El sinuoso y largo camino hacia la normalización

27 de marzo, 2015

Ningún economista le esquiva al bulto y todos se refieren al tema más caliente de los últimos, y próximos, meses: cómo estará la economía en 2016. Con un Gobierno en retirada, presumiblemente, y una política económica sin cambios, todos quieren saber cómo viene 2016 para decidir sus estrategias.

En los últimos días, varios economistas de fuste dieron su visión sobre lo que viene. Uno de ellos fue Juan José Llach, del IAE Business School, quien se ocupó de reseñar los problemas económicos que legará el kirchnerismo. “La herencia económica que el kirchnerismo dejará al próximo gobierno es muy mala. No necesariamente una bomba, porque no hay explosiones inminentes, pero sí un intrincado laberinto que es o parece construido para confundir a quienes osen entrar en él dada la dificultad de acertar con la salida”, escribió Llach. Como sostenía Martín Rapetti en la edición pasada de El Economista, el mayor desafío

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será desinflar la economía y, al mismo tiempo, corregir los precios relativos que están desalineados. “El mayor escollo es reducir la inflación desde algo menos de 30% –así terminará 2015– al 5% y, al mismo tiempo, corregir importantes distorsiones de precios, sobre todo los de la energía y el tipo de cambio”, continúa Llach.

Pero Llach no se detiene: “Como si esto fuera poco también habrá que desactivar el cepo con inteligencia, aumentar las reservas y mejorar la menguada solvencia del BCRA”. El gasto público desbordado y la elevada presión tributaria también serás otros temas sobre la mesa de quien reemplace a CFK el 10 de diciembre. Recorrer el laberinto que dejará el kirchnerismo no será fácil y más aún en un contexto global que, dice Llach, será más adverso para los intereses nacionales. Recuperar niveles de inversión más elevados (en 2012-2015 promedió apenas el 17% del PIB) será otra tarea, así como lograr acuerdos sociales y políticos que le den solidez a la agenda de reformas que se avecina. El buen dato es el bajo endeudamiento del cual partirá el sucesor. “Pese al innecesario lío con los holdouts, producto sobre todo de la imprevisión, queda como mejor herencia económica de esta época el bajo endeudamiento público con el sector privado, alrededor del 15% del PIB, cuyo prudente manejo ayudará a salir del laberinto”, dice Llach.

Daniel Heymann, profesor de la UBA y la UdeSA, grafica el 11D como si fuera un campo minado. En una nota intitulada “Ojo con el 11D” plantea que el próximo Gobierno deberá tomar decisiones “que no serán sencillas” y que deberá hacerlo en un contexto, tanto local como internacional, que aún no se conoce por completo. “El Gobierno que suceda al de Cristina Fernández de Kirchner tendrá que tomar decisiones económicas que no serán sencillas y, si bien faltan pocos meses para que se concrete el cambio presidencial, resulta complicado precisar en qué escenarios local e internacional deberá hacerlo”, escribió. Como deja traslucir Llach, Heymann señala que se debe tener cuidado a la hora de sincerar precios y levantar regulaciones, como el cepo cambiario, porque pueden acelerar la inflación (y generar una puja distributiva mayor) y, en el caso de un levantamiento repentino de las regulaciones cambiarias, “resultar un factor de turbulencias más que de certezas”. Vale la pena también mencionar que, como calcula Miguel Kiguel, “las utilidades y dividendos impagos ascienden a US$ 10.000 millones”. ¿Se levantará este cepo también, clave para que aumente la inversión extranjera?

Jorge Vasconcelos, del Ieral de la Fundación Mediterránea, escribió que “estabilizar en 2016 no será ni tan fácil ni tan reactivador”. No será tan reactivador porque no habrá, como en 2002/2003, un dólar “recontra alto”. Si el país quisiera tener ese nivel de tipo de cambio, el dólar hoy debería costar $22 y, en un año más, $28. “El ‘dólar recontraalto’ de fin de 2002 indujo a los argentinos a cambiar sus divisas por pesos porque la devaluación previa había licuado el gasto público y llevado el resultado financiero (Nación más provincias) a terreno positivo en 2003 (0,9 % del PIB) y a un superávit de 3,1 % del PIB en 2004. Esta fórmula implicaba salarios bajos en dólares y un elevado costo de la inversión en equipos y tecnología importada. Pero la sociedad aceptó lo primero porque la prioridad era el empleo y las empresas pudieron convivir con lo segundo porque en ese entonces había una gran capacidad ociosa y la infraestructura y los sistemas de producción se habían modernizado en el período previo. En forma coincidente, el sector externo se fortalecía día a día por el comienzo del ciclo alcista de las commodities”.

Pese a las declaraciones facilistas de algunos candidatos presidenciales y las presunciones financieras sobre la capacidad de la economía de resolver sus desequilibrios y rebotar en 2016, los especialistas parecen indicar que lo que se avecina, en cambio, es una tarea mucho más compleja. Hay varios problemas mayúsculos por resolver. Aún en el caso de que la partitura que ejecuten sea la correcta y de contar con un apoyo sociopolítico suficiente, tendrán efectos perniciosos, al menos en el corto plazo, sobre algunas variables que harán difícil rebotar con fuerza en 2016. Quizás la transición hacia un estadío más positivo tome más tiempo del previsto y el año entrante sea, más que un año de recuperación, uno bisagra, como indican desde el Estudio Bein. La mejora posición: wait-and-see.

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