Washington nos califica como “amenaza regional”

12 de febrero, 2019

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Habitualmente los servicios de inteligencia producen un enorme volumen de acertados diagnósticos, dudosas proyecciones y solemnes tonterías. Por eso nunca es superfluo apelar al discernimiento, la ex nave insignia de la sabiduría jesuítica, cuando uno cae en la tentación de buscar consistencia en documentos como la Evaluación de las Amenazas Globales que produce anualmente el Director Nacional de Inteligencia de Estados Unidos, cuyo texto suele ser analizado con el presidente de ese país. Esta vez no hubo diálogo, sino un delirante cruce de monólogos. La reunión sólo permitió confirmar que Donald Trump es alérgico a los textos largos y que le importan muy poco los datos y opiniones de los que el mundo considera como muy influyentes organismos de seguridad de su gobierno. Nada que sus interlocutores no supieran antes de entrar a la reunión.

 

El primer mandatario tampoco cambió la letra de sus enfoques. El nunca se privó de decir en público que da mayor crédito a la palabra del presidente ruso, Vladimir Putin, un veterano oficial de la KGB soviética, que a los servicios de su propio país, algo que, para decirlo suave, está bastante lejos de la normalidad. El hombre tampoco se mata por fundamentar sus raros enfoques de política exterior o de política comercial, los que hasta poco tiempo atrás eran, computando la cuota oficial de mentiras, una referencia conocida y previsible del gobierno estadounidense.

 

Durante la reunión efectuada, Trump se limitó a reiterar sus disensos con los consejos recibidos de las agencias del ramo y mantuvo el enfoque que viene adoptando acerca de Rusia y Asia (China), el Oriente Medio y otros temas de altísima sensibilidad, un toque provocador que a veces incluye a la relación con sus vecinos y socios comerciales del Nafta (a quienes el Informe define como parte de la élite de socios-clave de los intereses económicos de Washington, grupo en el que también figuran la Unión Europea, Japón y Corea del Sur). En la sesión no se habrían mencionado en detalle las amenazas regionales de menor porte como la que, según el informe, parece representar el futuro político y económico inmediato de países como la Argentina.

 

A la luz de esta movida, el Washington político se agarraba la cabeza al ponderar la escasa preparación que se advierte para el desarrollo de la agenda presidencial, donde se insertó una segunda Cumbre con el líder de Corea del Norte en Vietnam, a fines de febrero, y otra reunión, quizás definitoria, a principios de marzo, con el presidente Xi Jinping de China. La realización de este último encuentro dependería del curso que tomen las negociaciones para desarmar la guerra comercial que forjaron ambas potencias. Los observadores familiarizados con estos procesos ya no son tan optimistas, como lo eran días atrás, respecto del producto que podría emerger del diálogo entre Washington y Pekín. El resto del planeta eligió estar pendiente de esa negociación.

 

Al referirse a las amenazas regionales en América (en inglés, Western Hemisphere), el informe sostiene que 2019 es un período que puede traer procesos y amenazas sorpresivas en varios países que exhiben débiles situaciones económicas, flujos migratorios (de gran intensidad), corrupción, tráfico de drogas y la presencia de autócratas antiestadounidenses, lo que podría afectar a los intereses de Washington en la región. Enfatiza que esos hechos son un potencial caldo de cultivo de las potencias adversarias y de competidores estratégicos de Estados Unidos, que buscan ocupar y aprovechar los espacios vacíos que fue dejando la política exterior de la Casa Blanca de los últimos años (observación nuestra). En tal escenario se encuadran los imprevisibles resultados de las elecciones presidenciales en Argentina, Bolivia, El Salvador, Guatemala, Panamá y Uruguay, donde no se descarta la aparición de candidatos sorpresa que tengan habilidad para dar respuesta a las frustraciones de la opinión pública ante los problemas de crecimiento económico, criminalidad social y los altísimos niveles de corrupción. En El Salvador ganó un candidato que parece responder a ese perfil.

 

El texto alega que, a la luz de tal escenario, tanto China como Rusia podrían aumentar su influencia económica y en el ámbito de la seguridad, pero no dice nada del papel pasivo y falta de estrategia o interés político de Washington en lo que solía considerar, hasta hace tres lustros, su área lógica de influencia regional. Brasilia, que según el Informe apenas sufriría las consecuencias de la economía y el mercado energético global, no fue mencionada en la lista de amenazas regionales. Tal visión no parece coincidir con su actual debate interno, donde se estudia la posibilidad de recortar o no recortar a fondo muchos de los lazos con esas potencias, en especial con China (ya que los enfoques del nuevo Canciller y del influyente ala militar que hay en puestos clave del gobierno difieren radicalmente en lo que conviene hacer con un mercado clave, apetecible y estratégico para Brasil). En el Informe tampoco hay menciones específicas al proceso de ratificación parlamentaria del nuevo Nafta (Usmca o T-MEC), el que parece atado a complejos requisitos y obstáculos no totalmente explicitados por cada una de las tres naciones que suscribieron el “nuevo Nafta” en Buenos Aires.

 

No es novedad que el diagnóstico del informe coincida con lo que dicen el BID y el Fondo Monetario Internacional (FMI) respecto de la economía de América Latina, como el hecho de que ésta sólo crecerá 1,2% en 2019, por el freno que impondrán la Argentina (-1,7% de caída), Brasil y Venezuela. Curiosamente, el tema Brasil está, salvo una mención acerca de los efectos depresivos que pueden generar a su economía las tendencias globales y las vinculadas con el mercado energético, fuera del antedicho gran capítulo del Informe dedicado a las Amenazas Regionales, lo que tampoco coincide con lo que sucede en la cúpula del gobierno de Jair Bolsonaro (cuyas ideas hasta ahora se conocen en forma muy general o fragmentada). Lo que sí se sabe, y resulta muy preocupante, es la abismal diferencia de enfoques que prevalece a nivel del Presidente y el Vicepresidente de la República, en momentos en que el Primer Mandatario está condicionado por su frágil salud. No sería extraño que semejante disputa tenga algún efecto en la composición del poder que accedió a Planalto en enero de 2019.

 

Pero lo más llamativo del informe es que las diez amenazas que pesan sobre la Seguridad de Estados Unidos, definen un temario completamente nuevo de confrontación global y regional. Este incluye preocupaciones de la agenda post-industrial y bélica del G20, la Ocde y la Otan, como el ciberespionaje, las operaciones de interferencia e influencia online en los procesos electorales (Facebook, acciones de China, Rusia y Corea del Norte); la proliferación de armamentos de toda índole lo que incluye al caos reinante en el manejo de las armas de destrucción masiva; el terrorismo, las crecientes operaciones de contra-inteligencia; las emergentes y desequilibrantes tecnologías y sus efectos sobre las amenazas a la tradicional competitividad económica; las batallas por el espacio y el contra-espacio; el crimen organizado trasnacional (como el narcotráfico); las destructivas acechanzas sobre el crecimiento económico y el mercado energético, en un paquete que se cierra con los problemas de la seguridad humana (en el que no falta una referencia a los nuevos riesgos de salud y supervivencia etaria, los problemas medioambientales y el cambio climático, asuntos ninguneados por la infundada doctrina de Trump y sus apóstoles).

 

En casi todos los rubros del temario o de inquietud estadounidense, se alude a las acciones detectadas de los gobiernos de China, Rusia, Irán, Corea del Norte y algunos actores circunstanciales de reparto como los antes indicados en el Hemisferio Occidental. Por otra parte, si bien el aludido perfil del documento refleja, con esta cobertura, el singular achicamiento del espacio geopolítico que hoy desea ocupar Washington en el presente escenario global, no aclara en lo absoluto cuáles son las acciones que debería encarar el Gobierno para superar cada uno de esos obstáculos o amenazas.

 

Además, si los proyectos ya difundidos por la Casa Blanca son una guía del pensamiento oficial, todo lo que cubre el arsenal de la administración de Trump es volver a nuestro viejo conocido el proteccionismo, las prácticas mercantilistas y otros enfoques ya probados y fracasados en el Atlántico Norte durante el Siglo XX. En ese paquete caben tanto las recetas del pasado, las que aún se aplican con lenguaje moderno y las que expanden similares conceptos con nuevas e ingenuas excusas.

 

La otra deducción posible, ya que el informe no provee en forma detallada los insumos de los pronósticos de amenaza que define en el texto difundido, es hasta qué punto los riesgos provienen de saltos ideológicos o sorpresivos o derivan de la incapacidad de gestionar atribuible a los gobiernos que ya ejercen el poder como es visible en el caso de Argentina. Esto obliga a que sean los lectores los que juzguen si esta vez el Informe nos presenta un acertado diagnóstico, una dudosa proyección o una solemne tontería.

 

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