La situación de Estados Unidos, según Donald Trump

11 de febrero, 2019

Estados Unidos, Trump

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Recién el pasado 5 de febrero el presidente Donald Trump consiguió presentar, ante ambas cámaras del Congreso, el segundo informe anual sobre el Estado de la Unión, un rito que adquirió mayor importancia en la presidencia de Harry Truman. Este año la ceremonia se hizo con demora por el conflicto que estallara entre el Congreso estadounidense y el Jefe de la Casa Blanca, a quien la titular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, optó por retirarle la invitación oficial destinada a llevar a cabo esta ceremonia hasta convenir la reapertura sin condiciones de la Administración Pública, cuyas actividades fueron suspendidas durante 35 días.

 

El acuerdo transitorio pactado con esa finalidad vence dentro de pocas horas y las discrepancias parecen subsistir. La oposición demócrata, y hasta donde se sabe muchos legisladores republicanos, se oponen al proyecto de destinar cuantiosos fondos presupuestarios a la construcción de lo que muchos ven como un ridículo y faraónico muro a lo largo de la frontera estadounidense con México.

 

En esta oportunidad, Trump llamó “elegir la grandeza” a su discurso de ochenta y dos minutos. Tras enumerar en detalle tanto sus genuinos como presuntos logros en el plano económico y político, desarrolló cinco temas que, según él, deberían servir de plataforma para unir las voluntades de ambos partidos mayoritarios en acciones destinadas a promover el bien común: 1) la generación de empleo y de comercio justo para los habitantes y residentes legales en Estados Unidos; 2) reconstruir la infraestructura del país (tema que había anunciado en discursos anteriores); 3) reducir el precio de los medicamentos y los servicios de salud (objetivo que en su campaña electoral había asegurado que se concretaría desde los primeros días de su gestión); 4) crear un sistema de inmigración seguro y legal y 5) desplegar una agenda internacional que ponga por delante los intereses nacionales.

 

Vale la pena comenzar por el final. Esta vez, el Jefe de la Casa Blanca usó la solemne tribuna parlamentaria con el fin de revelar que la segunda cumbre que mantendrá con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-Un, con quien asegura tener una buena relación, se realizará entre el 27 y 28 del corriente mes en Vietnam. Trump manifestó, por enésima vez, que merced al vínculo que estableciera con el líder norcoreano, el planeta consiguió evitar una guerra nuclear. Esta afirmación discrepa de manera radical con lo que sus propios jefes de inteligencia acaban de sostener días atrás en los mismos recintos del Congreso, al pronosticar que difícilmente se pueda esperar que el régimen de Pyongyang renuncie a la completa posesión de armas nucleares y lleve a cabo el real desmantelamiento de la estructura que hoy le permite producirlas.

 

Después de señalar que la coalición ad hoc formada con ese propósito había conseguido liberar casi todo el territorio controlado por Estado Islámico en Irak y Siria (los reductos finales serían desalojados dentro de pocas horas sin que ello suponga la total aniquilación de brotes esporádicos). También recordó que su denuncia del Acuerdo Nuclear con Irán y su decisión de suspender el Tratado de 1987 INF sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio con Rusia de 1987 (INF) y reivindicó otras acciones. Entre ellas el reconocimiento al nuevo presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó; el traslado de la Embajada estadounidense en Israel a Jerusalén y su visión de que era el momento de traer al país a los soldados que aún se encuentran en Siria. Como se recordará, la Casa Blanca ya había anunciado tal retiro el 19 de diciembre de 2018, pero debió corregir en el aire esos plazos y más tarde aceptar que los mismos queden condicionados a que el presidente Tarcyp Erdogan de Turquía acepte tratar en forma adecuada a los kurdos sirios.

 

Trump reiteró que se habían acelerado las negociaciones para llegar a un acuerdo político con diversos actores del conflicto Afgano, ya que su Administración estaba en promisorias conversaciones con grupos que esta vez podrían incluir a las fuerzas del Talibán. Sostuvo que, de lograrse el cierre de tales negociaciones, sería posible reducir la presencia de las tropas estadounidenses en algo así como 50% y enfocar todo el esfuerzo subsiguiente en la lucha contra el terrorismo. Dichas conversaciones fueron desarrolladas en Doha y, como contrapartida, se habría obtenido un compromiso del Talibán de no dar refugio a terroristas extranjeros. Los analistas especializados recuerdan que es en el propio Senado, donde hoy aún prevalece la mayoría republicana, que se votó el 31 de enero, es decir sólo cinco días antes de este discurso, una resolución bipartidaria en favor de mantener las fuerzas militares tanto en Siria como en Afganistán debido a la convicción legislativa de que hacer lo contrario pondría en riesgo la seguridad de Estados Unidos.

 

Afganistán es un país que se encuentra en el corazón de Asia y exhibe una geografía que condiciona su realidad, población e historia. El lugar destacado que ocupa en la política exterior estadounidense se debe al ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York y otros objetivos en territorio de ese país, el que fuera protagonizado por Al Qaeda cuya Jihad global recibió refugio del Gobierno del Talibán (quienes son sunitas extremistas en lo religioso), el que entonces controlaba la nación asiática.

 

En función de esa realidad, Washington decidió en horas brindar apoyo a los grupos afganos contrarios al Talibán, para desalojar a éstos últimos del poder. Desde ese momento Washington y otros miembros de la OTAN (en la denominada “Resolute Support Mission”), desplegó allí miles de soldados y dio un apoyo de billones de dólares para respaldar al Gobierno y a las fuerzas armadas que se establecieron para derrotar al Talibán, en lo que se convirtió durante 17 años en la guerra más prolongada de Estados Unidos. El costo de ese conflicto fueron 2.400 efectivos y miles de heridos.

 

Actualmente, Estados Unidos tiene en esa región alrededor de 14.000 soldados y unas 26.000 personas contratadas de distinta origen nacional en funciones de seguridad, en una situación militar harto compleja que sólo permite controlar oficialmente el 56% del territorio (incluyendo todas las grandes ciudades) mientras el 14% se encuentra en poder de terroristas y el 30% es disputado entre ambos poderes centrales. Afganistán es una de las economías más pobres del mundo, depende por entero de la ayuda externa y su Gobierno es conocido por su alto nivel de corrupción.

 

Hace casi un cuarto de siglo una empresa de Argentina hizo ciertas gestiones en territorio afgano. Entre 1994 y 1996, cinco años antes del ataque a los Torres Gemelas, el ya fallecido Carlos Bulgheroni, en esa época presidente de Bridas, quiso conectar los campos de gas que poseía su empresa en Turkmenistán con regiones de Pakistán e India que necesitaban energía, hecho que lo llevó a realizar una compleja negociación con el Talibán para asegurar el paso del gasoducto por el territorio que controlaba ese grupo e inclusive trajo a algunos de sus representantes a Buenos Aires. Tales acciones finalmente no prosperaron debido a los problemas que encontró su empresa con el Gobierno de Turkmenistán; por la situación propia de Afganistán y por un litigio con una compañía petrolera estadounidense que trató de apropiarse de la idea, en uno de los ejemplos más notorios de la iniciativa internacional de empresarios de nuestro país.

 

Ese y otros múltiples episodios parecen demostrar que no sólo Estados Unidos tiene razones para estar obsesionado con el futuro de Afganistán. También Pakistán, India, Irán y Rusia, que a pesar de haber sido vencida en ese país a fines de los años ochenta (acontecimiento que fue una de las causas de la desintegración de la URSS), acaba de auspiciar en Moscú conversaciones entre el Talibán y otras figuras importantes del escenario político afgano, como el ex presidente Hamai Karzai, buscando una manera de terminar la guerra y un atajo para restablecer su influencia en una región en la que durante el Siglo XIX desarrolló con Gran Bretaña lo que se denominó el “Gran Juego”. Pero los afganos son una contraparte difícil, y el autor de esta nota los escuchó decir, en 2001, cuando integraba una misión del Consejo de Seguridad en la región, que en el Siglo XIX habían vencido a los ingleses, en el Siglo XX a los rusos y en el Siglo XXI tenían previsto derrotar a los estadounidenses. Eso último todavía está por verse.

 

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