A propósito de los Reyes Magos

4 de enero, 2019

 

Por Carlos Leyba 

 

El próximo sábado los niños dejarán sus zapatos, con algún poco de pasto y unos vasos de agua para los camellos, a la espera de los regalos que el domingo dejarán los Reyes, lo que provocará la alegría de la sorpresa esperada.

 

La carta dirigida a los que pueden proveer los trabajos para lograr el objetivo, la tarea cumplida y la celebración. En la cuestión de los Reyes Magos hay una visión, un plan y recursos para lograrlo.

 

Un método que, a pesar que la tradición se está destiñendo, no ha perdido vigencia y casi todos sabemos de su acreditada eficacia. Casi todos somos visionarios beneficiados o los ejecutores exitosos.

 

No es una experiencia menor: visión, plan, recursos, para deseos y cumplimiento de objetivos.

 

El día de Reyes tiene la originalidad de portar, al mismo tiempo, la intensidad matinal de la sorpresa y la alegría al abrir los paquetes y la previa espera nocturna, en la certeza absoluta, que aquello que deseamos ocurrirá en la mañana. Notable: una noche de espera con certeza. No es lo nuestro.

 

Hoy y aquí algunos esperan y la mayoría desespera: es lo que dicen las encuestas.

 

Los candidatos con mayor probabilidad tienen, a la vez, una tasa de rechazo que garantiza que el día posterior a la elección más que de esperanza será, para la mayoría, de enorme insatisfacción.

 

Detrás de este dilema está el dicho popular que, en “Lo que no quise decir”, refiere Sandor Marai: “No se puede expulsar al Diablo con Belcebú”. ¿No tenemos la esperanza de algo que valga la pena para una mayoría amplia y consistente? ¿Todo insatisfactorio? ¿A un mal otro mal?

 

No son personas las que se identifican en los nombres del maligno. Son las decisiones que, con el peso del Estado, comprometen a la sociedad. Se repiten.

 

La herencia que recibió este Gobierno y la del anterior y la que recibirá el que vendrá son espantosas: hiperinflación, hiperdesocupación, pobreza, estancamiento y, otra vez, la deuda eterna. Las herencias sucesivas son Diablo y Belcebú. Y la desgracia de acudir a uno para desplazar al otro.

 

Tal vez apelamos al doble mal porque somos “un barco a la deriva” al que las corrientes subterráneas, las mareas, el oleaje, los vientos o la total ausencia de ellos, lo gobiernan. A ratos generan, en el pasaje, la expectativa de un rumbo que preanuncia un arribo o tal vez se vive en la nave un momento agotador y exasperante, con la sensación de que lo indispensable se agotará más temprano que tarde o, finalmente, la angustia de estar volviendo a ninguna parte que no es una “Utopía” sino todo lo contrario.

 

Más allá de los que nos conducen desde hace más de cuatro décadas, Argentina abandonó los instrumentos fundamentales del desarrollo económico y social que utilizaron, y utilizan, todos los países que atravesaban un estado de atraso relativo.

 

Hay un canon institucional en todos esos países, que reputamos como exitosos, que, más allá de las condiciones geopolíticas y domésticas, ha estado presente siempre. Ese canon, con maneras distintas aunque con similares consecuencias, sigue estando activo en las economías desarrolladas. El inventario de esos instrumentos sorprendería. No por nuevo sino porque, en la mayor parte de la profesión, no figura ni en el discurso, ni en las propuestas.

 

En el exterior muchos de nuestros profesionales fueron obnubilados por el “haz lo que yo digo, más no lo que yo hago”. Horticultura subsidiada en Inglaterra, industria automotriz subsidiada en Estados Unidos o aduanas protectoras urbi et orbi.

 

Veamos algunos de los instrumentos del canon que hace posible el desarrollo.

 

Primero, un “programa de orientación” elaborado por un órgano público que se dialoga con el poder político, con el Parlamento, las organizaciones sociales, etcétera.

 

El segundo instrumento es un sistema de incentivos que procura que las cosas ocurran. Es cierto, las condiciones vigentes de mercado generan, aun en la Argentina de los últimos 40 años, posibilidades de inversión porque hay decisiones que no requieren más que lo que el mercado per se procura.

 

Pero, las estratégicas, las del programa, las transables, brindarán en el tiempo producciones competitivas. Pero en el presente, para ser posibles, requieren incentivos precisos. Sin ellas no hay transformación estructural.

 

Argentina derogó prácticamente todos los incentivos para la transformación. La consecuencia es que progresivamente nos primarizamos arrastrando un proceso de desempleo estructural. Datos irrefutables: comercio exterior negativo y pobreza en ascenso.

 

Finalmente, no existe financiamiento de largo plazo para las inversiones productivas. El Banade, seguramente, tuvo fuertes pérdidas por empresarios inescrupulosos. No pagaron sus culpas. Pero hay una enorme lista de empresas exitosas que necesitaron de ese apoyo para existir.

 

No hay país en el Planeta que no disponga, al menos, dos de esos tres instrumentos. Nosotros no tenemos ninguno. ¿Por qué habríamos de crecer?

 

El “programa de orientación” guía la inversión pública, ahorra recursos y brinda la posibilidad de control de las inversiones por parte de la sociedad.

 

El programa es un bien público, un mapa de la realidad deseada y, gracias al control ciudadano, una legitimación del poder.

 

En término de los Reyes Magos: visión, plan y recursos.

 

Tenemos, en estos cuarenta años, decisiones irracionales por falta de programa integrador. Quienes gobernaban tomaban decisiones fuera de un programa (visión, plan, recursos) que les diera sentido.

 

Respecto de la Dictadura Genocida ni hablar, porque no podría haber habido “programa de bien público” que hubiera permitido su existencia: Dictadura Genocida es incompatible con el bien público.

 

Raúl Alfonsín propuso el traslado de la Capital. Es una idea que merece ser analizada, ¿pero cómo fuera de un programa de armonización territorial y de un planteo global?

 

¿Qué decir de la decisión de Carlos Menem de suprimir el sistema ferroviario? ¿En qué programa pensado podría tomarse esa decisión?

 

Néstor Kirchner decidió, para desautorizar a su ministra de economía que dijo no iba a prohibirse la exportación de carne, sacarnos del mercado lo que derivó en un proceso de liquidación de 10 millones de cabezas. ¿Qué programa podría incluir la liquidación del 20% del stock ganadero?

 

Cristina Fernández promovió Condor Cliff La Barrancosa. Esa obra nunca habría figurado en las prioridades de un programa. Ni hablar de la fantasía del tren bala Buenos Aires–Rosario.

 

Mauricio Macri, que continúa la estrategia de CFK de alineamiento chino, estuvo a punto de comprometer la construcción de dos centrales nucleares las que, más allá de cuestiones geopolíticas, los especialistas en energía reputan como la de mayor costo entre las distintas fuentes posibles. Continuó la prioridad Vaca Muerta de CFK y al igual que ella, generó un subsidio insostenible a las empresas que habría de crecer con la producción.

 

No hablamos de macroeconomía sino de ejemplos de decisiones estructurales imposibles en el marco de un programa pensado. Dejamos de lado las zonas obscuras de “lo repentino” que, cuando lo que orienta es un programa, son posibles de ser iluminadas, lo que no ocurre con las decisiones “repentinas”.

 

Hablamos de “programa de orientación” y hemos referido ejemplos que hablan de desorientación e improvisación en las decisiones que afectan al largo plazo. Referimos un sistema de incentivos, consistente con el programa de procurar inversiones.

 

Necesitamos crecer y habida cuenta de la escasez y el deterioro del stock de capital, es imprescindible una tasa de inversión del 30% anual. Sin incentivos tenemos una tasa menor a 20% de un PIB estancado en una década, no el 20% de un PIB creciendo, compuesta de construcción y transporte y algunas monedas de maquinaria y equipo.

 

Finalmente, no tenemos un sistema de financiamiento de largo plazo a tasas compatibles con la rentabilidad del capital.

 

Todos los países lo tienen.

 

Naturalmente, las condiciones de mercado generan, aun en los últimos 40 años, posibilidades de inversión. Hay decisiones de inversión que no requieren más que lo que el mercado per se procura. Pero, para el desarrollo, hay inversiones en producciones que serán competitivas, transformadoras, positivas en el tiempo, pero que requieren, en el presente, incentivos precisos.

 

Argentina derogó la legislación de incentivos, para el desarrollo productivo, capaz de generar una transformación inversora.

 

La consecuencia es que progresivamente vamos a una primarización y a un proceso implacable de desempleo estructural cuya consecuencia es la pobreza. No tenemos un sistema de financiamiento de largo plazo para las inversiones productivas.

 

La AAICI inventarió los anuncios de inversiones de los tres años PRO. Sólo 6,8% sería industria manufacturera y 3,8% industria de alimentos. Poco para transformar.

 

Un contraste con nuestras limitaciones. Hugo Sigman, empresario argentino, en LPO dijo que su planta de Insud, en Azuqueca de Henares (Guadalajara, España), fue construida con una subvención del 30% y un crédito blando equivalente a 20%.

 

Situación inimaginable en la Argentina de la decadencia que explica por qué hace 40 años teníamos el nivel económico de España y hoy nos separa mucho más que el Océano Atlántico.

 

Ponernos en el mapa del desarrollo con esos tres instrumentos es una prioridad que no se puede llevar a cabo sin sonsenso. Fuera de ese mapa no hay espacio para un aluvión de puestos de trabajo formales y remuneraciones dignas y, sin ello, no hay progreso social que nos rescate.

 

Con los dos candidatos mayoritarios, que generan desesperanza, no hay consenso mayúsculo posible.

 

Seguramente la mayor parte de los argentinos pedimos a los Reyes Magos que ninguno de los dos candidatos predominantes sean parte de la elección. Y que los Magos nos traigan dos o tres candidatos capaces de devolvernos por lo menos la esperanza constructora del consenso.

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