Optimistas en la tormenta

23 de noviembre, 2018

Por Carlos Leyba

 

Que un funcionario público sea optimista es, diría, una condición necesaria para gobernar.

 

Al respecto guardo en mi memoria una expresión extrema del optimismo en materia gubernamental y las consecuencias imprevisibles de carecer de autocontrol del legítimo entusiasmo.

 

Hace muchos años, después de un almuerzo en que un grupo de funcionarios de carrera habíamos conversado acerca de la probable renuncia del ministro, me acerqué al despacho del subsecretario (hombre inteligente, conocedor y probo en todas las dimensiones del ser humano)y le dije, en el lenguaje de la época, en la que el medio de información más ágil era la radio, “radio pasillo dice que se van”.

 

La respuesta fue. “Ahora abrimos los flaps y ¡despegue!”. Desestimación absoluta de la emponzoñada duda.

 

En la puerta del despacho estaba el estupendo e inolvidable “Negro Costa”, el responsable de los ordenanzas del 5º piso del Palacio de Hacienda, que a esa hora repartía ritualmente La Razón 5ª.

 

El diario decía, en letra catástrofe: “Se disolvió el Ministerio de Economía”.

 

Desde entonces supe del peso irracional del “síndrome del quinto piso”: ni siquiera había un pedido de renuncia. El cargo había desaparecido. Volvamos. El optimismo es una condición necesaria pero claramente insuficiente si, quien ejerce el cargo, primero, desconoce y se desinteresa por las consecuencias probables de sus propios actos y segundo, se aleja de la realidad mediante el sistema de “mirada selectiva”.

 

La mirada selectiva consiste en poner una lupa de aumento gigante en los datos buenos, que siempre los hay y reducir la dimensión de los datos malos a la mínima expresión. Los datos malos son “el problema” que hay que resolver. Peor, tal vez los datos malos sean consecuencia de conseguir la realización de los “datos buenos”. Compleja es la realidad.

 

La enfermedad del quinto piso, “mareados por el éxito” decía José Stalin, consiste en pensar a los primeros, los datos buenos, como duraderos, como de largo plazo, como lo que prevalecerá y a los datos malos como “puntuales”, o transitorios, o de desaparición próxima. La experiencia nos enseña que la persistencia de los “datos malos” terminan desvaneciendo a los datos buenos que, inexorablemente, se congelan en el pasado, mientras los malos van sembrando de barreras al futuro.

 

La maldita barrera al futuro que nos detiene en la misma puerta giratoria hace cuatro décadas. Inflación, retraso cambiario, fuga, crisis de Cuenta Corriente, recesión y así.

 

Dicho esto hay una lección inexorable que hay que conocer para dar paso al buen gobierno.

 

Lección: la categoría del éxito no forma parte de “la política económica”. Toda solución a un problema acarrea inexorablemente otro. El éxito es un horizonte que nunca se alcanza. ¿Cómo mantener el entusiasmo?

 

O, dicho de otro modo, no hay remedio sin costo. La clave del buen gobierno es lograr que el problema que la solución acarrea debe ser menor, de más fácil resolución, que el que se acaba de solucionar.

 

Lograrlo exige mucha reflexión, mucho pensamiento, voces distintas, un marco sistémico. La humildad de la sabiduría para aplicar una medida. La sangría o la sierra carnicera, matan.

 

Naturalmente la clasificación de menor o mayor que hagamos de los males depende de una escala de valores.

 

Veamos alguna secuencia de la política planteada en términos de problemas–remedios– problemas.

 

Por ejemplo, ante una alta tasa de inflación (problema), hay quienes creen que puede ser curada –un pensar ortodoxo asistémico- por una fuerte recesión (remedio).

 

Pero esa “cura” puede generar una oleada de desempleo (problema derivado del remedio).

 

Nadie desconoce que tanto el desempleo como la inflación son problemas.

 

Pero, ¿cuál de los dos es el más sencillo de resolver o cuál es el que menor impacto social tiene en cada ciclo histórico?

 

La respuesta para un desocupado es obvia. La transmisión de este problema es boca a boca.

 

Para quien conserva el trabajo y cree que no lo perderá, la inflación –la pérdida del poder de compra– claramente es el principal problema.

 

Pero dejará de serlo si el remedio, la recesión, hace que deje de creer en que no perderá el trabajo. El boca a boca tarda, pero es letal.

 

Cuando el temor al desempleo se generaliza la “solución recesiva” termina siendo más gravosa que el problema inicial. Y sus consecuencias imprevisibles.

 

Vamos a la realidad presente. En materia de inflación, el método recesivo, aplicado por los suplentes del mejor equipo de los últimos 50 años, consagrado en las derrotas, con un entusiasmo digno de mejor causa, no ha tenido resultados positivos sensibles sino todo lo contrario.

 

La última medición de los precios al consumidor marcó una tasa del 5,4% mensual. Los más de 50 pronosticadores, que integran la muestra del BCRA, estimaron para 2018 una tasa de inflación de 47% anual, con una perspectiva de baja a 28% para 2019.

 

La encuesta de la UTDT ubica el promedio de inflación esperado para los próximos 12 meses en 38% anual.

 

Los “consultores” son más optimistas que los “ciudadanos”.

 

Datos, estimaciones y expectativas son contundentes: no hay una estimación o expectativa esperanzada, en una baja de la inflación proporcional a las fuerzas recesivas aplicadas a través del descomunal apretón monetario y la inusitada tasa de interés que –como lo acabamos de ver en el día de ayer– con una mínima baja estimula el alza del dólar. Datos.

 

El Indice Líder de la UTDT, que “busca anticipar un cambio de tendencia en el ciclo económico”, cayó 4,5 por ciento en octubre, lo que sugiere que la recesión se mantendrá durante los seis próximos meses.

 

Pero eso no significa que terminará en el segundo trimestre de 2019. Ni ahí. Recesión habrá por los próximos seis meses, después vemos.

 

Pero en ese lapso, lo dicen los pronósticos y las expectativas, la inflación continuará.

 

El remedio se siente. Pero no cura. Y no cura quiere decir que los daños colaterales duelen.

 

En los primeros ocho meses del año el poder de compra de los salarios (promedio) cayó un 9 por ciento. Un campanazo de conflicto.

 

La estadística de la Ciudad de Buenos Aires determinó que en el mes de octubre (súmele la inflación de noviembre) fueron necesarios $30.000 para no ser una familia (pareja y dos hijos menores) vulnerable. Para el registro oficial porteño, la región más rica de lejos de nuestra Nación, en la Ciudad los pobres son más de medio millón. Es decir, 18% de la población.

 

Impactante registro si se tiene en cuenta que hace 40 años la pobreza en todo el país golpeaba a 800.000 personas.

 

El proceso de empobrecimiento revela una verdadera debacle que es hija de la tendencia negacionista de la corriente dominante de los “optimistas”. Corriente que abarca tanto a los “monetaristas” a la Dujovne, como a los grouchistas marxianos a la Kicillof.

 

La inexplicable incapacidad de diagnosticar y resolver, los hace optimistas cuando gobiernan: no les queda otra.

 

El Estimador Mensual de Actividad Económica (Indec) desde abril y hasta agosto (última medición) lleva seis meses de caída respecto del año anterior.

 

El Informe de Fiel señala que la industria, en octubre, tuvo su sexta caída consecutiva con una contracción de 3,6% respecto del mismo mes del año pasado. Lo que representa, para los 10 meses de 2018, una caída de 1,9% que abarca a casi todas las ramas, pero es la de bienes de capital la que manifiesta la mayor declinación. De la inversión ni hablar.

 

Es que la capacidad ociosa de la industria supera largamente la de hace un año atrás y tiene detrás el hecho que, además, hace años que no aumenta la capacidad de producción: inversión frenada.

 

Esa medición de capacidad ociosa abarca a todos los sectores de actividad con la sola excepción de las “industrias metálicas básicas”.

 

Partimos de la inflación, la dureza material del remedio recesivo y finalmente nos acercamos a la consecuencia maldita, la tasa de desempleo.

 

La medición del segundo trimestre de 2018 marcó que 9,6% de los trabajadores busca activamente un empleo y no lo consigue. Y esa tasa, con una población que crece, es la más alta de los segundos trimestres de los últimos doce años.

 

La inflación resiste, la recesión profundiza y el desempleo aumenta.

 

La sociedad percibe que el problema atacado, la inflación, y la consecuencia del remedio, la desocupación, son problemas de notable intensidad.

 

Una encuesta publicada ayer por el oficialista Clarín señala que 34,4% de las personas entiende que la inflación es el principal problema que afecta al país, seguido, atención, de la desocupación (18,6%).

 

Lo económico preocupa a 53,4% de la población. Con lógica, 54,4% entiende que el desempeño del Gobierno de Mauricio Macri es “malo o muy malo” mientras que 49,8% piensa que el año que viene será económicamente peor. A la vez, 51,7% entiende que situación personal también será peor.

 

Nicolás Dujovne, no es el primero en serlo, es un optimista de mirada selectiva. Es un extremista.

 

Y por eso no para de generar títulos donde quiera que este.

 

Antes de partir a París dijo: “Nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el Gobierno”. Es la imagen de un trapecista que se tira en el aire y sin red a la búsqueda del barral que lo sostendrá luego del vuelo hacia la nada.

 

Llegado a París, dijo: “Cuando pase la tormenta estaremos mejor”. Un hecho de la naturaleza que se produce por el choque de fuerzas opuestas sobre las cuales no tenemos capacidad de control.

 

Dujovne reveló cuál cree que es una de esas fuerzas sobre las que él nada puede: “La principal causa del riesgo país es el riesgo político ante las elecciones”. La encuesta de Clarín revela que 51,2% votarían a otra fuerza política y sólo 31,2% a Cambiemos. Riesgo.

 

La otra fuerza de la tormenta la reveló la OCDE: el PBI caerá 1,9% en 2019 y 2,8% de 2018.

 

Con ese cruce de fuerzas la tormenta no pasó, está por venir.

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