería una síntesis del discurso propositivo (el querer). Lo que en general (desde los críticos) se llama “el relato” sería decir que se ha logrado la inclusión, la industrialización, el consumo como disparador de la inversión. Para sostener el relato, algo que muchos oficialistas reconocen, se han alterado las estadísticas y se ha abusado de las comparaciones. Las intenciones, al menos para mí, es imposible no compartirlas. Y por cierto son compartidas por la inmensa mayoría de los ciudadanos y en particular de los excluidos, los que buscan oportunidades de participar de algún modo en la industria y todos aquellos que sufren de consumos postergados.

Las palabras, el discurso, gozan de una audiencia mayoritaria que los comparte. Convengamos que sería imposible, en la Argentina al menos, un discurso alternativo que procurara la exclusión social, aunque Donald Trump lo sostenga a voz en cuello y con éxito en Estados Unidos.

La coincidencia es menor en relación a la diversificación de la estructura productiva o a la industrialización ya que, más allá de los deseos, cuando se procura diversificar e industrializar, la cuestión no es el deseo sino los instrumentos para lograrlo. Veamos.

En términos económicos, nuestra dotación de factores nos induce naturalmente a la especialización (no a la diversificación) y en el mejor de los casos a la primera etapa de la transformación de las materias primas, que es un paso de mínima industrialización. Cambiar el sino de lo que es abundante (naturaleza) exige políticas de transformación que, por sobre todas las cosas, son políticas muy activas de promoción de la inversión. Como se trata de asignación de recursos no hay un verdadero consenso más allá de lo superficial de las palabras. Nadie está en contra de la diversificación o la industrialización a nivel de las palabras o del discurso. Pero cuando se ponen los instrumentos sobre el tapete las coincidencias se disuelven. Es decir, comparten los objetivos, pero no los instrumentos y mucho menos la asignación de los recursos que hacen que de las palabras se pase a las cosas.

Finalmente, queda el discurso sobre el consumo como la única cosa que sostiene el mercado interno. Ese discurso implica promoverlo o sostenerlo con instrumentos y recursos (por ejemplo, financieros). En segundo plano –pero lo más importante– está la idea de que el consumo dispara la inversión. En esta parte del discurso hay consenso sobre la alegría del consumo. Pero, excepto para los propios interesados, no hay fundamento teórico que –con lo demás constante– pueda sostener que esa promoción induzca a la inversión. Por el contrario, en rigor alienta a la importación y ahí sí hay una adhesión ilimitada de importadores y de armadores instalados en tierras de promoción. Es que por cada 1 por ciento de crecimiento del PIB, las importaciones industriales suben 2,5 por ciento.

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El discurso, como intención, está plenamente demostrado que tiene buen marketing electoral. Y “el relato” –la versión estadísticamente modificada de los hechos– ha contribuido a fortalecer el marketing teniendo en cuenta que, sin lugar a dudas, ha habido, en todos estos años, un muy importante incremento del consumo (viajes, bienes, servicios) que lo ha palpado la mayoría de los habitantes. Hasta ahora lo que quiso (o quiere) CFK y el kirchnerismo. Y el dado por hecho que expresa el relato oficial.

Debajo de los “números”

En realidad, mirando los números y la realidad tal como son, al presente, que es el punto de llegada de una gestión que puede o no tener continuidad al futuro, la cuestión es que más allá de las intenciones y adulteraciones conexas– lo que quiso o lo que quisieron no se concretó.

En materia de inclusión, la pobreza bien medida (y diría observada con atención) está estacionada en el 25/28% de la población. En números, 11 millones de argentinos. Es una cifra escandalosa. En 1974, el Indec registró 800.000 personas bajo la línea de pobreza y 4% de la población. Claramente estamos a años luz del registro “objetivo de mínima” que es retornar al punto más bajo de la serie. Estamos en los porcentajes de pobreza de la ominosa década de los ‘90. Pero como la población desde entonces aumentó, el mismo porcentaje nos indica que las personas pobres, lo que realmente cuenta, son ahora más que entonces.

El oficialismo sostiene, con razón, que cuando asumieron el Gobierno (en la secuencia Néstor, Cristina, incluyo a Eduardo Duhalde y a Adolfo Rodríguez Saá ya que sin los segundos –default, devaluación, pesificación– los dos primeros no habrían sido los que fueron) la pobreza era del 50%. Es verdad. Y fue, sobre todo durante la gestión de Néstor, muy exitosa la superación del infierno del 50%. Pero se limitó a retornar a los ’90. ¿No supieron o no pudieron? El único dato real es que la exclusión de los ’90, en porcentaje, se ha mantenido promediando la segunda década de los 2000: más personas.

Este dato no es independiente de lo que realmente pasó en la década kirchnerista en materia industrial. Como bien señalo el presidente de la UIA –debe haberle dolido en el alma reconocerlo dadas sus expresiones ideológicas–, el PIB industrial por habitante hoy está en los niveles de 1974. En buen romance atrasamos 40 años en materia industrial.

Por otro lado, casi en el final de la segunda década infame y desindustrializadora, en 1998 la industria representaba el 17% del PIB y luego de la innegable recuperación de la fenomenal caída de 2001, ahora en 2015 apenas representará el 15% del PIB. La recuperación se refiere al sótano y no a la planta baja y a años luz de la terraza.

Las exportaciones industriales, en las que se suman como industria cosas que tal vez no lo sean para todo el mundo, este año retroceden fuerte. Lo que no afloja es el saldo negativo del comercio exterior industrial que no baja –aun con industria en caída– de los US$ 32.000 millones por año. ¿Quién lo paga? El sector primario.

Recapitulando

La Argentina ha profundizado su especialización exportadora y su monoproducción agrícola: exportamos soja –proteína vegetal– y dejamos de exportar carnes –proteína animal–. Ni diversificación productiva: primarización sojera. Ni industrialización. No hay manera de sostener el relato industrialista con los datos: salvo reconocer que la economía, en su conjunto, creció. Es verdad. Pero desde el último pico (1998) en términos por habitante crecimos el 1,3% anual. Poco y muy poco para nuestro país aquí y ahora.

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La estrategia, según el discurso y los hechos, fue el incremento del consumo en tanto medida excluyente del mercado interno. Y claro que el consumo creció. Para tornarlo parte de un círculo virtuoso, parte del discurso de CFK y ahora de Axel Kicillof, la idea es que el consumo habría de potenciar la inversión reproductiva.

Al presente (datos de la ultraoficialista FIDE) la inversión privada (la que según el discurso oficial es impulsada por el consumo) es apenas el 14,2% del PIB. Claro que en ese cómputo están, por ejemplo, las torres de Puerto Madero y que los anuncios de inversión, según FIDE, para 2014 son 53% de actividades extractivas. La industria suma 13% de los anuncios.

El discurso oficial, a la manera del más rancio neoliberalismo, supone que el consumo motoriza la inversión transformadora y no, por el contrario, la consolidadora de la distribución del ingreso y de la dotación de factores preexistente. La consecuencia es la ausencia de diversificación y transformación. O menos industria y más campo, que es lo que pasó.

Entonces, lo anunciado no ocurrió. El manejo de los espejos que deforman la realidad inexorablemente queda al descubierto.

¿Qué pasó? ¿No pudieron? No. El contexto externo no pudo ser más favorable en términos del intercambio, que es lo que pudo financiar la transformación. El contexto interno no pudo ser más favorable: una mayoría electoral sólida y disciplinada, más un inicial alineamiento del movimiento obrero, y simpatías continentales. Pero además los adversarios del discurso industrialista estaban apichonados por el recuerdo de la catástrofe de los ’90. Interna y externamente la sala de operaciones y la de espera eran ámbitos ideales.

Si en realidad quiso y pudo, lo que queda, para explicar los resultados, es que no supo. Y me parece que por ahí pasa la clave.

Siguiendo la tradición de las presidencias peronistas sin Perón, Isabel, Carlos Menem y lo que sigue, ninguno apostó a una concepción peronista de Perón (Perón del ’73) que implica concertar (con todos los partidos y sectores) para diseñar una estrategia de largo plazo básicamente transformadora para lograr la inclusión y la industrialización. Por esa razón se logró en el ’74.

La conclusión no es sencilla porque no es obvia. Quisieron, pudieron y…

El enfoque

La clave está en la ideología. Hace ratos que en política económica los colegas son ortodoxos confesos o sin saberlo. Es decir procuran administrar en una dirección (¿la del corazón?) las tendencias naturales de la economía (la dotación heredada de los recursos, la demanda obvia del mercado mundial). Pero esa acción inexorablemente se agota para retornar al principio.

Todos los candidatos, sus economistas, giran en el verso y terminan avisando que harán lo que sea para endeudarse. Lo mismo que hace el ministro pero con menos pruritos.

Es que explotando los recursos naturales somos deficitarios en la industria, en el empleo, en la distribución y en capacidad de eliminar la pobreza. Los datos lo prueban.

Lo que pasó ahora es que los que deciden son ortodoxos sin saberlo. Y la macana es que la realidad siempre se los avisa tarde. ¿Qué va a pasar? Tal vez lo mismo que hasta ahora. No porque los que vengan no quieran incluir e industrializar. Será más difícil que en la década pasada. Pero por lo que casi todos dicen, creo, resulta que todos son ortodoxos sin saberlo.

¿Cuál es la pregunta clave? Propongo ésta: ¿Qué va a hacer usted, Presidente, ministro, para llevar la inversión al 30% del PIB y volcarla preferentemente a la industria para exportar, hacia el interior del país y para tener una infraestructura razonable? Dígame los objetivos. Pero también los instrumentos y los recursos. Ojala nos sorprendan.

Se trata de instrumentos y recursos. Todo lo demás es discurso y relato. La realidad es material, no verbal, y se impone: velocidad 1998/2015 apenas 1 y monedas por año y por habitante.

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