Las políticas del Gobierno no reactivan la economía real

7 de marzo, 2019

casa rosada Gobierno inflación

 

Por Joel Vaisman 

 

La revista Forbes, conocida por sus rankings de millonarios a nivel mundial, también mide el clima de negocios. Su vaticinio para con la Argentina es lapidario: “A un paso del colapso económico”.

 

Si hay algo que llama la atención a una publicación del primer mundo no es ya que nuestro país esté en crisis (parecería que están acostumbrados a vernos así), sino que una firma como Coca-Cola, a través de su embotelladora local Femsa, haya pedido un concurso preventivo. Estamos hablando, claramente, de uno de los productos más conocidos a nivel mundial. Si bien todas las empresas deben invertir en marketing, claramente el jefe de ventas de Coca-Cola no debería sudar de la misma forma que el vendedor de una pyme.

 

Aun así, está en crisis. Y es un reflejo de la economía real argentina. Comercios que bajan persianas, fábricas que cierran, familias que se quedan sin ingresos.

 

Las famosas inversiones que deberían haber llegado en el segundo semestre de 2016 huyen de un país que tiene, por un lado, inseguridad jurídica, y, por el otro, la inseguridad de la generación de flujos. Dicho de otra forma: si no hay ventas, ¿para qué invertir?

 

Tasas versus Flujos

 

El gobierno de Mauricio Macri había apostado, en el inicio de su mandato, a reducir el riesgo país. Esto se traduce de la siguiente manera: si baja la percepción de riesgo, los inversores exigen un menor retorno sobre su inversión. Para un determinado monto de dinero generado por año por negocio, no es lo mismo pretender que quede 5% que 10%, o 35%.

 

Es por ello por lo que se promocionó al arreglo con los holdouts como un verdadero retorno al mundo. Y por un período fue cierto, afectando hacia el alza al precio de bonos y acciones.

 

Sin embargo, esa medida, exitosa en el corto plazo, no logró trasladarse a lo verdaderamente esencial: la generación de flujos, de los cuales el componente principal es la venta de bienes y servicios.

 

Ajustes, tarifazos, despidos, fueron a la par de una inflación que superó el 40% en 2018 (cuando inicialmente se había estipulado en 12%), y que ahora se encuentra en 3,5% mensual esperada para febrero. En términos anualizados –es decir, si se repite la misma performance durante doce meses en promedio– implica una inflación de 52%.

 

Los costos, para las pymes, suben más rápido que su capacidad de traslación a precios. Y, en paralelo, los ingresos no se modifican. Es por ello por lo cual una primera marca como Coca-Cola sufre. Las pequeñas industrias ya lo vienen haciendo desde 2017.

 

¿Podemos esperar una reversión de la tendencia en el mediano plazo? La respuesta parece ser que no. El Observatorio PyME del Grupo Techint arroja un dato demoledor: el índice de confianza empresarial (que podríamos tomar como una aproximación del humor de las firmas para invertir en nuevos proyectos o, al menos, mantener la actividad), viene en caída libre desde octubre de 2017. Ya a mediados de 2018 llegó a estar en niveles cercanos al 2008, año en el que coincidieron la crisis mundial con la del campo local.

 

En octubre de 2018, tan solo el 15% de los encuestados por el Observatorio consideraba que era un buen momento para invertir en maquinaria. Si tomamos en cuenta que esos números son previos a la fuerte suba en el tipo de cambio y las megatasas (recordemos que el Cftna para préstamos en algunos bancos supera el 100%), difícilmente las opiniones hoy reflejen algo distinto.

 

Nada reemplaza la caja

 

Por más que el Gobierno sigue intentando congraciarse con los mercados, no toma medidas que permitan ver una luz en la actividad real.

 

Es cierto que algunas correcciones caen bien en los mercados: es por ello que la prima de riesgo país (medida por el EMBI de JP Morgan), dependiendo el humor, oscila entre los 600 y 800 puntos. Responden a los anuncios y al buen diálogo que en el oficialismo se intenta tener con los organismos multilaterales de crédito, que generó préstamos por parte del FMI, utilizados para frenar corridas cambiarias y sostener las reservas internacionales.

 

Esa confianza sólo se traslada en los títulos públicos para inversores especulativos, es decir, aquellos que toman posiciones congelando retornos importantes, o esperando una suba en el precio de activos financieros. Pero no se traslada a la inversión en bienes de capital, apertura de nuevos negocios, o peor aún, mantener los ya existentes.

 

No por nada, Forbes hace hincapié en otro dato fundamental, que refuerza la tendencia: entre 2015 y 2017 se han destruido 3.198 empresas. Entre esa información, y la destrucción de puestos de trabajo, el mercado se contrae fuertemente. No hay ventas. Y, al final de las cuentas, esa es la principal variable que los analistas observan.

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