¿La codicia mata al miedo …y también a los países?

6 de marzo, 2019

 

Por Ramón Frediani Economista de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC)

 

En los mercados financieros suele mencionarse a la pulseada entre la codicia y el miedo como un contrapunto frecuente de los inversores, frente a posibles tendencias del precio y la rentabilidad de acciones, bonos corporativos o soberanos, cuotapartes de fondos y demás. Que la primera venza al segundo (codicia mata al miedo), significa que los inversores escuchan voces en el aire y sufren de ambiciones ilimitadas, subestiman los eventos con riesgos elevados que pudieren presentarse en el mercado o les asignan menor ponderación y, por ende, están dispuestos a comprar lo que sea, donde sea, cuando sea y al precio que sea, embriagados por un optimismo exultante que va más allá de los fundamentals reales de las empresas y del contexto macroeconómico del momento. Nace así una burbuja financiera.

 

“Wall Street” (1987), la película de Oliver Stone, ejemplificó con claridad ese festival de ambiciones insaciables, acompañadas de tráfico de influencias, manipulación de las cotizaciones, transacciones fingidas y el siempre presente delito penal del acceso y/o compra y venta de información confidencial o privilegiada en esos ámbitos (inside information), que tarde o temprano termina en colapsos de personas, empresas e instituciones.

 

En los mercados financieros, cuando hay más compradores que vendedores, los precios suben autoalimentándose en un círculo virtuoso de ganancias ascendentes. Las carteras de los grandes fondos institucionales avanzan en su codicia y coleccionan papeles de baja calificación y todos felices en una ciega danza alrededor del destino, desafiándolo a que juegue siempre a nuestro favor. Es lo que el ex presidente de la Fed durante veinte años (1987 – 2006), Alan Greenspan, llamó “la exuberancia irracional”, que ocurre cuando en los mercados se impone un boom exagerado y sin fundamentos por sobrevaloración de los precios y luego esa fiesta indefectiblemente termina mal, fenómeno que, con lujo de detalles, detalló en las 544 páginas de su libro “La Era de las Turbulencias” (2007), premonitoriamente justo un año antes de la caída de Wall Street en septiembre de 2008.

 

¿Quién va a abrir una fábrica si mediante una inversión en la Bolsa puede ganar mucho más y en corto plazo?

 

Lo opuesto ocurre cuando emerge el temor a que tendencias inciertas puedan presentarse y afectar a los mercados. Entonces, la euforia y el frenesí por lograr grandes ganancias se evapora, nace la cautela primero, la desconfianza después, y ello precipita a los inversores a un nuevo ciclo de temor e inseguridad que los induce a tomar mayor conciencia de la importancia de los riesgos. Esto inhibe a los jugadores llevándolos a una actitud conservadora de vender en vez de comprar (mercado bajista o bearish), comenzando por desprenderse de aquellos papeles corporativos y/o soberanos de baja calificación y con el cash resultante refugiarse (“vuelo a la calidad”) en papeles triple A, ya sea corporativos de multinacionales de primera línea o en bonos soberanos de países triple A (EE.UU., Reino Unido, Canadá, Alemania, Suecia y otros), o simplemente estacionar el capital (capital parking) en activos de máxima liquidez en el “money-market” (cuentas bancarias de ahorro que pagan bajísimos intereses, operaciones overnight de 24 a 72 horas, obligaciones negociables bancarias o plazos fijos de corto plazo endosables).

 

Estas conductas temerosas o conservadoras, corresponden en inglés a la expresión sit and wait (siéntate y espera), o en nuestro español acriollado, cuando un gaucho enfrenta una tormenta, “desensillar hasta que aclare”. Por supuesto, luego de un tiempo todo tiende a volver a la normalidad y dejamos atrás el “miedo mata a la codicia”. Siguiendo con el refranero criollo del gaucho ante la tormenta, diríamos “siempre que llovió, paró”.

 

Estas conductas que se alternan en el tiempo, tanto de excesivo optimismo como de generalizado pesimismo, pueden nacer en un grupo reducido de operadores, pero luego se imitan y propagan con gran facilidad a todo el ámbito financiero, que es donde con más fuerza y rapidez se observan las llamadas “conductas manada” (herd behaviour), término extraído de la observación de las reacciones grupales de las manadas de lobos del norte de Europa, cuando intuyen algún peligro cercano e inminente.

 

El resultado de la pulseada entre la codicia y el miedo no es neutral para la marcha de la macroeconomía del país.

 

Ejemplifiquemos. Un fondo de inversión de Wall Street compra acciones argentinas por US$ 10 millones. Sería como tirar una ficha al doble cero en la ruleta, una propina para Wall Street. Como la Bolsa porteña es muy pequeña, esa hipotética operación podría hacerla subir bastante ya que las operaciones diarias de compra-venta de acciones en la Bolsa porteña suman en promedio US$ 15 millones por día (la mitad del uno por mil, frente a los US$ 30.000 millones diarios de Wall Street en compraventa de acciones y US$ 100.000 millones diarios en compraventa de bonos). Esa suba inmediatamente induciría a otros inversores a seguir el ejemplo y así nace una conducta en manada: la Bolsa argentina despierta, comienza un breve nuevo ciclo alcista y de optimismo, lo que a menudo lleva a funcionarios del momento a un triunfalismo eufórico de que el país retoma una senda de crecimiento.

 

En una primera impresión, “codicia mata al miedo” carecería de un impacto mayor pues sus efectos corresponderían al estricto ámbito privado por ser un fenómeno pendular de ganancias y pérdidas privadas de los inversores en los mercados financieros, dependiendo sus resultados finales según el grado de perspicacia, visión, olfato o intuición de los participantes en este juego del dinero.

 

Pero la película no termina con eso. Más allá de como estén las utilidades en los recintos bursátiles y sus agentes, hay empresas y Estados que emitieron esos valores de renta fija o variable, que de rebote la ligan, para bien o para mal, llegando en casos extremos, cuando el miedo mata a la codicia, a ocasionar pérdida de elecciones presidenciales, derrocar gobiernos, o mandar a la quiebra a empresas con larga trayectoria de buena perfomance. Es decir, el resultado de la pulseada “codicia mata al miedo”, o viceversa, no es neutral para la marcha de la macroeconomía del país.

 

Cuando “el miedo mata a la codicia” y se expande con un efecto manada, prolongándose en el tiempo, el daño a la economía del país es más que obvio y no merece mayores explicaciones. Pero lo curioso es que cuando ocurre lo contrario, es decir cuando la “codicia mata al miedo” esta pulseada puede mutar a “codicia mata al país” pues sus efectos colaterales nocivos pueden manifestarse como la forma de atrasos cambiarios que desalientan las exportaciones y promuevan déficit en la balanza comercial, o lo que es más grave: promueven la reorientación del ahorro interno hacia la inversión financiera desalentando a nuevas inversiones productivas privadas, cuando la inversión financiera es más rentable que la productiva. ¿Quién, en su sano juicio, va a abrir una nueva fábrica o ampliar una ya existente, si mediante una inversión financiera en la Bolsa puede ganar mucho más y en corto plazo?

 

En otras palabras, durante los períodos alcistas en los mercados financieros cuando prevalece la opción “codicia mata al miedo” como conducta en manada alejada de los fundamentals del mercado (bullish, en lenguaje anglosajón), la euforia y alegría en los recintos bursátiles puede ser positivo desde el punto de vista microeconómico tanto para inversores financieros individuales como para el reducido grupo de empresas cotizantes, pero no necesariamente ello puede extrapolarse y ser sinónimo de buena noticia para el país en su conjunto en términos de inversión real y crecimiento del empleo y del PIB.

 

Tengamos siempre presente que cuando “codicia mata al miedo” es exagerada y se prolonga en el tiempo, puede también llegar a matar a la economía del país bajo la forma de una menor tasa de crecimiento del PIB por ausencia de suficientes inversiones productivas en el sector privado. Tanto la teoría económica como la realidad explican y demuestran que el PIB crece gracias a inversiones reales y no gracias a inversiones financieras.

 

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