Las exportaciones, ¿aportan dólares al país?

11 de febrero, 2019

En busca de competitividad: simplifican los trámites de los puertos argentinos

 

Por Ramón Frediani Economista de la Universidad Nacional de Córdoba

 

El teatro, como manifestación artística, es simbolizado por dos máscaras. Una sonriente que representa la comedia, inspirada en la musa Talía de la mitología griega y otra con rostro triste, inspirada en la musa Melpóneme, que representa el drama y la tragedia. Inspirándonos en esa dualidad, encontramos también estas dos caras cuando analizamos las exportaciones. Una, reflejada en el valor formal o contable de las exportaciones según su registro en Aduanas y la AFIP y la otra, la que corresponde al flujo financiero de divisas que, como contrapartida, generan (o deberían generar) si ingresaran efectivamente al país.

 

Las exportaciones de Argentina son anémicas, intrascendentes y de juguete. Parte de la culpa la tiene medio siglo de culto al proteccionismo infantil reclamado por la industria (“vivir con lo nuestro y morir con lo puesto”) y también al Mercosur, pues desde 1991 (Tratado de Asunción), por casarnos con Brasil, nos hemos alejado y divorciado del resto del mundo.

 

Argentina exporta apenas el 10% de lo que produce anualmente y, para colmo, mayoritariamente materias primas y forrajes, con mínimo valor agregado. Anémicas incluso comparándonos con países del barrio como México (38%), Chile (28%), Bolivia (25%), Brasil (20%), Perú y Ecuador (20%). Exportar sólo el 10% de lo producido anualmente es una propina en la era de la globalización y decididamente insuficiente para las divisas que necesita el país para pagar su deuda externa y además financiar inversiones productivas.

 

La nuestra es una economía cerrada, retraída, introvertida, huraña, que desde la Segunda Guerra Mundial se mira el ombligo. A pesar del esfuerzo del Gobierno de Cambiemos en integrarnos al mundo, hasta ahora sólo ha dado resultados en el plano diplomático y protocolar de los buenos modales, además de ideológico y político, tanto con Estados como con los organismos internacionales. Meritorio, por cierto, pero todavía sin resultados significativos en el mundo concreto de los negocios para alcanzar un mayor comercio exterior. Hasta ahora, intentos aislados, con limones a EE.UU., cerezas a China, gas a Chile y biodiésel a Europa, apenas mueven la aguja y no representan un salto importante en las exportaciones.

 

La prueba más elocuente es que en el trienio 2016-2018, el promedio anual de exportaciones fue de US$ 59.079 millones y para el 2019 se espera una cifra similar de aproximadamente US$60.000 millones cuando en el 2011 eran 37% superior: US$ 81.957 millones, a pesar de que en aquel entonces había un contexto de default, aislamiento político con el primer mundo, cepo cambiario, arbitrariedades insólitas en materia de comercio exterior y una política económica antimercado.

 

En concreto, hoy exportamos US$ 23.000 millones menos que 8 años atrás, a pesar de que ahora disponemos de más Internet, más tecnologías informáticas, más rutas, más economía de mercado y un contexto de mejores relaciones internacionales del Gobierno con el resto del mundo que en aquel entonces con el kirchnerismo. Si Argentina exportara el 28% de su producción anual, como por ejemplo lo hace hoy Chile teniendo un tercio de población respecto a la nuestra, nuestras exportaciones ya deberían estar en los US$ 140.000 millones al año.

 

Pero vayamos a la otra cara de las exportaciones: su contrapartida financiera en términos de ingreso de dólares al país y acá encontramos un evidente caso de mala praxis en la instrumentación del asunto. Luego de concluir catorce años de default el 26 de abril de 2016, surge un cambio sustancial. El Gobierno modifica la obligación vigente desde 1963 (excepto durante los 10 años de la Convertibilidad) a que los exportadores ingresen y liquiden en plazo perentorio y en el mercado único de cambios las divisas por sus exportaciones.

 

En marzo de 2016 el plazo se estableció en 90 días. Luego en abril de 2016 en 180. Un mes después se extendió a un año (Res. Nº91/16 S. de C.). Pero pareció poco y tres meses después se extiende a cinco años (30 de agosto de 2016). Cinco meses después (enero de 2017), se corre el plazo a 10 años, y como a Mauricio Macri una década de plazo para ingresar las divisas seguía pareciéndole breve, decide extenderlo para el total exportado y sin fecha límite a partir del 1º de noviembre de 2017, mediante el Decreto Nº 893/17 firmado por él, Nicolás Dujovne y Marcos Peña.

 

En otras palabras, desde el 1º de noviembre de 2017 en adelante, los exportadores de bienes y servicios están legalmente autorizados a dejar fuera del país hasta el 100% de los dólares de sus exportaciones en sus cuentas bancarias en el exterior, ¡y para siempre! Por ejemplo, durante 1.000 años. Es decir, un porcentaje, seguramente nada despreciable, de las exportaciones totales anuales queda “encanutado” en el exterior y es una ficción creer que el total de las exportaciones efectivamente ingresan dólares al país.

 

En los fundamentos de estos sucesivos decretos de prórroga, hasta el último que lo elimina definitivamente, se menciona el propósito “fortalecer la competitividad de las exportaciones argentinas”. ¿Resultados en estos últimos tres años? No crecieron y siguen sustancialmente inferiores a ocho años atrás.

 

Hoy, cualquier exportación puede implicar que nunca más ingrese al país un solo de sus dólares y esto está absolutamente permitido y legalizado desde hace 16 meses. Obviamente, es un ejemplo extremo, pues el exportador requiere financiar todo o parte del capital de trabajo que dio origen a su exportación y es de suponer que dejará afuera sólo un porcentaje de los dólares obtenidos.

 

Tomemos con pinzas el saldo de la balanza comercial publicado por el Indec, pues contabiliza sólo el valor de los bienes exportados, pero no los dólares efectivamente ingresados y puede coexistir un superávit en la balanza comercial contable, con un déficit desde su punto de vista financiero (ingreso neto de divisas al país). Es razonable pensar que contextos de incertidumbre, expectativas negativas, proximidad de elecciones, atrasos cambiarios, o cercanía de vencimientos significativos de deuda soberana, puedan incentivar a los exportadores a dejar afuera la mayor cantidad de dólares aumentando su escases en el mercado interno en momentos críticos en que crece su demanda.

 

Tanta laxitud y permisividad suena más a mala praxis y liberalismo bobo que a una decisión inteligente y estratégica

 

Países normales con economías ordenadas y sin apuros, pueden permitirse que sus exportadores dejen fuera hasta el 100% de los fondos, pues son Estados que no tienen urgencias en materia de divisas, pero no es el caso de un país excéntrico como Argentina, que desde hace décadas vive de crisis en crisis, con inestabilidad, improvisaciones, mala praxis, marchas y contramarchas, alta inflación que en 25 años obligó cuatro veces a cambiar la denominación de su moneda nacional, recesiones, defaults, confiscaciones y pesificaciones compulsivas de depósitos bancarios, corridas y colapsos cambiarios, experimentos inéditos como el desagio del Plan Austral, tablitas cambiarias, convertibilidad, cepos, corralitos y corralones, presidentes del BCRA que en promedio duran dos años, etcétera.

 

Ante semejante realidad bizarra, es un despropósito tanta laxitud y permisividad hasta el extremo de legalizar el permitir dejar fuera hasta el 100% de los dólares de las exportaciones y por infinitos años, ya que suena más a mala praxis y liberalismo bobo que a liberalismo inteligente y estratégico como sería el promover la competitividad de las exportaciones bajando sus costos tributarios y financieros. Y además logísticos priorizando inversiones en modernización portuaria e infraestructura ferroviaria hacia ellos, en vez de tanta inversión en infraestructura urbana que poco y nada favorece al incremento de nuestras lánguidas exportaciones.

 

Te puede interesar

Dejá un comentario