Temperatura y “cul de sac”

11 de marzo, 2019

 

Por Carlos Leyba 

 

¿Usted se imagina un proceso electoral de debates profundos y respetuosos, acerca del futuro? Todos deseamos que ocurra. El país, para ser Nación, lo necesita.

 

Todos sentimos que es un momento crucial. Angustia mucho la bruma intelectual que borra el horizonte. Entre nosotros y el futuro hay – por ahora – una terra ignota. Un muro. Preocupación.

 

Estamos frente a un “cul de sac” electoral. Y además el horno no está para bollos. Es tal la temperatura de la realidad que cualquier cosa que pongamos en ella quedará quemada por fuera y cruda por dentro. Pagaremos costos enormes por algo inútil.

 

Aquí hay dos cuestiones. La primera, que hay que bajar la temperatura. El único modo es el diálogo, la conversación, el debate, con el propósito de llegar a la verdad. Solo es posible reconociendo al otro y, además, aportando sustancia y conocimiento. La conversación sin sustancia es un divertimento. Para bajar la temperatura es necesario dialogar sobre cuestiones sustanciales de la vida del país. No lo estamos haciendo.

 

La segunda cuestión es que marchamos hacia un “cul de sac”. Las opciones “electorales” que hasta ahora se presentan son dos maneras de “volver atrás”. Estamos convocados electoralmente a “pegar la vuelta”. Con estas “opciones” hay un muro de irracionalidad que no nos permite pasar a debatir el futuro.

 

Ni Cristina Fernández ni Mauricio Macri nos proponen otra cosa que su pasado.

 

CFK, y los que la rodean, reivindican su desastrosa gestión y amenazan con profundizar sus errores, convencidos de que fueron aciertos. No sé que es más grave: si lo que hicieron o que crean que hicieron otra cosa.

 

Mauricio nos propone la “continuidad” a pesar que, en todos los indicadores de la vida pública, reivindicar significa definir como éxito lo que sin duda es barranca abajo.

 

La gestión PRO ha logrado multiplicar los males de la herencia social, política y económica del kirchnerismo que, además, CFK todavía reivindica.

 

Primero, entonces, necesitamos un debate profundo que implica superar la costra superficial de los “comunicadores” que abarcan un océano de 1 milímetro de profundidad. Océano en el que, noche a noche, chapotean los “panelistas” y mucho de los que concurren, en nombre de la política, a esas tenidas más parecidas a un entretenimiento ocasional que a una discusión profesional de cada tema.

 

Es que, en la radio y la TV, en definitiva, se trata de entretener, de hacer pasar el tiempo de una manera agradable, o bien distraer la atención de las personas de las cuestiones principales.

 

Lo primero, el entretenimiento, vaya a saber por qué, los “políticos” lo convalidan prestándose al minuto a minuto de las “cucarachas” de los animadores, balbuceando respuestas cortas a preguntas incompletas.

 

Lo segundo, distraer, es un acto de perversidad. Esto último es mucho más frecuente de lo que suponemos aunque no necesariamente sea intencional.

 

La expresa construcción de la desinformación, la distracción, es una de las tragedias de nuestro tiempo. Tragedias en todos los niveles.

 

Para salirnos de lo cotidiano, lo primero que nos viene a la mente es el daño ambiental. Esta aquí en la puerta de nuestras vidas. Mañana. Y muchas de las cosas que nos alientan a consumir o a hacer, tienen costos enormes sobre el futuro del planeta. La distracción y la desinformación cumplen una misión perversa porque el daño ambiental corre minuto a minuto y la distracción y la desinformación nos hace cómplices sin saberlo. Todos escuchamos, nos informamos, cada tanto que algo irreversible está pasando. Pero, distracción y desinformación, contribuyen a la continuidad del daño.

 

Hay cuestiones no tan trascendentes que sufrimos, somos cómplices sin saberlo, como consecuencia de ese mecanismo perverso de la distracción y la desinformación. Cuestiones cuyas consecuencias económicas y sociales de la vida cotidiana también son graves.

 

Un ejemplo criollo. Las tarifas de la energía, en todas sus formas, están sufriendo incrementos descomunales. Es un problema grave para los presupuestos familiares (consumo), un problema grave para la vida de las empresas (producción) y un problema grave para la balanza comercial (competitividad exportadora).

 

Toda la vida económica está atravesada por la energía. En una Matriz de Insumo-Producto, que describe la circulación en el aparato productivo de todos y cada uno de los bienes y servicios, la fila y la columna de lo energético se cruza con toda la vida económica. No hay escapatoria.

 

Por muchos de los bienes energéticos, quienes los extraen, reciben subsidios del Estado, es decir, hay recursos tributarios que van a las empresas concesionarias de esos recursos que, por otra parte, son propiedad del Estado. El problema es grave, además, porque esas tarifas volverán a aumentar en los próximos meses. Cada aumento energético baja el ingreso disponible de las familias, incrementa los costos de producción y reduce la capacidad de competencia de nuestras exportaciones.

 

Pero, distracción y desinformación, nadie dice cuál es el costo de extraer esos bienes del fondo de la tierra. Ese costo debería ser el mayor porcentaje que compone el precio final del bien. La lógica de una concesión es costo (de extracción y amortización de la inversión) más una utilidad razonable.

 

El ministro José L. Aranguren, que compartió a pleno la política impuesta por A. Kicillof del Gobierno anterior, sostuvo en el Congreso que él no conocía el costo del gas en boca de pozo y, cuando se le insistió, dijo que él no lo iba a dar a conocer. Ni esta administración, que lo viene sufriendo, ni la anterior han revelado el costo de producción ni tampoco han encontrado un fundamento económico, de la teoría económica, para sostener la “dolarización” de la energía. Una estrategia de escape, distracción y desinformación, para no debatir sobre el costo y el precio.

 

Vale decir en los medios de comunicación se habla de las tarifas, de los aumentos, pero no se obliga a esclarecer cuál es el costo y cuál el fundamento del precio de ese bien. Distracción y desinformación mediática.

 

Los comunicadores no son especialistas, los especialistas casi sin excepción también son consultores de las empresas beneficiarias de los subsidios o de los precios cuyos costos se desconocen. Distracción y desinformación.

 

El Presidente ha repetido que la energía en el país es mas barata que en el resto del mundo. Un empresario usuario e interesado por la verdad, se tomó el trabajo de averiguar el costo de una pyme, sin impuestos, de hasta 250Kw de potencia. Aquí, U$S 202; en San Pablo, U$S 138 y en Alemania, U$S 90. Consumos pyme desde 250 a 500Kw de potencia: Argentina, US$ 150/Mwh; San Pablo, U$S 120 y Alemania, U$S 90. ¿Y?

 

Los lobby más poderosos penetran por la grieta de la ignorancia basada en la distracción y la desinformación.

 

Los debates profundos tendrán que esperar porque no son muchos en la política, dominada por los asesores de marketing, aquellos que quieren esclarecer. Para esclarecer, primero, hay que tenerlo claro. Mirar sin prejuicios, estudiar los datos y haber estudiado el marco teórico.

 

Conocer es conocer la historia, la disciplina de que se trata, convicciones filosóficas fundadas y conocer las experiencias exitosas, no para copiarlas sino para inspirarse en ellas.

 

Y sobre todo elegir rodearse de expertos que, además, compartan la filosofía del que tiene el deber de esclarecer. Eso es un político.

 

Un debate profundo y respetuoso de cada tema supone un cierre final de articulación de esas ideas, vigorosas de distintos campos de la acción, por parte del “político” que es el articulador de lo técnico para convertirlo en una pedagogía del futuro.

 

Es decir, de lo que deseamos, de como acceder a esa meta, de los costos, de la duración del camino, las estaciones intermedias y el balance de los beneficios finales.

 

Eso es lo que realmente necesitamos porque vamos mal.

 

El discurso presidencial de inicio de las sesiones parlamentarias, su contenido y sus formas; la reacción de los parlamentarios de la oposición presentes, la suma de todo, el inicio y el final, las interpretaciones, digamos todo, ha sido una confirmación “institucional” que la política magna sigue ausente en todos los lados de la grieta. Y justamente por eso es la grieta, y no “la política”, lo que domina nuestra vida colectiva.

 

Por eso somos un país decadente producto de nosotros mismos. No hay poderes extraños que nos dominan. Es que no tener proyecto propio es tener proyecto ajeno. Siempre hay proyecto.

 

Por ejemplo, el trabajo chino nada nos quita sin nuestro consentimiento. Cristina y “el marxista progresista” Kicillof, promovieron el Acuerdo Estratégico con China, y aceptaron sus “condicionalidades” por un crédito caro.

 

Cedieron territorio y soberanía por 50 años, importaron ferrocarriles completos –hasta durmientes- en un país que exportaba locomotoras cuando los chinos todavía no habían superado la dieta de arroz, aceptaron la Justicia británica – del invasor– para dirimir litigios y comprometieron, entre otras cosas, la realización de una represa que no era prioritaria, cuyas energía será increíblemente cara y cuyos riesgos ambientales aún no están plenamente evaluados.

 

Un proyecto ajeno de una envergadura enorme con más riesgo estructural que los desastres de la corrupción del gobierno que lo puso en marcha. Y lo que es peor, la más dura oposición al kirchnerismo, los amarillos PRO, ratificaron y ampliaron el proyecto ajeno.

 

Aceptar el proyecto ajeno es naturalizar la decadencia. No importa saber desde cuando nos gobierna.

 

Pero si importa el saber por qué ahora seguimos apostando a no tener un proyecto propio para invertir este proceso que nos condena al “cul de sac”.

 

El botón de muestra energético planteado es elocuente.

 

La ausencia de un debate profundo sobre las cuestiones centrales de la vida nacional (la cuestión energética es solo una de ellas) es lo que conforma el muro que nos condena al “cul de sac”: volver a CFK o repetir MM.

 

Un debate profundo revelaría la inutilidad de ambos retornos. Por eso ambos conspiran para elevar la temperatura de la realidad.

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