Bolsonaro versus la Amazonía

11 de enero, 2019

 

Jair Bolsonaro es un líder binario, como todo populista. Así como genera entusiasmo en franjas mayoritarias de la población de Brasil, también suscita temores en otros sectores. Entre ellos, figuran los ambientalistas preocupados por la salud de la Amazonía y la promesa del actual Presidente de expandir la frontera agrícola hacia el corazón de esa región. En rigor, el apoyo del agribusiness fue clave en su triunfo en 2018.

 

“Bolsonaro y su gabinete parecen ver las preocupaciones ambientales como un obstáculo para el desarrollo. Por ejemplo, el nuevo ministro de medio ambiente, Ricardo Salles, dijo que el debate sobre el cambio climático era un ‘tema secundario’ y recientemente fue condenado en un Tribunal por favorecer de manera fraudulenta a las empresas mineras cuando era secretario de Medio Ambiente en San Pablo. Bajo el liderazgo de Salles, el Ministerio probablemente sufrirá recortes presupuestarios y ya ha perdido departamentos clave”, dice Anthony Pereira del King’s College en Londres en una columna publicada en The Conversation UK.

 

Hay más motivos de preocupación para los ambientalistas. Dice Pereira: “Además, Bolsonaro ha dicho que quiere restringir la capacidad de IBAMA, la agencia de protección forestal, de multar a individuos y empresas que deforestan y contaminan ilegalmente. Y, mientras que la tasa de deforestación en la Amazonia brasileña cayó en general en aproximadamente 75% entre 2004 y 2017, ha vuelto a subir incluso antes de que Bolsonaro asumiera el cargo. Entre agosto de 2017 y julio de 2018, la deforestación aumentó 13,7%”.

 

Bolsonaro también quiere liberar a la agroindustria brasileña de la dependencia de los fertilizantes importados: el 75% proviene del extranjero. Sin embargo, dice Pereira, “la minería de los ingredientes en Brasil podría hacer más daño ambiental y, por ejemplo, el depósito más grande de potasio descubierto recientemente, usado para hacer fertilizantes, se encuentra en las orillas del Río Madeira en el Amazonas”.

 

Por si todos estos motivos fueran pocos, dice Pereira, el nuevo presidente también parece favorecer más la construcción de represas (hay propuestas para construir 334 represas en el Amazonas); también se retractó del compromiso anterior del Gobierno brasileño de organizar la próxima conferencia sobre el clima de la ONU a finales de 2019 y, en su primer día en el cargo, firmó una medida provisional que transfiere la autoridad para demarcar las tierras indígenas del Ministerio de Justicia pare el Ministerio de Agricultura. Según Pereira, “es muy probable que, como prometió, no se crearán nuevas reservas indígenas”.

 

Por supuesto, toda acción genera una reacción y los márgenes que tiene Bolsonaro y su equipo no serán infinitos. Por caso, debió desistir de su idea de subordinar el Ministerio de Medio Ambiente en el de Agricultura. “Fue persuadido a abandonar esa idea debido, en parte, a las críticas de las ONG ambientales y los funcionarios públicos federales en las agencias ambientales. Algunos intereses agrícolas incluso se expresaron abiertamente porque temen que su imagen internacional y su acceso a los mercados, especialmente a la Unión Europea, puedan verse dañados por su asociación con la deforestación”, agrega Pereira.

 

Pero la mayor limitación será la potencia del movimiento ambientalista de Brasil que, dice Pereira, “es tan antiguo como sus contrapartes en Europa y América del Norte”. Fue la fuerza de ese movimiento la que aseguró que la Constitución de 1988 tuviera varias salvaguardas ecológicas, incluidas las áreas de conservación, las reservas indígenas y el sistema de licencias ambientales.

 

Además, pueden llegar presiones desde afuera de Brasil. La más sonora, aunque no la única, vino de Buenos Aires, en el marco del G20. Allí, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, dijo que no habría acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur si Bolsonaro saca los pies del Acuerdo de París de 2015, tal como hizo Donald Trump.

 

Ganas no faltan, por cierto. El polémico ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Ernesto Araújo, suele afirmar que iniciativas como el Acuerdo de París son “globalistas” y parte de una gigantesca máquina de propaganda “marxista cultural”. Según esa perspectiva, dice Pereira, “las ONG internacionales y los Estados extranjeros están violando la soberanía brasileña al interferir en la Amazonía”.

 

Un riesgo, dice Pereira, es que Bolsonaro se mueva por lo bajo y en silencio. Sin hacer olas, como se dice. “Además de debilitar el Ministerio de Medio Ambiente, podría señalar informalmente a los gobernadores estatales y delegaciones del Congreso que las leyes relativas a la deforestación ya no se aplicarán de manera rigurosa. Por lo tanto, los observadores deben estar atentos a los hechos en el terreno. Las organizaciones de la sociedad civil y los periodistas en la Amazonía que trabajan para publicaciones como InfoAmazonia y O Eco son fuentes particularmente buenas de información”, dice Pereira y recuerda que una parte del financiamiento de esas iniciativas proviene de diversos gobiernos del mundo que están comprometidos con la preservación de la Amazonía.

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