El Gobierno, un anuncio y un gesto que no es suficiente

Por Luis R. Secco (*)
Luego de casi siete años de default la Argentina decidió cancelar en efectivo y en un solo pago la totalidad de la deuda con el Club de París, utilizando para ello reservas internacionales del BCRA. Más allá de las desventajas que conlleva la metodología utilizada para terminar con el default con dicho organismo (principalmente, el deterioro de la calidad patrimonial del BCRA y las consecuencias que dicha situación puede tener sobre la demanda de pesos en un contexto inflacionario y de elevada incertidumbre), la medida tiene por principal objetivo el “destrabar” préstamos e inversiones internacionales para el sector público y privado nacional.
Sin embargo, es difícil que dicho mayor flujo de recursos desde el exterior se materialice en el corto/ mediano plazos. Veamos.
Encontrarle una solución a la cuestión de la deuda en default con el Club de París (a lo que habría que agregarle también los hold outs y los juicios de empresas radicados en los tribunales arbitrales del Banco Mundial) es una condición necesaria (pero, no suficiente) para disponer de mayores préstamos e inversiones internacionales. Pagar los compromisos que no se estaban cumpliendo, no implica por síque nuestro antiguo acreedor (al cual le incumplimos por mucho tiempo y de diferentes maneras) vaya a estar dispuesto a prestarnos nuevamente.
La condición de suficiencia se alcanzará sólo en la medida en que esta decisión vaya acompañada de cambios significativos en el rumbo de la gestión económica. Esto implicaría: 1) normalizar el INDEC e imponer al mismo tiempo un programa antiinflacionario técnicamente serio, robusto e integral; 2) definir un plan de ajustes para reducir verdaderamente las distorsiones de precios relativos (especialmente, en el sector energético); 3) reducir las presiones y controles por parte del Estado sobre algunos mercados y 4) morigerar el discurso antinegocio que ha caracterizado a las gestiones kirchneristas desde que llegaron al poder allá por mediados de 2003.
Varios colegas han estado remarcando en el último tiempo la necesidad de imponer a la brevedad estos cambios, que resultan imprescindibles (coincidimos) para reubicar a la economía dentro de un sendero de crecimiento sustentable. Sin embargo, muy pocos aclaran el impacto que estos cambios tendrían sobre la evolución de la actividad económica en el corto plazo. Para decirlo claramente: a esta altura de las circunstancias, y luego de casi siete años de acumulación de distorsiones, hacer lo que hay que hacer en materia económica implica inevitablemente un crecimiento mucho más bajo que el actual en el corto plazo. Los cambios provocarían una reducción (o, en el mejor de los casos, una brusca desaceleración del incremento) en el poder adquisitivo de los consumidores y, por ende, una significativa reducción en el ritmo de expansión de la actividad económica (en especial, en un contexto en el que el “viento de cola” internacional ya no sopla tan fuerte como un par de trimestres atrás).
Es obvio que para un Gobierno que sustenta su poder en el apoyo popular de los sectores sociales medio/bajos y bajos y en la disponibilidad de “caja” que le brinda un nivel de actividad que crece a toda máquina, resulta prácticamente impensable la posibilidad de tomar medidas que impliquen una brusca desaceleración del crecimiento económico (aun cuando dicha transición sólo dure algunos trimestres). La rebelión interna que sufrió el oficialismo durante las peores semanas del conflicto con el campo fue una clara e inequívoca muestra para las autoridades de los riesgos políticos que esta administración corre cuando se encuentra (o sus adversarios dentro y fuera del partido perciben que está) en una situación de debilidad.
Si asumimos que este razonamiento es correcto, las posibilidades de que se produzca un cambio significativo en el rumbo de la gestión económica son bajas. Ya no porque no exista voluntad de cambio dentro del núcleo íntimo de decisión “K” (algo imposible de evaluar desde este lugar) sino porque a esta altura resultaría políticamente riesgoso hacerlo.
En este contexto, y aun luego del pago de la deuda al Club de París (e incluso, en el, poco probable, escenario de que también se llegue a un acuerdo con los hold outs), la reinserción de la Argentina en el mundo seguirá siendo una cuestión pendiente.
(*) Economista
