Brasil en la América del Sur unipolar

6 de mayo, 2015

(Columna de  Luis Schenoni, master en Estudios Internacionales de la UTDT)

Una serie de académicos en Brasil y otras latitudes han anunciado el fin de una era en la política exterior de este país, caracterizando al primer gobierno de Dilma Rousseff como un momento de declive en el status que el país había alcanzado en la región y en el mundo. Este diagnóstico, correcto o no, reclama un balance de lo que el ‘ascenso’ de Brasil ha dejado para América del Sur y cómo sus vecinos han lidiado con él.

Más allá del status o la imagen de Brasil –dos fenómenos subjetivos difíciles de asir–, el poder material del gigante sudamericano creció relativamente poco en comparación con la región durante las últimas décadas. El momento de mayor crecimiento relativo de Brasil –cuando pasó de representar un tercio a ser la mitad del PIB sudamericano– tuvo lugar mucho antes, en los ’70 y ’80 del Siglo XX, proceso que fue acompañado por una caída importante del PIB argentino. En términos estructurales, esto convirtió a América del Sur en una región unipolar desde mediados de los ’80 hasta ahora, aunque en esos treinta años, la diplomacia brasileña haya tenido momentos de mayor y menor brillo.

La disciplina académica de las relaciones internacionales ha analizado el efecto que la distribución de las capacidades materiales en un sistema de estados crea para sus miembros, previendo que en la América del Sur unipolar, las segundas potencias regionales –Argentina, Chile, Colombia, Perú y Venezuela– resguardarían su autonomía frente a la primacía brasileña y que los pequeños estados de la región, que muchas veces mantienen disputas con estas segundas potencias regionales –Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay–, se subirían al carro de Brasil. Estados Unidos, por ejemplo, esperan esta dinámica de (soft)balance y bandwagon a nivel mundial frente a su propia primacía unipolar.

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En Sudamérica, desde los ’80, sólo tres países se han comportado de esta manera. Entre los pequeños estados, Uruguay ha sido el único que, en palabras de José Mujica, ha “viajado en los estribos de Brasil” (miembro del Mercosur, Uruguay exporta e importan de esa economía el 20% de su PIB). Entre las segundas potencias regionales, Chile y Colombia han sido los únicos en resguardar su autonomía frente al ascenso brasileño. Ambos se mantuvieron fuera del Mercosur, conservaron los mayores gastos militares de la región, fueron los que más acuerdos de libre comercio firmaron con terceros estados y los que menos integraron sus economías con la brasileña (exportando e importando sólo el 6% de su PIB).

Otros tres casos llaman la atención, pero por contradecir las expectativas de los especialistas en relaciones internacionales. Argentina y Venezuela, segundas potencias regionales que deberían haber contribuido a mantener un equilibrio vis à vis con Brasil, por el contrario, se han integrado al Mercosur y mantienen un gasto militar en torno al 1% de su PIB. Argentina exporta e importa del Brasil más del 20% de su PIB y tiene al gigante Sudamericano como primer socio comercial. Por otro lado, Ecuador –que por su tamaño podría haberse subido al tren de Brasil–, es el único pequeño Estado que se ha mantenido claramente fuera de su órbita. En conjunto, Argentina, Ecuador y Venezuela han presentado políticas exteriores mucho más erráticas desde los ’80 que contrastan con la estabilidad de estas políticas en Chile, Colombia y Uruguay.

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¿Qué explica el comportamiento de estos dos grupos de estados? Todo indica que la estabilidad de su política interna. Chile, Colombia y Uruguay presentaron los sistemas de partidos más institucionalizados, los presidentes más controlados y no han sufrido ninguna crisis presidencial en treinta años. Argentina, Ecuador y Venezuela, por el contrario, fueron los tres países más inestables de la región considerando estos indicadores. No es sorprendente que los tres primeros hayan tenido comportamientos más estables y racionales, y que los tres segundos hayan presentado mayor inestabilidad en la formulación de su política exterior, muchas veces diseñada con objetivos domésticos en lugar de ambiciones internacionales.

Este análisis lleva a pensar que el Brasil ascendente de la última década no estaba ascendiendo, sino surfeando la “marea rosa” en América del Sur. Ahora, la ola se desarmó. Algunos analistas brasileños han llamado a eso declínio, pero en realidad es desencanto. La trágica crisis venezolana, el potencial juicio político a Dilma Rousseff y la crónica de la muerte anunciada del kirchnerismo que se escribe a diario en Argentina advierten el fin de una era. Los años por venir auguran cambios que pueden traer consigo (o no) una mayor institucionalización y estabilización de la política interna en los países de América del Sur. Asumiendo que la lógica de este artículo sea correcta, una región más estable estará asociada a un Brasil más controlado y moderado en sus ambiciones globales.

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