Aun con sus limitaciones, el G20 es mejor que el G0

2 de diciembre, 2018

El presidente Mauricio Macri puede respirar aliviado: la cumbre de jefes de Estado del G20 transcurrió sin grandes sobresaltos logísticos u organizativos

Por Roberto Bouzas Universidad de San Andrés (UdeSA)

 

El presidente Mauricio Macri puede respirar aliviado: la cumbre de jefes de Estado del G20 transcurrió sin grandes sobresaltos logísticos u organizativos, pudo dar a conocer un informe final y terminó sin disturbios ni episodios de violencia en las calles.

 

Si bien es cierto que ninguno de los grandes problemas que aquejan a la economía global o al escenario internacional se resolvieron o encaminaron hacia su resolución, tampoco era realista esperar que la cumbre de Buenos Aires lo consiguiera.

 

En rigor, detrás de las distintas evaluaciones que normalmente siguen a las cumbres del G20 se ocultan diferentes visiones acerca del rol que se espera de ese foro, entre las que cabe distinguir dos grandes grupos. Por un lado, están aquellos que ven en el G20 el embrión de un nuevo organismo que encarrile los desafíos que enfrenta la gobernanza global. Por el otro, están quienes lo consideran un espacio de trabajo interburocrático y de diálogo informal de líderes.

 

Medido según la vara de los primeros, en su corta historia el G20 ha obtenido logros modestos, la mayoría de ellos concentrados en el período inmediatamente posterior a su creación luego de la crisis financiera global de 2008. En cambio, medido según la vara de los segundos el G20 ha cumplido razonablemente su objetivo.

 

Este mismo doble estándar puede aplicarse a la reunión de Buenos Aires. El hecho de que el encuentro haya existido, que haya tenido asistencia perfecta y haya concluido con un (inevitablemente lavado) comunicado final constituye en sí mismo un resultado no despreciable. Mucho peor para el futuro del sistema internacional habría sido que el encuentro simplemente no hubiera existido o que hubiera profundizado las diferencias que separan a jugadores clave.

 

Por otro lado, y al mismo tiempo, los resultados concretos han sido limitados: la palabra proteccionismo o unilateralismo no es mencionada una sola vez en el comunicado final, las referencias a la reforma del régimen multilateral de comercio no podrían ser más vagas y en materia de mitigación del cambio climático lo que se puso de manifiesto una vez más es la brecha que separa a algunos de los firmantes clave del Acuerdo de París (ya de por sí un compromiso poco ambicioso frente a la dimensión del problema).

 

Es probable que los dos principales rasgos de la economía política internacional contemporánea sean, por una parte, la brecha que existe entre la intensidad que ha alcanzado la integración y/o la interdependencia económica y la fragilidad de las instituciones políticas para gobernarla o regularla y, por la otra, la diseminación del poder económico entre varios actores (por lo menos, China y Estados Unidos). La primera brecha ha hecho sentir sus efectos sobre las economías y los sistemas políticos nacionales, en muchos casos sacudidos por el surgimiento de fuertes corrientes de opinión contrarias a esa integración. Ya no se trata apenas de las fuerzas de izquierda contestatarias y antiglobalizadoras de inspiración ideológica, sino de actores políticos más tradicionales que se sienten materialmente perjudicados por la creciente interdependencia. La diseminación del poder económico, por otro lado, ha instalado en el centro del escenario un conflicto que tiene en las “guerras comerciales” su manifestación más visible, pero que responde a determinantes más profundos.

 

En 1909, Norman Angell, que algunos años más tarde sería galardonado con el premio Nobel de la Paz, escribía un influyente panfleto en el que argumentaba acerca de la imposibilidad de una guerra entre los grandes poderes europeos, debido “principalmente a la compleja interdependencia financiera entre las capitales del mundo (que ha alcanzado) … un nivel sin precedentes en la historia. Esta interdependencia –escribía Angell– es el resultado del uso cotidiano de algunos artefactos de la civilización que surgieron apenas ayer – el correo rápido, la diseminación instantánea de la información financiera y comercial a través del telégrafo y, en general, del increíblemente rápido progreso y velocidad de las comunicaciones…”. Lamentablemente, el determinismo tecnológico y economicista de Angell se frustró pocos años después con la eclosión de la Gran Guerra, las tres décadas de fragmentación que la siguieron y un nuevo conflicto internacional en 1939.

 

De ninguna manera el sistema internacional se encuentra al borde de una guerra. Pero el determinismo tecnológico que ha dominado el pensamiento económico (especialmente en el plano internacional) durante los años mas recientes parece olvidar que las relaciones de mercado, y su supervivencia, son una construcción política. Es esa construcción política la que está en crisis o, si se tiene una visión mas optimista, en transición. En ese contexto, el presidente Macri puede respirar aliviado: la cumbre del G20 en Buenos Aires no resolvió ningún problema pero tampoco creó ninguno nuevo. Y es definitivamente mejor que haya existido que su lugar hubiera sido ocupado por un gran vacío. Los desafíos que el sistema internacional tiene por delante no tendrán una respuesta fácil. Y, entretanto, un G20 con las limitaciones, que son visibles, es bastante mejor que los riesgos de un G0.

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