Argentina debe dar en el clavo de una buena vez

12 de febrero, 2019

Argentina

 

Por Agustín Kozak Grassini Profesor de Política Económica de la UNNE @AKargentina19

 

Sano ejercicio el de pensar los problemas de coyuntura desde una perspectiva de largo plazo. La inflación y el estancamiento económico actual son manifestaciones de profundos obstáculos que impiden un desarrollo sostenible. Suele reflexionarse, y con razón, que detrás de todo esto está la restricción externa.

 

La escasez de divisas es, sin dudas, el gran drama nacional. Los dólares cumplen dos funciones en nuestra economía. Además de ser el principal insumo de la producción nacional, tiene el rol de reserva de valor de un sistema, en la praxis, bimonetario. Problemas estructurales.

 

Poner en marcha una solución integral requiere un plan que imagine el futuro, necesita consensos amplios y un Estado capaz de ejecutarlo con precisión.

 

Tributaria de la desintegración industrial, el ritmo de la actividad nacional (y consecuentemente del empleo) está fatalmente correlacionado a la disponibilidad de divisas. Los ahorristas, por su parte, alertados por una historia inflacionaria que nos condena, incesantemente dolarizan sus carteras. Conducta defensiva que se acentúa, conforme se hace más inminente la restricción.

 

 

Hay cierto consenso en que estos problemas de largo plazo están detrás de los ciclos de marcha y contramarcha, responsables de las recurrentes reversiones del bienestar nacional. Incluso está muy difundida la idea de que lo que subyace al estrangulamiento del sector externo, es la pobre competitividad internacional.

 

 

¿Qué factores provocan esta supuesta incapacidad exportadora? Por un lado la ortodoxia culpa, con cierta justicia, al déficit fiscal. La distorsión de precios relativos impide que los mercados asignen eficientemente hacia sectores estratégicos. En cambio de eso, fomentan el despilfarro de recursos escasos. De esta forma se resta potencia exportadora. El festival de subsidios al consumo energético del kirchnerismo, sus derivaciones en corrupción, y el agujero comercial inducido por el exceso de demanda, es una caricatura que calza perfecta en la descripción neoutilitarista del “Estado como problema”.

 

Por otro lado, la heterodoxia advierte, también con razón, que la liberalización a mansalva solo puede desarticular el aparato productivo, rompiendo eslabonamientos entre empresas domésticas, interrumpiendo el aprendizaje de la fuerza laboral autóctona. Como corolario: el debilitamiento de las capacidades competitivas. A propósito de lo que, vale mencionar, que respecto de noviembre del año pasado, la actividad económica se desplomó un 7,5% (EMAE del Indec), la peor caída desde el 2001, y se destruyeron más de 170.000 puestos de trabajo formales (Secretaria de Empleo y Trabajo).

 

A pesar de coincidir en que es la débil competitividad sistémica en la producción de transables la responsable última de la escasez de divisas, el campo de la heterodoxia ofrece recomendaciones diametralmente opuestas. Dadas fallas intrínsecas, el desarrollo espontaneo a partir de las fuerzas del mercado es una utopía. Ahí entran las políticas para actuar correctivamente e impulsar el crecimiento. Es la concepción del “Estado como solución”. Suelen enfatizarse políticas de inversión a marcha forzada, de incorporación de tecnología, de densificación del entramado de complementariedades, y del aumento de la capacidad de aprendizaje.

 

Sin embargo, esa discusión acerca de los determinantes de la competitividad es, para la cuestión del estrangulamiento externo, martillar sin acertar en el clavo. Me explico. Un análisis largo de la balanza comercial de Argentina, desde 1910 hasta la actualidad, revela que en solamente 32 oportunidades el saldo fue negativo. Es decir, en más del 70% de los años
analizados se registraron números favorables.

 

Los que están empeñados en culpar a un movimiento político del fracaso económico del país, suelen decir que nuestros problemas comenzaron hace 70 años. Desde entonces, Argentina ha conseguido ser superavitaria el 66% del tiempo. Incluso desde el descalabro de la última dictadura, hace más de 40 años, se incurrieron en rojos comerciales en apenas 13 oportunidades. ¿Puede sostenerse entonces que hay un problema crónico en la producción de bienes y servicios? ¿Es lógico culpar a la competitividad de la escasez de divisas cuando normalmente las exportaciones superan a las importaciones? ¿No es acaso más relevante preguntarse qué fue de los excedentes obtenidos?

 

Para responder estas preguntas se debe dar dar en el clavo de una buena vez, que no es otra cosa que acertar en el diagnóstico. El problema de fondo es que somos indulgentes con las teorías que pretenden explicar nuestras dificultades del desarrollo. A principio de los ‘70, Marcelo Diamand ya había advertido sobre este sesgo: pivoteamos entre políticas económicas cuyos sustratos conceptuales son inadecuados para analizar los problemas reales de nuestra economía nacional. A Aldo Ferrer le gustaba mencionar la necesidad de tener ideas económicas propias, esto es, no aceptar acríticamente teorías pensadas para resolver los problemas de los países centrales. Con este espíritu fue escrito este artículo.

 

Si no es la competitividad en la producción de transables la responsable de la falta de dólares, ¿qué es? Una mirada a las cuentas internacionales ofrece pistas. Los renglones crónicamente negativos son los que remiten al pago neto de rentas y a la formación de activos externos. Es decir, mientras que la balanza comercial ofrece regularmente excedentes, estos suelen “fugarse” hacia el exterior en forma de pagos a factores externos (la remisión de utilidades que hacen las empresas multinacionales), intereses del endeudamiento externo y/o de compra de dólares para atesoramiento.

 

Estas filtraciones, y no la competitividad internacional, son las responsables de imponer tres límites a nuestro desarrollo: el crecimiento potencial del país; el reequilibrio de su estructura productiva y el ideal de una sociedad más homogénea. En cuanto primero de ellos, siendo la fuga, ahorros que no se destinan a la inversión (siquiera al consumo, desde una lógica keynesiana), no contribuyen en nada al crecimiento tendencial de la economía. Además de esta dimensión “real” del problema, también hay otra de “expectativas”. La recurrencia de las crisis por escases de divisas primero aplazan los horizontes de inversión, luego los posponen definitivamente. Las perspectivas se vuelven más chatas a largo plazo.

 

Por otro lado, estos excedentes podrían usados aplicarse a la promoción de exportaciones no tradicionales, cómo han hecho los tigres asiáticos. Pero, la evasión de capitales fugados priva a este tipo de proyectos de su fuente de financiamiento más genuina, acentuando la dependencia en las actividades de siempre. Finalmente, la menor disponibilidad de divisas expone al país a sufrir crisis de balanza de pagos, cuyos ajustes normalmente suponen enormes transferencias de riquezas del tipo Hood-Robin (de sectores populares en beneficio de las clases más acomodadas).

 

Parecería ser, entonces, que la restricción externa (y las limitaciones asociadas) están menos relacionadas con la complejidad de nuestro aparato productivo, y más con la implementación de una institucionalidad financiera, propensa a captar y asignar los excedentes conseguidos, con criterios más productivos. No se soslaya la importancia del cambio estructural, aunque se advierte que la primarización de las exportaciones no estaría siendo la restricción operativa para nuestro desarrollo.

 

A la luz de la evidencia analizada, lo central pasa por la reconfiguración de la matriz de incentivos del Sistema Financiero (SF), habitualmente más inclinado al beneficio sectorial que el general. La construcción de un SF que revierta la filtración de las divisas, las canalice hacia la inversión productiva, y financie primordialmente proyectos estratégicos, debe ser prioridad número uno. Toda intermediación financiera se justifica solamente si sirve para algo más: un medio para apalancar el desarrollo. Sin un sistema financiero subordinado tal objetivo, no hay desarrollo posible.

 

Este es apenas el diagnóstico de nuestros problemas. Poner en marcha una solución requiere de un plan más amplio que, como lo expresara en este diario hace un par de semanas Carlos Leyba (“La tortícolis de Jano”), imagine el futuro deseado. Saber a dónde se quiere llegar y por cuáles caminos, es elemental para una sociedad que parece extraviada. Tal plan necesita a su vez, tener por marco, consensos amplios y brazos, esto es, un Estado capaz de ejecutarlo con precisión quirúrgica. Falencias de la Argentina en los últimos cuarenta años, ante una nueva trampa.

 

La campaña electoral en ciernes amenaza estos pilares. Solo la polarización asegura la supervivencia política de los dos principales candidatos, quienes intentarán exacerbarla al infinito, sin importar si la sociedad misma sea fagocitada por la grieta abierta. Mezquindades de dirigentes que no están a la altura. Basta ver sus actitudes frente a las capacidades estatales que, por exceso o defecto, cada uno a su tiempo, tendieron a menoscabar.

 

Mientras tanto, seguiremos pedaleando en el aire, sin diagnóstico que pegue en el clavo, y sin plan consensuado que nos lleve a alguna parte.

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