El debate de moda sobre la MMT

12 de marzo, 2019

Alexandria Ocasio-Cortez

Por Pablo Mira Docente e investigador de la FCE-UBA

 

Como el lector ya habrá apreciado, esta columna suele reflejar discusiones de algún tenor teórico para después identificar implicancias para la economía argentina. En los últimos meses el debate de moda, al menos en Estados Unidos, es acerca de una teoría económica muy particular, llamada Teoría Monetaria Moderna (MMT, por sus siglas en inglés).

 

Si bien MMT es una escuela económica nacida hace más de 50 años, ha sido rescatada por los dichos de la nueva estrella del progresismo demócrata, Alexandria Ocasio-Cortez. En las elecciones legislativas de fines de 2018, Alexandria ganó el escaño del distrito 14 de Nueva York por una amplísima mayoría de votos, convirtiéndose en la mujer más joven elegida en el Congreso en la historia de los Estados Unidos, con apenas 29 años. Sus propuestas sociales son muy ambiciosas, e incluyen la gratuidad e universalidad de la educación y la salud, y también una garantía federal de empleo.

 

Republicanos y demócratas moderados se escandalizaron por igual ante estas propuestas y reaccionaron de inmediato preguntando por el financiamiento. Si bien Alexandria favorece un impuesto de 70% a los más ricos y reducir gastos militares, su afirmación más temeraria fue que, a diferencia de lo que los “halcones del déficit” suponen, esta agenda podría ser financiada imprimiendo dólares o emitiendo deuda sin mayores costos. Por chocante que parezca, esta aseveración ha sido considerada con seriedad por la economía teórica, justamente la MMT.

 

Esta perspectiva conceptual disputa la posición tradicional, sostenida por la mayoría de los economistas, según la cual la profundización de los déficits fiscales aumentan las tasas de interés y desplazan inversión privada. Para la MMT, mayores déficits fiscales reducen las tasas de interés si son financiados mediante emisión monetaria. Pero aun si las tasas aumentaran, estos economistas sostienen que la evidencia acerca de su impacto sobre la inversión es débil, al menos comparado con las expectativas de demanda futura, que afectan las decisiones empresariales en mucha mayor medida. La conclusión es que el déficit fiscal debe utilizarse con el objetivo primordial de alcanzar el pleno empleo, sin prestarle demasiada atención a la política monetaria.

 

La respuesta más resonante a esta posición fue la de Krugman, quien califica de mesiánicos a los defensores de la MMT. Para Krugman, un déficit fiscal creciente en una economía cercana al pleno empleo sí sube las tasas. Otros economistas puntualizan que si la deuda crece mucho, los acreedores pueden asustarse y dejar de prestar de un día para otro, induciendo un alza violenta de los intereses. Los defensores de la MMT argumentan que este no es un problema porque el déficit podría financiarse mayormente con emisión de dólares. A lo que los críticos contestan que esto solo podría traer como consecuencia inflación. Y MMT replica que este experimento ya ocurrió, durante la respuesta de la Reserva Federal a la crisis de 2009, cuando se inundó la plazo de dinero sin generar ninguna aceleración de precios.

 

El debate continúa, pero atañe casi exclusivamente a una economía que ha construido una moneda de alcance internacional. En Argentina, el peso difícilmente podría considerarse una moneda dura, lo que implica que déficits fiscales muy pronunciados financiados con emisión traerían problemas insolubles. Supongamos que un MMT extremo en el Gobierno decidiera pagar de un día para el otro jubilaciones de $50 millones mensuales imprimiendo pesos (la expresión más directa de un déficit fiscal financiado con emisión). Con este dinero los mayores podrían gastar algo menos de $10 millones por mes y vivir holgadamente. ¿Pero qué harían con el resto? No sé ustedes, pero yo intentaría comprar un millón de dólares por mes. Suponiendo que solo el 1% de los jubilados hicieran esto y el resto simplemente guardara sus pesos en el banco o bajo el colchón, el BCRA perdería en un solo mes US$ 150.000 millones de reservas, mucho más de las que hay hoy en su arcas. El resultado: devaluaciones brutales de la moneda y… alta inflación.

 

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