La economía

4 de mayo, 2012

La economía kirchnerista se agotó, y sin cambios drásticos nos encaminamos al estancamiento. Hace rato que salimos del desempleo de factores del 2001, y todo indica que la soja y nuestros socios comerciales no crecerán como lo hicieron en la última década. Para seguir creciendo necesitamos inversión genuina y mejoras en la productividad.

Dicho de otra manera, para aumentar el ingreso per capita necesitamos que cada trabajador argentino produzca más, y eso sólo se logra con más y mejores máquinas por trabajador o con mejoras en los procesos productivos.

Está claro que el Estado argentino no será el motor de esas inversiones. Estamos ya en déficit fiscal y no tenemos acceso al crédito internacional. Con suerte tiraremos un tiempo más con el manotazo a las reservas del BCRA y seguiremos desfinanciando a los futuros jubilados, pero el Estado no tiene ni el dinero ni la capacidad para generar la inversión que necesitamos para seguir creciendo.

La inversión podría venir de afuera o del atesoramiento de los argentinos, pero para eso tiene que haber condiciones para la inversión. La principal de ellas es la rentabilidad esperada, que depende de la rentabilidad de los negocios y la probabilidad de efectivamente cobrar lo que el negocio gana. Oportunidades de inversión hay muchas y muy buenas en la Argentina. El problema es que cobrar lo que gana el negocio es incierto.

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En eso nos parecemos al Far West, donde los que se lanzaban a la aventura tenían que defender su propiedad y su vida con las armas. No es tan extrema nuestra situación, pero el riesgo de nuevos impuestos, expropiación, devaluación, inflación y otros males hace que hoy muy pocos empresarios quieran invertir si no reciben a cambio una tasa alta de retorno con pago rápido.

Si a eso le sumamos que no hay crédito al sector productivo (el crédito privado es de 15% del PIB, contra 60% en Brasil y 100% en Chile), que el mercado energético genera cada vez mayor déficit comercial por caída en la producción local y que el marco monetario- cambiario muestra cada vez mayor inestabilidad (más inflación y más brecha entre el dólar oficial y paralelo) el panorama es desolador. Sin viento de cola y sin condiciones para la inversión estamos condenados al estancamiento.

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No a una crisis como en 1989 o 2001 que devastaron la economía y se llevaron consigo a los gobiernos de turno. Más bien una declinación lenta, con una tasa de crecimiento que oscilará cada vez más cerca de cero, y respondiendo a los vaivenes de la soja. Es tiempo de cambios: hay que bajar la inflación y ordenar el mercado de divisas con un banco central técnico e independiente. Hay que reordenar el mercado energético para que vuelva la inversión privada y recuperemos el autoabastecimiento, y hay que dejar a un lado las intervenciones arbitrarias en los mercados que sólo han logrado bajar la producción y subir los precios. La verdadera revolución en la Argentina de hoy es la normalidad.

(De la edición impresa)

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