Europa cree que Rusia dejó de ser un socio estratégico

15 de marzo, 2019

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Por Atilio Molteni Embajador

 

Para muchos especialistas resulta obvio que nuestra política exterior necesita recibir un urgente baño de realismo y consistencia. Piensan que hace falta actualizar en forma permanente los diagnósticos y hacer una selectiva revisión de nuestros objetivos en materia de estrategias globales y regionales. Semejante ejercicio debería facilitar el reconocimiento fáctico de quienes son los actuales referentes del planeta y qué clase de vínculo nos conviene tener o rechazar con cada una de esos líderes, naciones, regiones u organizaciones institucionales, lo que incluye tener shopping-lists apropiadas, sofisticadas y maduras.

 

Hasta allí no existirían mayores innovaciones respecto de lo que ya es la rutina profesional, si las decisiones cotidianas que hoy se adoptan guardasen efectiva proporción con los niveles de exigencia y con los asuntos que prevalecen en la agenda mundial, la que tiene muy poco que ver con las inquietudes que asoman en el microclima habitual del liderazgo argentino. Cualquier líder nacional inquieto tendría que comenzar por preguntarse si no nos dice nada el audaz replanteo formulado hace pocas horas por el Parlamento Europeo acerca de los amplios y sustantivos vínculos que el Viejo Continente sostiene con la Federación Rusa de Vladimir Putin.

 

Nuestra dirigencia política y la sociedad civil deberían entender y aceptar que el exclusivo liderazgo ejercido en los años noventa por Estados Unidos ya no existe más y que el consorcio del poder está de hecho repartido o antagonizado por China y, en menor grado, por Rusia. Ello no quiere decir que otros grandes actores, que participan en los acontecimientos mundiales están liberados de ajustar sus posiciones a este escenario, si quieren alcanzar una voz más significativa y ser tenidos en cuenta en la defensa de sus intereses nacionales o regionales, conducta que es muy encomiable.

 

Aunque el Gobierno quiso integrarse al mundo es muy difícil saber a qué mundo nos estamos integrando. Desde 2015 el clima de confrontación internacional fue en aumento ya que, desde Venezuela hasta el Medio Oriente y Asia, ninguna alteración del orden establecido prosperó como lo demuestra la tan mentada “primavera árabe” y otros procesos de equivalente importancia. Ello resulta imputable a la permanente evolución de los acontecimientos y a lo que hasta ahora demostró ser la falta de modelo viable para cada una de las sociedades tocadas por el cambio interno.

 

Un ejemplo de gran significado para comprender la situación del Viejo Continente, es la resolución adoptada el 12 de marzo por el Parlamento Europeo en sesión plenaria, lo que se consiguió tras labores muy intensas de carácter preparatorio, donde por 402 votos contra 163 y 89 abstenciones, ese cuerpo legislativo dio su opinión acerca de las nuevas bases que deben regir las relaciones entre la UE y la Federación Rusa. El enfoque es muy crítico de las conductas seguidas por Moscú y sugiere una reorientación fundamental del accionar de la UE, a pesar de que esa nación es su principal interlocutora comercial y, posiblemente, ello siga así en el futuro (vale la pena recordar la alta dependencia europea de la energía rusa). La resolución propone una serie de acciones concretas para modificar este estado de cosas, el que se caracteriza por gigantescas tensiones y una creciente confrontación política y militar. A su vez, el texto confirma que nadie le asigna ni existe por parte de Rusia ningún derecho de veto sobre las aspiraciones euro-atlánticas de las naciones de la UE.

 

Este desarrollo coincidió con el día en el que el Parlamento británico rechazó por segunda vez una propuesta de la primer ministra, Theresa May, acerca del Brexit, mediante un ordenado retiro a concretarse el 29 de marzo, acontecimiento que según las características que adquiera, podría tener especial significación para la política exterior de nuestro país. Un ángulo específico de tal proceso ayudaría a replantear sobre nuevas bases el eterno conflicto territorial que Argentina mantiene con Londres por nuestras Malvinas

 

Por ese motivo es un síntoma muy elocuente que ese Parlamento subrayara que Rusia ya no puede ser considerada como un socio estratégico para la UE, debido a las nuevas áreas de tensión que han surgido desde 2015, incluyendo la intervención de ese país en Siria, Libia y la República Central Africana, más la continuación de sus acciones agresivas e invasoras en Ucrania (tras cinco años de la anexión de Crimea, país que es muy cercano a Europa), afirmando que Moscú debe cumplir con los llamados Acuerdos de Minsk de septiembre de 2014 y febrero de 2015, para terminar con el conflicto en la parte oriental del aludido país y respetar con seriedad el Derecho Internacional.

 

Al respecto, opinó que la Unión Europea debe estar lista para adoptar nuevas sanciones con relación a Moscú, incluyendo aquellas que tengan como objetivo a personas concretas, en proporción a la amenaza que representa ese país para ese conglomerado regional. Asimismo, cuestionó el apoyo de Rusia a los partidos políticos del Viejo Continente y a los movimientos de extrema derecha que son contrarios a la UE, lo que incluye su intención de interferir en sus respectivas elecciones y referéndums (representadas por los ciber-ataques, las campañas de desinformación y el financiamiento de partidos y movimientos utilizados para lesionar el proyecto europeo desde adentro), aparte de que tal conducta supone la violación de los derechos humanos en su propio territorio y su ofensiva contra la oposición política al Gobierno, lo que se contradice con su condición de miembro del Consejo de Europa y de la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea (OSCE).

 

Desde 1997 existe entre la UE y la Federación Rusa un Acuerdo de Asociación y Cooperación, que establece un marco muy amplio para las relaciones entre las partes, que tuvo importantes progresos hasta 2012. La opinión del Parlamento Europeo es que ese instrumento debe ser revisado y que los intercambios deben limitarse a las áreas de interés mutuo, mientras que las amenazas globales, como el cambio climático, la seguridad energética, la digitalización, la inteligencia artificial y la lucha contra el terrorismo, tendrían que estar condicionadas por la adopción de un enfoque selectivo.

 

En sus considerandos, la resolución destaca que Rusia es en la actualidad el principal proveedor externo de gas natural de la UE, que la energía sigue desempeñando un papel central y estratégico en las relaciones bilaterales, pero que Rusia usa tal nexo estratégico como medio para proteger y promover sus intereses en materia de política exterior. Por ello, destaca que el proyecto Nord Stream 2 refuerza la dependencia de la UE respecto del suministro de gas ruso, amenaza el mercado interior y ello no está en consonancia con su política energética ni con sus intereses estratégicos, sugiriendo su posible interrupción. Estos conceptos son contrarios a la posición de la canciller Angela Merkel, cuyo liderazgo político en el Viejo Continente es indiscutible, a pesar de su relativo ocaso político. En cambio, el Parlamento apoya la rápida realización de una Unión Europea de Energía integrada y una política ambiciosa de eficiencia energética y energías renovables.

 

Al interpretarse esta resolución, hay que tener en cuenta que el Parlamento Europeo va a tener elecciones para sus 705 eurodiputados entre el 23 y 26 de mayo, lo cual puede significar un cambio muy profundo de las posiciones mayoritarias. Por otra parte, aunque sus funciones en materia de política exterior no son formales, éstas son decisivas ante la facultad que tiene de aprobar o rechazar los acuerdos internacionales. Y si bien el Tratado de Lisboa, que entró en vigor el 1 de enero de 2009, creó nuevas estructuras para llevar adelante la política externa y de seguridad de la UE, existe una relación de consulta y colaboración permanente y todos deberían tener en cuenta sus opiniones. A esta altura quizás debamos preguntarnos cuál va a ser la suerte del proyecto de Acuerdo que se negocia desde hace años entre la UE y el Mercosur. Lamentablemente no parece haber demasiado tiempo para llegar a definirlo, ni para resolver los problemas de fondo existentes entre las partes, a las que aludiera en diversas oportunidades, en las páginas de este diario, mi colega Jorge Riaboi.

 

Como antecedente es igualmente útil recordar que el Parlamento Europeo es un órgano de debate político y de decisión de la UE, cuyos miembros son elegidos directamente por los votantes de los Estados partes, para que representen los intereses de sus habitantes y garanticen el funcionamiento democrático de sus instituciones. Actúa como colegislador junto con el Consejo (integrado por los jefes de Estado o de Gobierno), en la adopción y modificación de propuestas legislativas y decide acerca del presupuesto de la UE. También supervisa la actividad de la Comisión Europea (que ostenta el poder ejecutivo y la iniciativa legislativa) y de otros órganos, todo ello teniendo en cuenta que la UE es una comunidad basada en un conjunto de valores comunes entre los cuales figuran la libertad, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos humanos.

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