No está tan lejos

7 de diciembre, 2018

Por Carlos Leyba 

 

La buena onda del G20 disparó, en el oficialismo, nuevos entusiasmos de campaña. La buena onda, más allá de los auténticos méritos gubernamentales en la administración del evento , ha sido en parte una construcción mediática, seguramente efímera, que transformó, a esa programada reunión internacional, en un cortejo de homenaje a la personalidad de Mauricio Macri.

 

Los medios oficialistas han tratado de proyectar a Mauricio, sólo con modestas y breves consecuencias internas, como un líder mundial por “su capacidad de convocatoria” (dicen) de tantos líderes mundiales y por haber contribuido (dicen) a la tregua comercial de 90 días entre Estados Unidos y China. Lo más importante que ocurrió en Buenos Aires.

 

No fue ningún cortejo de homenaje, ni nada tuvo que ver Mauricio con la tregua. Es obvio. Pero si se repite, al menos confunde.

 

Las cosas que fueron bien generaron un entusiasmo electoral que abrevó en otras fuentes distintas que las habituales que son las encuestas y los pronósticos de los analistas.

 

Encuestas y pronósticos venían con un creciente desaliento por el derrape de la imagen y de la realidad de la economía.

 

El G20 generó el entusiasmo que produce que los demás digan, sin críticas relevantes, “salió bien”.

 

“Salió bien” describe que algo pasó y está terminado. Sin secuelas. Eso fue el G20: un evento que salió bien y un conjunto de cartas de intención factibles de realizarse.

 

Es decir, y sin opinar acerca de ellos, para Argentina el resultado es un listado de proyectos de factibilidad a los que les falta la decisión. Y esa llevará su tiempo.

 

El problema PRO es que no tiene demasiado tiempo por delante y sí mucho por detrás. Macri tiene más historia que futuro y eso define a lo que está envejeciendo.

 

Rejuvenecer a Macri requiere inventarle una razón de ser para el futuro que, naturalmente, no puede ser repetir los fracasos del pasado.

 

El reconocimiento de esta realidad se materializó en la frase del Presidente “no haremos más pronósticos”.

 

Es que todo lo que pronosticaron no ocurrió. También debería decir “no haremos más promesas”. Porque ninguna se cumplió. Hacer el inventario sería una crueldad.

 

Sin pronósticos ni promesas, lo único que queda es presente y hechos, decisiones. Por ahí vamos.

 

A partir de esa buena nueva G20, que llevó hasta las lágrimas, la ingeniería de Marcos Peña y J. Durán Barba avanza en usar esa plataforma para lanzar una nueva versión del PRO pero, como siempre, apelando a la que ellos llaman la filosofía “del metro cuadrado”.

 

En esa perspectiva, que descree de lo colectivo y se basa exclusivamente en las suertes individuales, la filosofía electoral (y de gobierno) del PRO diseña estrategias destinadas a dar a cada uno de esos electorados discriminados, que quedan identificados por los trabajos de Big Data, una cuota inmediata de sus aspiraciones.

 

En la explotación de la cantera de lo no colectivo, del metro cuadrado individual, está instalada la estrategia electoral del PRO, y también su política de Gobierno.

 

Por más que lo niegue (para eso hizo la nota que le dedicó Luis Majul en La Nación) el inspirador del combo electoral y de Gobierno es Durán Barba.

 

Una cosa estructura la otra: lo electoral conduce lo gubernamental.

 

Por eso el PRO rechaza toda idea de consenso. Lo gobierna la idea futbolera de ganar que coincide con el comercio del consultor, y no la magna política de construir.

 

La apelación electoral es a los individuos ya que, en la doctrina PRO, no hay tal cosa como “la sociedad” tal como lo pontificó, en el inicio del neoliberalismo, que habría de acabar con el Estado de Bienestar y la procura del desarrollo, Margaret Thatcher.

 

La ausencia de la sociedad como materia de la política, consecuentemente, deroga toda idea de programa y de largo plazo y toda preocupación por las cuestiones estructurales.

 

Lo electoral, que determina todo, trata de los fenómenos que descubren los Big Data. En esa concepción el gobernante no tiene un rumbo, una idea de la política entendida como “tener claras las ideas para desde el Estado construir una Nación”.

 

No hay Nación en este marco y, en rigor, el Estado es un problema, a la manera de Ronald Regan.

 

Esa es la visión dominante en el PRO. Convengamos que es difícil encontrar la visión alternativa en lo que resta de la clase política. Ahí estamos. A los tumbos y así nos ven como una sociedad de “alto riesgo”. Volvamos.

 

Metidos en la Big Data es claro que la seguridad es, ante el recrudecimiento de los delitos, la violencia y esta explosión de femicidios, sin duda, un dato que está presente en la preocupación de una gran parte de la sociedad y que barre todas las clases y condiciones sociales.

 

Los problemas de seguridad afectan al patrón, al empleado y al desocupado. Golpean en la proximidad de la quinta de Olivos y en la villa: es un hilo conductor de las preocupaciones de las personas de carne y hueso que en la totalidad de su vida tienen intereses diferentes y contrarios.

 

Al macrismo lo gobierna una vocación adolescente por lo inmediato. Pases cortos. Resultados. Filosofía de helado. Comerlo rápido antes que se derrita.

 

En la jerarquía de ocupaciones del PRO la cuestión estructural, que está detrás de la inseguridad creciente, no es un tema porque no figura en los Big Data.

 

Las personas tomadas de a una no piensan en esos términos, analizarlo requiere investigación, reflexión, profundizar. Eso, en la visión macrista, es para después. Ahora no.

 

Veamos la vinculación de la campaña electoral y las respuestas inmediatas, concretas, para alimentar el metro cuadrado. La mesa está servida para poner platos fuertes porque venimos de la buena onda del G20, algo de escucha nos merecemos. Vamos todavía.

 

El escenario de frágil seguridad, por cierto no elegido, se presentó en toda su crudeza en el ataque salvaje, por parte de los hinchas de alguno de los clubes en disputa, al ómnibus que transportaba a los jugadores de fútbol.

 

La impotencia estructural de la autoridad fue consagrada por el hecho que el partido se jugará este fin de semana en la Madre Patria. Los liberados no podemos garantizar la seguridad necesaria para jugar un partido de fútbol. Volver al útero materno nos da seguridad.

 

El G20, con una exhibición extraordinaria de fuerzas poderosas que estaban en la retaguardia, demostró que cuando hay disposición y medios, más allá de la razón, la seguridad se puede administrar. Hubo protestas ejemplares. Y ejemplar fue también la disposición a mantener la seguridad. Quedó demostrado.

 

Un contraste, inseguridad futbolera con consecuencias espantosas, humillantes, denigratorias ante el mundo, por un lado y por el otro, horas después, la demostración profesional de dominio de la escena: dispositivos aplacan inseguridad.

 

Con ese paradigma en la retina, el PRO lanzó una resolución que habilita, o que parece habilitar, a las fuerzas federales a disparar en determinadas circunstancias.

 

Lo que políticamente importa, más allá de la razonabilidad, legitimidad, sensatez que pueda o no tener la norma en cuestión, es que después de los episodios cotidianos y de los ejemplos contrastantes del futbol y el G20, el Gobierno satisface a una significativa demanda transversal de la sociedad que, en una primera lectura, aprecia la voluntad de actuar. No abro juicio sobre la norma. Simplemente digo que, otra vez, lo estructural, que está detrás de una sociedad en la que la violencia crece sin freno, no está en la agenda de la seguridad del Gobierno. Lo que está es el “aquí estamos”. Nos ocupamos del metro cuadrado. Aclaro, tampoco lo estructural está en la agenda de los críticos.

 

Hay otros metros cuadrados que el mismo Gobierno atiende y no importan las consecuencias, sino que apunta a sumar voluntades respondiendo a la Big Data que les permite ubicar unos porcentajes electorales que, contrarios en algunas cosas, pueden volcarse a favor a causa de conceder en esas.

 

Un caso de atención del metro cuadrado electoral lo refiere el Dr. Julio Bello, médico sanitarista de enorme prestigio académico. Nos informa que la gobernadora María Eugenia Vidal ha proyectado y sancionado la “Ley de Identidad de Género en el Deporte” que establece que en toda competencia deportiva cualquiera podrá participar con el “género” en el que se autoperciba, sin necesidad de documentación alguna que lo acredite.

 

Bastará la “autopercepción” y se prevén sanciones para quien obstaculice el cumplimiento. La “autopercepción” no puede ser discutida ni requiere complemento probatorio.

 

Sin embargo, por ejemplo, el Comité Olímpico Internacional estableció sanciones para las competidoras que presenten niveles masculinos de testoterona, fraude equiparable al doping.

 

En enero pasado, en Malasia, en 24 segundos, en una competencia de artes marciales, una mujer trans mandó al cementerio a su adversaria, una mujer no trans, que se había negado a competir y debió hacerlo para evitar una sanción por actitud discriminatoria.

 

Esta es una típica norma que, más allá de su razonabilidad o no, satisface algún metro cuadrado y la captura de votos.

 

Otro metro cuadrado que ha promovido Vidal: el juego online. Poco tiene que ver con el Big Data de opinión. Una norma que habrá de contribuir al empobrecimiento de los más vulnerables y cuyo fundamento es imposible de sostener con una visión de mejora de la sociedad.

 

Esa es la cuestión, cuando la política se construye con una visión electoral o, si se quiere, recaudatoria, se reduce a su mínima expresión y se convierte en inútil.

 

La buena onda era un buen escenario para construir consensos sobre los temas que nos amenazan. Los mercados, con la tasa de riesgo país nos están avisando que no están ,tan lejos.

 

 

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