¿Son peligrosos los déficits externos? Parte II

3 de enero, 2019

Por la suba del dólar, aumenta la competitividad

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

En una nota anterior comentábamos acerca de la insuficiente internalización por parte de algunos analistas económicos de las vulnerabilidades asociadas a un déficit externo pronunciado. También señalábamos que estas percepciones excesivamente optimistas podían contribuir a incubar un desenlace posterior con mayores costos.

 

La forma más común de racionalizar las consecuencias de las actitudes optimistas es por la positiva. En la Teoría General, John M. Keynes describió famosamente el concepto de “juicio convencional”, una suerte de norte que permitiría coordinar las decisiones de los agentes. Una percepción general de que las cosas irán bien lleva a invertir y consumir más, lo que atrae un aumento transitorio de la actividad económica y de la prosperidad. Sin embargo, cualquier evento que logre generalizar las percepciones en el otro sentido podría modificar el sendero y enviar a la economía a una recesión.

 

La idea de Keynes contribuye a entender el origen de las fluctuaciones macroeconómicas, aunque deja algunas puntas sueltas. Por ejemplo, no es claro qué tipos de noticias terminan por coordinar las expectativas, ni cómo sucede exactamente el proceso de “contagio” de las buenas o las malas nuevas. Pero el punto más sensible de esta historia son los mecanismos de amplificación de estos juicios sociales.

 

De hecho el sistema puede, a partir de la creación privada o pública de crédito, extender rápidamente la capacidad de gasto de la economía como un todo. A medida que el gasto crece y la actividad mejora, la confianza se expande a un ritmo voraz, dando lugar a consumos exagerados y a inversiones demasiado arriesgadas. Es entonces empiezan a crujir las restricciones de presupuesto intertemporales de los agentes. Las familias se endeudan pensando que los buenos tiempos continuarán, lo que permitirá pagar las obligaciones actuales holgadamente. Las empresas, mientras tanto, creerán que cualquier negocio rendirá beneficios si todo sigue igual.

 

Las palabras clave, entonces son “si todo sigue igual”. Durante los buenos tiempos, los juicios son naturalmente optimistas, pero eso no implica que lo bueno pueda durar eternamente. Cuando asoman las malas noticias, que siempre las hay, la profecía autocumplida de la prosperidad deja de funcionar, con el agravante de que los individuos están endeudados hasta la médula, y deberán pagar con una fuente de generación de recursos que ya no es la que prevían. El salario y los beneficios cedieron, pero las deudas no, lo que implica que ahora los agentes deberán contraer su gasto abruptamente para cumplir con sus obligaciones. Este estado de cosas profundizará la recesión mucho más de lo justificado por la magnitud del shock negativo inicial.

 

Esto es un poco lo que ocurre cuando se conforman expectativas excesivamente optimistas respecto de la corrección de un déficits en cuenta corriente. La profundización de estos déficits, que representan acumulación de deuda, provienen típicamente de la percepción general de que vale la pena importar más de lo que se exporta porque los tiempos son favorables y lo seguirán siendo cuando se necesite devolver los dólares con mayores exportaciones. Cuando los analistas tienen una postura demasiado optimista sobre la capacidad de pago de la economía, promueven el retraso de la corrección y ahondan los desequilibrios durante un tiempo peligrosamente prolongado. Y cuando las malas noticias arriban ya es tarde y la crisis es inevitable, y en general muy dolorosa.

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