La economía de la felicidad, en jaque

23 de julio, 2015

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El primer semestre del año ha sido el de la economía de la felicidad. Todos los indicadores de opinión pública mostraron en la primera parte de 2015 mejoras notables en términos de sensaciones sobre el empleo, el consumo y la economía en general, en un marco donde los problemas en esta dimensión no sólo desaparecieron del radar de la gente, sino también de los medios. En este escenario, el principal riesgo que advertíamos hasta el cambio de mando presidencial era que el Gobierno creyera su propio relato y confundiera esta sensación de estabilidad con un logro real. Y, lamentablemente, desde las últimas semanas de junio todas las señales apuntan en este sentido, lo que dispara algunas alertas que obligan a estar más atentos que nunca. Es que el Gobierno parece estar dispuesto a despedirse yendo por todo.

Desde finales de diciembre las autoridades definieron como estrategia para un 2015 eleccionario instalar “la economía de la felicidad”. Esto es, impulsar la actividad económica todo lo que pudiera, e imponer entre la opinión pública esta sensación de estabilidad sosteniendo el nivel de reservas internacionales como garantía para sacar los temas económicos del centro de la escena. Todo en un marco con escaso margen de maniobra, fundamentalmente por la restricción de divisas internacionales, que determina que para alcanzar uno de los dos objetivos se arriesgue el éxito del otro. El Gobierno manejó bien este trade off, logrando hacerse de dólares de las maneras más diversas y poco convencionales. El resultado: en los primeros meses del año, se logró contagiar una ansiada sensación de felicidad.

Sin embargo, algo comenzó a resquebrajarse. Y en las últimas semanas la economía volvió a mostrar señales de alerta, colándose en los medios, aunque por ahora no se instaló de manera contundente en la opinión pública. El indicador de este síntoma fue, sin dudas, el mercado cambiario, particularmente las ventanas por las que empresas e individuos pueden dolarizar sus carteras. Los “contado con liquidación”, “dólar Bolsa” e incluso el paralelo han mostrado desde mediados de junio alzas importantes.

¿Qué interrumpió esa armonía? Seguramente se puede especular con alguna intencionalidad política. Pero es la política económica la responsable de que las expectativas sobre el precio del dólar se hayan alborotado. Fundamentalmente porque se ha envalentonado por lo alcanzado en el primer semestre del año y está intentando impulsar el objetivo de más actividad económica más allá de lo que el escenario permite.

Este envalentonamiento queda en evidencia cuando analizamos cuestiones tales como gasto público y deterioro acelerado de las cuentas fiscales, crecimiento de los agregados monetarios muy por encima de la inflación, tasas de interés en baja por la excesiva liquidez del sistema, préstamos del sistema bancario a tasas subsidiadas por obligación del BCRA, anuncios de relajación de las restricciones para importar y ampliación de cupos, en un marco de caída importante del superávit comercial. Y la lista podría continuar. El resultado de todas estas medidas tiene un denominador común, y es que hay más pesos en la calle, o potencialmente puede haberlos, y menos dólares, ahora o en el futuro cercano. Como consecuencia, las expectativas respecto del precio del dólar comienzan a desanclarse y surgen indicios de que el mercado espera ruido en el tipo de cambio antes de la asunción del próximo Gobierno.

En este escenario el Gobierno reaccionó como es usual. En lugar de volver sobre sus pasos, redobló la apuesta, reprimiendo las operaciones sobre el mercado cambiario en todas sus versiones. Lo que realimentó el deterioro de las expectativas.

Con todo, el escenario base de Abeceb para lo que queda del año se mantiene sin cambios. Es decir, una economía “del cero”, sin crecimiento, e incluso con una pequeña contracción del PIB real y con sectores que asoman por encima de la línea de flotación y otros que están apenas por debajo. Con algunas pocas excepciones como el sector automotriz y sus encadenamientos o algunas economías regionales, con caídas más importantes. Todo ello en un marco donde se espera que el tipo de cambio oficial se siga deslizando bien por debajo de la inflación e incluso podría descender un escalón respecto del año pasado.

Sin embargo, habrá que estar atentos porque el escenario podría empeorar. En particular seguir muy de cerca lo que el Gobierno defina en materia fiscal, con una política monetaria ya muy encorsetada. En este marco, las variables a monitorear serán el déficit primario y su profundización, la aceleración de los agregados monetarios, la marcha de las tasas de interés y la evolución de las reservas internacionales como garante del clima de estabilidad cambiaria. El comportamiento de estos indicadores nos permitirá entender si el Gobierno va por todo –con los riesgos que ello implica–, o intenta volver a instalar la economía de la felicidad hasta su salida.

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