La economía tal cual es

4 de febrero, 2019

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Por Carlos Leyba 

 

Los resultados económicos del año que terminó y los pronósticos del año en curso no son auspiciosos. Más bien, son preocupantes. Entonces, ¿cómo nos ocuparemos y cuáles son las propuestas?

 

El PIB de 2019 será menor al de 2011. Con esa carga del pasado los resultados de 2020 confirmarán que la segunda década del Siglo XXI (2011-2020) será una década perdida. Grave.

 

Después de diez años, el PIB será igual o menor al del punto de partida. Seis fueron de retroceso: lo fueron los últimos dos años y lo será este que ha comenzado. Durísimo.

 

El PIB, sigla que utiliza la profesión para referirse globalmente al nivel de actividad, resulta más claro si desnudamos su contenido.

 

El PIB es el “Valor Agregado Bruto”. El valor agregado es el de las remuneraciones del trabajo, en todas sus formas, más lo que brindan las prestaciones disponibles para trabajar, en todas sus formas.

 

El Valor Agregado es, entonces, la suma de los salarios y toda forma de remuneración por el trabajo en blanco o en negro, formal o informal, contratado o en changa, público o privado, registrado o estimado; más la suma de los alquileres, las rentas de la propiedad, los intereses pagados y los beneficios de la empresa cualquiera sea su forma jurídica, formal o informal: empresa, boliche, quiosco.

 

Ese cálculo es “Bruto” porque no se le ha deducido el “desgaste”, la amortización de los bienes de capital o bienes para producir, utilizados por el trabajo sea en la fábrica, en la granja o en el sanatorio. Es importante tenerlo en cuenta en una sociedad que no cuida, en general, el mantenimiento y no computa el desgaste.

 

En la segunda década del Siglo XXI, los argentinos habremos repetido, en promedio, cada año, de 2011 a 2020, el mismo Valor Agregado Bruto, año tras año.

 

La monotonía del estancamiento desespera porque transcurre en silencio de las explicaciones verdaderas que son las que llevan a la sanación.

 

Camino alternativo. Si tenés fiebre, una aspirina. Calma. Pero, ¿por qué tenés fiebre? Diagnóstico serio para poder encarar el tratamiento. Difícil. Vamos por la aspirina con aire de especialista. Nuestro estancamiento es una enfermedad silenciosa que se puede negar mientras respiramos.

 

Si descontamos el “desgaste”, en promedio y en la década, cada año seguramente hemos generado un Valor Agregado Neto menor.

 

Nos habremos comido una parte del stock de capital sin contar que, por no “crecer” (que debería ser invertir), todo lo que disponemos para producir se habrá ido deteriorando (equipamientos con desgaste o atraso tecnológico, tierras explotadas sin fertilización plena o sin rotación adecuada, edificios sin mantenimiento, etcétera). Nadie ignora que se han hecho inversiones. Muchas. Lo vemos. La ciudad de Buenos Aires es un escenario de demoliciones y construcciones y el amarillo municipal nos lo topamos en cada esquina todo el tiempo. Y vemos ensancharse rutas, rotondas de ingreso a los pueblos, instalarse molinos eólicos, fotos de placas solares y demás. De ferrocarril en serio e industria ferroviaria, ni hablar. Puertos e industria naval, tampoco.

 

Pero, en economía, lo que cuenta es el total, el agregado. Y ahí vamos mal: en ningún año de esta década el total de las inversiones alcanzó ni alcanzará, hasta el fin de la década, el nivel de 2011.

 

Es decir, en el agregado y más allá de las impresiones personales, la Inversión Bruta, como componente de la Demanda Global, decreció respecto del punto de partida.

 

Más grave, desde la perspectiva del potencial de futuro, la dominante de estos años ha sido la inversión en el rubro construcciones en las que, alternativamente, el peso mayor ha sido o la construcción residencial o la obra pública.

 

Para poner un ejemplo que, seguramente, no llamará la atención: según la estadística de la CABA, en 2011 se construyeron 1,8 millón de metros cuadrados residenciales.

 

Pero en 2017 sólo 800.000. En cada uno de los cinco años que van entre estos el promedio no superó el millón de metros cuadrados. Mal. Para abajo. Pero cuando hablamos de inversión lo que nos resuena en la mente, o lo que nos debería resonar, es “inversión productiva”. Aquello que acompaña, la herramienta, al trabajo humano. Ni hablar.

 

En esta década (la segunda del Siglo XXI) nuestro país no ha experimentado un proceso inversor productivo que augure que, para los próximos años, hemos acumulado fuerzas y tecnología para dar un paso adelante.

 

Es obvio que cuando una economía crece o cuando cada año “agrega más valor”, lo esperable, desde la perspectiva del mercado, es una respuesta de expectativa positiva. “Tuve la maquinaria a full”, “no di abasto con los pedidos” o “me están reclamando una mayor calidad, celeridad y modernidad en las entregas para no quedarme afuera e invierto”. O “invierto porque creo que todo va a seguir este mismo curso de expansión”.

 

Esa variable “empuje del acontecer” y aliento de las expectativas es claramente negativa cuando, en promedio, trabajo con no más de 60% de mi capacidad, cuando no dominan la escena expectativas positivas sino la lectura, en clave de macro cotidiana, del cártel luminoso “vivimos por encima de nuestras posibilidades”.

 

Todo conspira. Los metros cuadrados porteños son un indicador contundente del declive de la inversión, pero el agregado de la Contabilidad Nacional no deja dudas. Repito: el nivel de inversión de 2011 no se volvió a repetir en diez años. Y no hablamos de inversión neta, sino bruta, que incluye el valor de la amortización del equipo utilizado.

 

No tenemos registro en la década, salvo en la explotación de recursos naturales y con subsidios inexplicables (energía fósil) a los concesionarios, compartidos ideológicamente por Cristina y Mauricio, por el “marxoperonista” Kicillof y por el “anarcocapitalista” Aranguren (bien por Lopetegui, algo es algo) de ningún proyecto productivo que mueva el amperímetro y que haya transformado a un sector productivo o una región, generando un polo de desarrollo con los beneficios esperables aguas abajo o aguas arriba.

 

Por ejemplo, y en parte, las recientes inundaciones (pérdida y sufrimiento) son una metáfora de la diferencia entre inversión y explotación, entre agregar valor y sacarlo. En economía nada reemplaza la acumulación que, para ser racional, exige planificar en el tiempo, en el espacio y en el contexto social. ¡Cuanta improvisación!

 

El estancamiento productivo de una década acompañado del estancamiento, o el retroceso, inversor de una década, auguran una economía más que difícil para los próximos años.

 

Y el porqué, lo responde la segunda consideración que provoca esta constatación estadística.

 

En esta década la población creció. Al terminar 2019 seremos aproximadamente 5 millones más de habitantes. No lo quiero torturar, pero posiblemente cerca de la mitad serán nacidos y criados en hogares pobres.

 

Y si hemos agregado en 2019 el mismo valor que agregamos en 2011, entonces lo deberemos distribuir entre 12% más de habitantes. Cuando hay estancamiento largo, hablemos solamente de lo largo de una década que es la que terminará en 2020, y la población crece, tenemos un problema de distribución.

 

Primero entre los componentes de la demanda: el consumo. Aunque sólo fuera mantener el per cápita de hace diez años, conspira contra las inversiones y las exportaciones. El conflicto con las inversiones es una espada en la cabeza del futuro. Y el conflicto con las exportaciones es una espada en la cabeza de los dólares posibles, en la generación de dólares propios, que es el gran conflicto con el presente o si se quiere con el futuro inmediato: si hay algo frágil en nuestro presente y en lo inmediato, es la vértebra dólar de nuestra columna, esa vértebra no nos permite estar medianamente erguidos.

 

Y el otro conflicto que genera el estancamiento o aun la reducción del valor agregado por habitante, es el conflicto social. ¿Cómo distribuimos entre más personas un producto estancado?

 

Las imágenes cotidianas de ese conflicto son, en primer lugar, los planes sociales que incluyen todo lo que sale como pago de transferencias de las cuentas públicas y que últimamente se ha dado en publicitar como el número memorable de cheques mensuales. Le sigue el debate por la preservación del salario real y un poco más allá, aquél viejo ideal de la redistribución progresiva del ingreso hace rato abandonado.

 

Este panorama no es demasiado diferente del que se arrastra hace 40 años.

 

Es que hace 40 años que “la política” y los partidos han declinado (vaya a saber por qué) del compromiso de pensar y articular una propuesta transformadora del curso de estancamiento y declinación. En Argentina había 800.000 personas hace 45 años debajo de la línea de pobreza. Hoy son aproximadamente 13 millones. La población se duplicó. La pobreza se multiplicó por 16.

 

El Pro, ante ese megadrama, es el Gobierno de la “concepción administrativa o gerencial” en la que no cabe el concepto de transformación: en esa cultura la realidad está para ser administrada y “acomodar” las cargas.

 

Como la realidad es el estancamiento, la propuesta PRO es administrarlo.

 

No hay ni habrá un planteo de desarrollo de las posibilidades, sino que, como “vivimos por encima de ellas”, debemos ajustar.

 

El PRO es “política punto 0”. Aspiración del 0 fiscal y realidad de 0 valor agregado. No hay error. El cero es lo mejor para quien no aspira a desarrollar las posibilidades. ¿Dónde hay un plan y dónde los instrumentos? Olvídelo. En cuatro años ni un atisbo.

 

¿Y los demás? Los economistas y dirigentes de la oposición navegan en generalidades críticas. Nada concreto sobre qué hacer.

 

Si no surge con vigor una propuesta de dirección y herramientas de transformación, que es la responsabilidad de la oposición, para desplazar el debate administrativo del estancamiento, seguiremos en el proceso decadente que la explosión de la pobreza describe mejor que nada.

 

El silencio sobre el desarrollo aturde. Diez años sin crecer, compartidos por el kirchnerismo y el macrismo, no han sido suficientes para despertarlo.

 

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