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22.1.2010 | Ideas y opiniones

La década de la bonanza económica y de los déficit laborales

Jorge Colina

Un error central en los últimos años ha sido creer que
con el crecimiento económico alcanza para cerrar los
déficit laborales.

Por Jorge Colina (*)

Trascendió extraoficialmente que la tasa de desempleo sería en el cuarto trimestre del 2009 de 8,4% de la población activa. Hay que esperar a que el INDEC informe el número oficial. Sin embargo, suponiendo que el trascendido no se aleje mucho de la realidad resulta interesante realizar con este adelanto un balance preliminar de la situación laboral en la década que pasó. Si la tasa de desempleo a finales del 2009 es 8,4%, la tasa promedio para todo el 2009 será de 8,7%; algo superior al 7,9% que se registró para el 2008, pero no demasiado importante si se compara con el 20% del 2002. La década que pasó fue claramente de una importante reducción de la tasa de desempleo. Esto es el resultado de que la década ha sido también la de la bonanza económica. Por la capacidad instalada que dejó la crisis del 2001 – 2002, más la megadevaluación y un incremento inédito de los precios de las exportaciones argentinas, la economía creció entre el 2002 y el 2009 al 7% promedio anual. De no considerar el 2009 (que fue de estancamiento), hasta el 2008 la economía venía creciendo al 8,5% anual. Para tener una idea de órdenes de magnitud, esto significa que la actividad económica en el 2009 es un 62% superior a la del 2002. Por esto es que en términos de creación de empleos los resultados no han sido menos importantes. Según el Ministerio de Economía, para el total de la población urbana, en el 2002 había 11,6 millones de ocupados mientras que en el 2009 14,9 millones. Es decir, hay 3,3 millones más de personas con trabajo. La conclusión debería ser que ha sido una década de grandes éxitos laborales. Sin embargo, los indicadores de creación de empleos y tasa de desempleo son sencillos y parciales, que tomados aisladamente no dejan trascender aspectos más profundos ligados a la suficiencia y a la calidad de los empleos.

La creación de empleos no ha sido suficiente

En primer lugar, que la tasa de desempleo sea de 8 – 9% implica que hay 1,4 millones de desocupados. Es un número no menor, si además se tiene en cuenta que en la Argentina el seguro de desempleo es una institución abandonada. Según la Secretaría de Seguridad Social, los beneficiarios del seguro de desempleo de la ANSES son 146 mil personas (el 10% de los desocupados) que reciben una prestación promedio de $357 cuando el salario promedio de la economía formal está en el orden de los $3.200 (una tasa de reemplazo del salario de 11%). Desde este punto de vista, la creación de empleos en la década ha sido muy importante, pero no ha sido suficiente para absorber a los desempleados acumulados más los flujos permanentes de gente que se incorpora al mercado laboral. Los 3,3 millones de nuevos ocupados que hay entre el 2002 y el 2009 son el resultado de que la creación de empleo no ha sido suficiente para absorber los 3,2 millones de desempleados que había en el 2002 más los 1,5 millones de nuevos trabajadores que se incorporaron al mercado laboral en la década.

Perseveran los déficits de calidad

En la otra dimensión donde el balance de la década es negativo es en la calidad de los empleos. Aquí surge una aparente paradoja. Con la bonanza económica, se produjo un importante incremento de los empleos formales, que son los empleos como asalariado registrado, los patrones o empleadores, y los cuentapropistas profesionales. Según los últimos datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC (dicho sea de paso, luego de tres años de “oscurantismo” al haberse dejador de publicar a principios del 2007 y vueltas a publicar recién a finales del 2009), estos empleos son los que más crecieron. Tomando el período que va desde el 2004 al 2009, del que se tienen datos comparables, es posible observar que estos empleos formales pasan desde 4,2 millones a prácticamente 6 millones, es decir, se incrementaron en 1,8 millones. Cuando se mira la evolución de los empleos informales, aparece el déficit. Esta importante creación de empleos formales no se tradujo en una igualmente importante reducción de la informalidad. Las ocupaciones informales, que serían el empleo asalariado no registrado, el cuentapropismo no profesional, el servicio doméstico, el empleo público no registrado y los planes de empleo, y el empleo sin salario (generalmente familiares que ayudan, sin paga, a la tarea del cuentapropista) pasaron desde 4,8 millones a 4,4 millones, o sea, disminuyeron muy poco al punto tal que, en una análisis de tendencia, puede decirse que se mantuvieron relativamente estables.

Modernizar las instituciones laborales

Hacer balances implica poder corregir errores. Un error central ha sido creer que con el crecimiento económico alcanza para cerrar los déficit laborales. Es más, hasta se creyó –equivocadamente– que el crecimiento generaba condiciones para tomar políticas que en países organizados son desaconsejadas, como por ejemplo elevar el salario mínimo legal hasta niveles irreales para la situación de las pequeñas empresas, incrementar las contribuciones sociales hasta niveles prohibitivos para las personas que se desempeñan en la informalidad, o promover la litigiosidad laboral como mecanismo rentístico de la actividad judicial. Hay que promover el crecimiento económico y modernizar las instituciones laborales. Esto es, promover la inversión, la educación y la formación para el trabajo para que los aumentos de salarios sean una realidad gracias a los incrementos de productividad (no una promesa incumplida de las normas laborales, para luego contribuir a la judicialidad), tender a financiar la seguridad social con impuestos más neutrales como IVA y ganancia, en reemplazo de las contribuciones patronales y, fundamentalmente, modernizar la ley de contrato de trabajo y la doctrina laboral para desarticular el andamiaje pernicioso de la industria del juicio laboral. Estos deberían ser los elementos de una agenda para la década que empieza que enfente el balance de una década perdida en lo laboral, como ocurrió en los últimos diez años.

(*) Economista de IDESA.


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