Nuestra política exterior vuela con el radar apagado

7 de enero, 2019

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Si el mantra de reinsertar el país en el mundo es algo más que jarabe de pico, lo que en cierto modo es una pregunta más que una afirmación, este sería un gran momento para retomar con seriedad, y con mejores ideas y acciones, la defensa del interés nacional en nuestra baqueteada política exterior. Si uno hiciera la maldad de preguntar a los grandes mentores del tema, hoy desparramados desde la Casa Rosada hasta la Dirección de Cementerios (exageración irónica), cuáles son los proyectos globales que vale la pena seguir y analizar en estos días, los grandes popes de esta función pondrían ojitos de picaresca complicidad, lo que casi siempre indica un “no tengo la más pálida idea”. Después de todo, los únicos connacionales que hoy se involucran en cosas terrenas impulsando criterios que mucha gente no entiende o rechaza por instinto, despachan en el Vaticano.

 

Por empezar, uno debería aceptar que hay tres procesos que, si se resuelven satisfactoriamente, pueden introducir elementos de progreso en los principales conflictos internacionales. Al hacerlo, será preciso recordar que en todos ellos interviene el factor Trump, una fuerza capaz de desmantelar sin ayuda cualquier estructura consolidada y confiable. Son las negociaciones de Estados Unidos con China, la Unión Europea (UE) y Japón, decisiones ya incluidas en la agenda oficial de Washington. Para la Argentina es también referencia obligada el posible acuerdo de comercio e inversión que parece estar en los planes de Estados Unidos y Brasil, cuyo actual progreso sólo tiene categoría de tuit emitido desde la Oficina Oval, y sobre el que ya habría activas conversaciones informales en curso.

 

Nadie en la Argentina se habría dedicado a evaluar en detalle qué pasó con la terminada revisión del Acuerdo entre Corea del Sur y Estados Unidos (KORUS en su sigla inglesa), ni dónde habrá de caer el nuevo NAFTA, o sea el USMCA o T-MEC y de otros instrumentos, como el eventual acuerdo con el Reino Unido, el que por el momento no tiene futuro ni hace sombra.

 

Aunque un buen acuerdo bilateral entre Pekín y Washington es una necesidad prioritaria para sostener el orden político y comercial del planeta, es difícil que éste logre alcanzar la jerarquía de modelo referencial (“template”) como para replicarlo en otras políticas comerciales. En cambio, ello podría suceder con los arreglos de la Casa Blanca con Bruselas y Tokio.

 

Esos acuerdos quedarán frenados si no reúnen todas las condiciones para encabezar las reformas que se propician en la OMC, siempre que sus signatarios no quieran hacer eje en tales textos para volver a ser los patrones del mundo. Los memorioso saben que siquiera les resultó posible salvar por entero su hegemonía en la Ronda Uruguay del GATT, algo que sucedió hace casi un cuarto de siglo. Entonces la sola presencia del Grupo Cairns (en el que participaba una Argentina con ideas respetables), hizo viable insertar la agricultura en el Sistema Multilateral de Comercio, con los aciertos y debilidades del acuerdo relevante que es parte de los anexos del Acuerdo de Marrakech, el texto básico de la OMC.

 

La agenda de quienes ahora están haciendo intercambio de propuestas no empieza en las concesiones de bienes y servicios, sino en nuestro viejo conocido el sensible capítulo del proteccionismo regulatorio para la agricultura y otros sectores que están en igual categoría. Todavía no están claros los insumos que entrarán o saldrán del proyecto de Acuerdo. Pero, ello no quita que en las consultas locales con los sectores interesados se registre visible inquietud hacia los eternos disfraces sanitarios, de calidad, ambientales o climáticos de “nueva generación”, cuya base científica es más que discutible. La primera pregunta que debería contestar nuestro amigo Emmanuel Macron acerca de este proceso, es si Francia, al final del camino, también objetará el acuerdo con Estados Unidos porque este país gestionó el retiro del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. Estas decisiones son muy indicativas, por cuanto en Bruselas la gente piensa el desarrollo sostenible como un subproducto del capitalismo agrícola de entrecasa, al que siempre se avizora como un ente ajeno a la competencia internacional.

 

Los lobistas agrícolas de Estados Unidos sostienen que en las próximas negociaciones su gobierno tiene que hacer lo posible por volcar los textos del Usmca en los acuerdos bilaterales del Atlántico Norte, ya que si no se arregla de una vez por todas el debate sobre biotecnología (OGM, biodiésel, etanol y esas “chucherías”), el mundo seguirá atado al conflicto permanente. Al escribir estas línea desconozco si en nuestro país hay conciencia, por ejemplo, de que Bruselas está cambiando todas las reglas de acceso al mercado, en las que cobra importancia el papel protagónico del concepto de “producto peligroso” que amenaza con desalojar el concepto científico que en estos días ocupan las normas sobre los Máximos Niveles de Residuo (MRL en inglés) tolerables. Sobre esto, que no es agricultura, sino política, no parece haber equipos suficientemente preparados para encarar el debate y concebir una sólida y detallada posición nacional. En la OMC no valen mucho las declaraciones generales y principistas; las delegaciones tienen que fundamentar con claridad y rigor sus enfoques a nivel técnico.

 

Esa mala lectura de lo que es o no relevante en las negociaciones internacionales, o de las cosas que “debemos” aceptar, nos lleva a creer que es realista pagar un insólito derecho de piso para ganar o estabilizar nuestros mercados de exportación, o a convertir en ganga, no en atractiva, nuestra política de estímulo a las inversiones. En ningún caso estas son las “buenas prácticas” que gobiernan la conducta oficial de quienes nos toman examen en la OCDE, las que exhiben utilidad si sirven para incrementar la competitividad y racionalidad general de nuestra economía. Uno se pregunta si los negociadores oficiales coinciden con esta percepción.

 

Semanas atrás, en un diálogo con un brillante amigo y colega de Oceanía, nos dedicamos a evocar los viejos tiempos y el retorno de hechos básicos sobre los que trabajamos años enteros en Ginebra, lo que induce a ensayar un pequeño inventario de casos prácticos con la sádica intención de inquietar a los lectores. Otro ejemplo. En julio pasado a Trump se le ocurrió que su país no debería incorporar a cualquier Acuerdo de Comercio bilateral con la UE al sector automotriz por la diferencia de aranceles a la importación que existen en ambos mercados, lo cual es cierto (2,5% para acceder al estadounidense y 10% al Viejo Continente). Parece que nadie le dijo al oído que también hay cruciales diferencias de estándares técnicos y de calidad que homogeneizar, el supuesto ábrete sésamo para quebrar la inercia proteccionista que maneja con superlativa eficacia Bruselas. Pero además, y este es el elemento básico, Donald no parece entender que si no introduce este negocio en el futuro Acuerdo de liberalización del intercambio, el que debe abarcar la parte sustancial de todo el comercio y de las reglas bilaterales aplicables (la convención actual habla de 90 % o más del intercambio registrado en el período trienal que se tome como base, acotaciones todas responsabilidad del autor de esta columna), tendrá que multilateralizar gratis las concesiones que se hagan entre sí las partes, lo que implica que Corea, Japón y, por decir algo, Argentina y Brasil, serían free riders de semejante negocio. ¿Lindo no?

 

Canadá y México ya estarían cubiertos, debido a que estarían amparados por las reglas aprobadas en su propio acuerdo trilateral, cuyo texto, aún no ratificado, ha sido objeto de críticas legales por parte de la Unión Europea. Y si Washington no accediera a manejarse con tales reglas, ello sería ilegal en la OMC y debería cambiar de enfoque. Y si se resiste a cambiar de enfoque, tendría que irse del Sistema, tal como venía amenazando con hacerlo desde julio pasado.

 

En suma, y aunque estos debates aún no entraron en calor, uno imagina que en el país todavía no hay verdadera conciencia de lo que supone hacer carne su reinserción inteligente. Sólo se sabe que no se ven equipos de análisis y negociadores preparados para poner el dedo en el renglón de estos debates. Sólo hay algunos colegas muy virtuosos. Con franqueza, me gustaría estar equivocado acerca de este último diagnóstico.

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