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23.10.2009 | Punto de vista

Lecciones de Obama para la Argentina

Andrés Malamud

Cuando el Gobierno Nacional tolera la violencia de organizaciones piqueteras contra figuras de la oposición quiebra las mínimas pautas de cooperación que son necesarias para construir políticas de largo plazo y puede tener consecuencias negativas en el futuro.

Por Andrés Malamud
De la edición impresa

Barack Obama ganó el Premio Nobel de la Paz por tres razones, y ninguna de ellas fue su decisivo aporte a la paz mundial. En primer lugar, el presidente norteamericano generó un nivel de expectativas e inspiración como hace décadas no se vivía, fomentando una ola mundial de nostalgia de futuro. En segundo lugar Obama es negro, y premiar minorías – sobre todo cuando encarnan un simbolismo redentor – cae siempre bien. Finalmente, Obama no es Bush. Los cinco notables noruegos que otorgan la distinción sueca evaluaron, probablemente, que haberse librado del anterior presidente de Estados Unidos era mérito suficiente para galardonar a su sucesor. Después de todo, Bush había iniciado las guerras de Irak y Afganistán y Obama las terminó. Un momento: ¿qué no las terminó? ¿Y encima quiere enviar más tropas a Afganistán? Algo huele mal en Escandinavia. Tanto la prosperidad posmoderna como la volatilidad política son malos consejeros para entender la estrategia de las potencias, sean estas tradicionales o emergentes. Por eso, en lugares tan disímiles como Europa continental y la Argentina cuesta comprender las políticas de Estado, que en Estados Unidos se llaman bipartidarias porque se basan en el acuerdo entre los dos partidos que se turnan en el poder… y que a veces lo comparten. Porque uno de los mitos sobre el gobierno de Bush es que fueron ocho años de guerra decidida unilateralmente, sin buscar consenso interno ni internacional. Y sin embargo, la invasión y ocupación de Afganistán se realizaron bajo el mandato de las Naciones Unidas, y la invasión a Irak contó con el apoyo de la abrumadora mayoría de los demócratas en el Congreso y de aliados clave como Gran Bretaña, Japón, Australia y Polonia. Además, Bush siempre gozó de la simpatía de la mayor parte de la población del Africa subsahariana, que no constituye precisamente la aristocracia del mundo. Y ya entrado en su segundo mandato, se deshizo de los neoconservadores y fue modificando su estrategia externa, estabilizando Irak y recomponiendo lazos con Alemania y Francia. Los que leen el advenimiento de Obama como un nuevo amanecer para la paz mundial pasan por alto un pequeño detalle: su ministro de Defensa, es decir el jefe del Pentágono, es el mismo que ejerció el cargo durante los últimos años de Bush. Hasta Hugo Chávez percibe esto más claramente que los sabios de Oslo. Pero, aunque Bush resulte antipático y Obama parezca la reencarnación de Buda, la continuidad existe. Y, para los intereses nacionales de Estados Unidos, es positiva. Por eso Obama no persiguió legalmente ni ha criticado de modo abierto a su antecesor. La Argentina no es una potencia, pero las buenas prácticas se pueden aplicar del mismo modo que en los países serios. Cuando el Gobierno admite la violencia piquetera contra la oposición, no sólo quiebra los acuerdos de cooperación necesarios para construir política a largo plazo sino que provoca la venganza que sobrevendrá en la derrota. Y cuando la oposición acusa al Gobierno de autoritario, como si la Presidenta se pareciera más a Videla que a Jacinta Pichimauida, y la amenaza con la cárcel, aumenta el incentivo del oficialismo para quedarse en el poder a toda costa y disminuye las posibilidades de encontrar colaboración cuando cambie el gobierno. En síntesis, atacándose de este modo en el presente las fuerzas políticas cavan su foso colectivo en el futuro. Si el Nobel de Obama enseña algo, no es que la paz en el mundo está al alcance de una elección sino que es más fácil juzgar al iceberg por su parte visible. Pero como la tragedia de Leonardo Di Caprio nos develó, eso es un error. Ojalá los políticos argentinos estuvieran haciendo acuerdos por debajo de la mesa mientras se insultan por televisión. Porque para imitar a Maradona no alcanza con insultar, además hay que saber jugar.

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