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La mezcla óptima
para entender que nos
pasó a los argentinos |
La Resurrección es definitivamente de lo mejor que se ha escrito sobre la recuperación argentina logrando un fino análisis y un entretenido repaso
Escribe:
FRANCISCO SANCHEZ
francisco@eleconomista.com.ar
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Hasta aquí, el lector podía encontrar buenos testimonios pero análisis mediocres de la poscrisis. La Resurrección vino a cambiar ese estado de cosas por ser, hasta aquí, lo mejor que se ha escrito sobre la recuperación argentina.
Los autores prometían. Eduardo Levy Yeyati está en la liga de los mejores economistas argentinos y es especialista en macro de economías abiertas, una de las ramas más difíciles. Diego Valenzuela es un excelente periodista político y económico que, además, se dedica a la difusión de la Historia, con formación adecuada.
Empecemos por lo que no hay. La Resurrección no ofrece un análisis de las causas de la crisis de 2001 aunque señala que la apuesta de la convertibilidad era a todo o nada puesto debido a sus altísimos costos de salida. También se señala, sin profundizar, que las crisis de 1989 y 2001 tienen “muchas coincidencias”: “recesión, corrida financiera, abstención de la comunidad internacional, saqueos, cambio de régimen”.
Ahora, a lo que promete y ofrece: el análisis y la historia valorada de la recuperación argentina que, aunque milagrosa para algunos, parece mucho más natural y razonable al concluir el libro.
El libro tiene muchas virtudes. Desde el punto de vista analítico, las mejores son sus reflexiones sobre la administración de la crisis y su análisis del rebote y la persistencia del crecimiento.
Un buen ejemplo del análisis de una medida equivocada de política económica es el corralito: la corrida era la fuga de ahorro en dólares “pero no involucraba las cuentas transaccionales”. Sin embargo, el corralito limitó justamente las cajas de ahorro y las cuentas corrientes “contribuyendo a la contracción económica”.
Sobre la pesificación, el diagnóstico es favorable aunque con reservas. De un lado, están los que “sostienen que era totalmente innecesaria para salvaguardar a los bancos”. Del otro lado, los que argumentan que otra solución llevaba a una “prolongada recesión y bancarrotas generalizadas”. Y, en el medio, donde presumiblemente se ubican los autores, los que piensan que “algún seguro cambiario parcial y selectivo era probablemente inevitable” pero que la pesificación “fue una compensación excesiva que se debió más a las presiones empresariales que a las consideraciones económicas”.
Cuando trata temas financieros, La Resurrección ofrece una combinación fascinante de divulgación, crónica e historia secreta.
Por caso, la intervención cambiaria del Banco Central a la salida de la crisis. El problema era que los dólares que el BCRA vendía llegaban mucho más caros a la gente por la intermediación de las casas de cambio. El Banco Central organizó un sistema de venta directa de las reservas al público utilizando las sucursales de los bancos, que vendían por cuenta y orden del BCRA.
Así, se evitó la percepción de que los bancos vendían dólares “hurtados” a sus depositantes y, también, las incautaciones judiciales. Sobre la crónica, Levy Yeyati y Valenzuela divulgan ideas técnicas, como “racionamiento de la demanda” y muestran reuniones secretas entre cambistas y economistas del BCRA donde éstos, algo ingenuamente, parecen haber comprendido que el nudo del problema era la falta de bocas de expendio. La solución, de cualquier manera, funcionó bien.
Otro caso de divulgación, crónica e inside story es el nacimiento de las LEBAC como un intento de erigir un activo alternativo al dólar. Aquí se aprende de economía monetaria y se sabe que las LEBAC originalmente se iban a ofrecer también a los inversores minoristas atrapados en el corralito pero se volvió atrás porque “¿para qué pagarle el rendimiento de las LEBAC a un dinero que de todos modos no se puede ir a ningún lado?”
Una de las sorpresas para el lector no especializado tal vez sea enterarse de que a mediados de julio de 2002, la economía ya había rebotado, “la pulseada con el mercado estaba ganada”, las reservas internacionales netas y los depósitos subían, y la inflación empezaba a bajar.
Levy Yeyati y Valenzuela se preguntan entonces: “¿por qué la híper no fue?” Argumentan que, contra los pronósticos de muchos economistas, la demanda de pesos se recuperó rápidamente luego de la devaluación. El peso no había muerto a pesar de los innumerables certificados de defunción que, en el camino, muchos profesionales firmaron. La gente, explican, ahorra en dólares pero transa en pesos, sobre todo en una economía que, corralito mediante, se había vuelto intensiva en el uso de efectivo. Además, “¿por qué habrían de indexar los precios al dólar si los costos se mantenían relativamente estables?” Probablemente este sea un factor clave de la recuperación exitosa: el altísimo desempleo planchó los salarios nominales que funcionaron como ancla nominal.
El otro determinante de la salida exitosa fue el ajuste fiscal que incluyó la imposición de retenciones, el recorte de las inversiones públicas y el congelamiento de salarios y jubilaciones. El pasado de Duhalde no ayudaba a pronosticar el conservadurismo fiscal pero, dicen los autores, “los analistas habían subestimado la capacidad de aprendizaje y los mecanismos de defensa de los políticos profesionales”. Tal vez faltaría agregar a la lista de razones del rebote al bajo peso de la deuda, al estar en cesación de pagos, lo que ayudaba a la holgura fiscal.
Y no sólo a nivel del Gobierno Nacional sino de las empresas y las familias que estaban completamente desapalancadas y con todo el ingreso disponible libre para consumo e inversión.
Hasta aquí se explica el rebote pero ¿cuál es la base de la sostenibilidad del crecimiento? Levy Yeyati y Valenzuela sintetizan así a “la nueva etapa económica”: dólar alto, superávit fiscal y tasas de interés reales negativas con una “manita de afuera”. El viento de cola, ya se sabe, es la mejora sostenida en el precio de las commodities y la abundante liquidez global pero no depende de nosotros y, además, lo tuvimos en los noventa. Así que entre el dólar alto y la solvencia fiscal hay que dar cuenta de buena parte de la sostenibilidad del crecimiento. ¿Hasta cuándo? El libro no da una respuesta definitiva pero advierte sobre algunos riesgos como inflación y energía. Y, en todo caso, le corresponde al lector la tarea y el placer de descubrir los argumentos.
Los autores no ahorran críticas a los actores que, a lo largo de la crisis, tuvieron diagnósticos o prácticas equivocadas. Un caso fueron los economistas que pecaron de “superinstitucionalismo” y no supieron ver las buenas noticias aún bien entrada la recuperación. Otro caso, el FMI “prepotente y antagónico”, exigiendo lo imposible para el acuerdo, en una muestra de “dogmatismo y expresión de deseos” ya que “aún peor que un fracaso de Duhalde con programa del Fondo habría sido un éxito sin programa”.
El mayor desafío en un libro de esta naturaleza es el tránsito y la tensión entre el análisis de temas económicos y financieros, usualmente áridos o complejos, a la narración pura de la tragedia de la crisis. Y esta tensión se resuelve con éxito. Nuevamente, el ejemplo del corralito y el corralón donde los autores combinan bien el análisis de los problemas de liquidez y ahorro que planteó la indisponibilidad y la reprogramación de los depósitos con las dramáticas historias personales detrás esos ahorros inmovilizados. La narración realista es tan eficaz como el análisis y el efecto final atractivo: las “digresiones” técnicas resultan buenas pausas en el racconto de la tragedia de las crisis.
La Resurrección es entonces una mezcla óptima de muchas cosas: buena divulgación económica, historia contemporánea, análisis consistente y todo en el marco de una narración muy bien escrita. Desde aquí, será difícil debatir el pasado reciente sin recurrir en una forma u otra a este libro.
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