Hambre de conflicto

22 de febrero, 2019

Venezuela #23F Maduro conflicto

Por Patricio DellaGiovanna Gaíta Coordinador del CEI-UCA, miembro del CARI y delegado de SRA

 

El 23 de febrero no es un día más en el calendario de los latinoamericanos sino que para muchos es el hecho más riesgoso que ha vivido nuestra región en mucho tiempo. Quizás, es comparable a la crisis de los misiles de Cuba. Venezuela ya no es un país desgarrado por el fracaso  de un pseudosocialismo cleptocrático, es más bien un peón en un tablero de ajedrez complejo donde las potencias se reparten cuotas de poder. Pero nadie se ha detenido a pensar en las consecuencias severas que un posible choque militar puede llegar a tener en la región. Históricamente, desde el final de la consolidación de los Estados nacionales, Sudamérica ha sido una tierra pacífica. Si bien es verdad que determinados conflictos como el de Ecuador y Perú, o el de las Islas Malvinas, llevaron incertidumbre a la población, esta parte lejana del mundo, jamás se había visto envuelta en un meollo tan complejo.

 

Por un lado, está la Rusia zarista de Vladimir Putin que ve en su declive popular una excusa para unificar a la nación detrás de un enemigo al que vencer. Está claro que cada vez que el imperio euroasiático está débil agrede, al igual que lo hizo en Crimea durante los enfrentamientos con Ucrania. Como resultado, Rusia provoca a un Donald Trump que tiene serios problemas en el frente interno, por la ola de sospechas que se ciernen sobre la licitud de sus actos durante la contienda electoral que lo llevó a la presidencia hace 3 años.

 

Por el otro lado, se encuentra China que, en plena guerra comercial con los Estados Unidos, trata constantemente de ocupar posiciones estratégicas para competirle en el patio de atrás, tal como sucede en el Canal de Panamá. Lo cierto es que Venezuela tiene una posición clave sobre el Caribe, principalmente, porque sus islas están cercanas al canal y a una gran cantidad de bases militares europeas: Aruba, Saint Martin, y demás antillas de sotavento y barlovento.

 

Porque Venezuela no es solamente Venezuela. Es Irán, Siria, ISIS, Nicaragua, Cuba, Hezbollah, Corea del Norte y las FARC. O sea, el club de los parias internacionales: esa red de asistencia mutua que brinda armamento, drogas y, por sobre todas las cosas, guerras y hambre. Hambre, una palabra que en Venezuela hoy es tan común como el “buen día”.  Según los datos extra oficiales brindados por la gente que trabaja a la par de la Asamblea Nacional, el pueblo venezolano ha perdido en promedio 11 kilogramos. La producción agroalimentaria ha retrocedido a niveles de los ’80 y, acorde a un informe publicado hace pocos días por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), presidido por el argentino Manuel Otero, Venezuela constituye un riesgo sanitario para la región, dado que gran parte de sus rodeos ganaderos están infestados por enfermedades debido a la falta de vacunas. Asimismo, el Estado de Portuguesa, conocido como el granero de Venezuela, no es más que un cúmulo de vastas extensiones de tierra abandonadas. Ya nadie quiere ni puede trabajar los campos, y la escasez de medios lleva a que muchos deban labrar la tierra como lo hicieron nuestros antepasados: con bueyes y arado. La deliberada prohibición de dejar ingresar la ayuda humanitaria a un país que muere de enfermedades decimonónicas es plausible de denuncias ante la Corte Penal Internacional o incluso de un proceso de intervención humanitaria militarizada, según el uso y costumbre del inexistente capítulo “VI y 1/2” de la Carta de las Naciones Unidas.

 

A pesar de ello, hay un dato que llama la atención. La inacción de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet y el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial (CSA). La primera mantiene su viaje a la zona de conflicto en la dulce espera, quizás sueñe con que el fracaso del paraíso socialista en la tierra no la salpique. Pero el segundo, es mucho más serio. El CSA es la principal plataforma  internacional con vinculación intergubernamental, que tiene el mandato explícito de fomentar la materialización progresiva del derecho a una alimentación adecuada para todos. En pocas palabras, es el responsable de velar por el derecho a la alimentación de todos los ciudadanos del mundo. La falta de una condena expresa de parte de este cuerpo que depende de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo convierte en cómplice de un gobierno que viola los derechos humanos. En su última reunión, que tuvo lugar entre el 15 y 19 de octubre de 2018, las actas no mencionan intervención alguna concerniente a la calamitosa situación alimentaria venezolana. Todavía hay gente que sostiene que en Venezuela no hay una crisis humanitaria. Si este panorama no lo es, cabe preguntarse qué entienden por crisis humanitaria aquellos que la niegan. Quizás estén esperando un enfrentamiento bélico para achacárselo a Colombia o Brasil.

 

Más allá de las opiniones, hay algo que está claro: mientras miramos al “Puma” Rodríguez danzar al son de “Agárrense de las manos”, América Latina y el mundo bailan sobre un barril de pólvora.
 

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