La verdadera “pesada herencia”

La gestión que gane en 2019 no recibirá un 2001, como tanto se ha discutido, sino un 1998 con una “calma aparente”

Por Leandro Ziccarelli CEPA

 

Mucho se habló durante los primeros dos años del Gobierno de Cambiemos respecto de la “herencia recibida” y la dificultad de administrar la misma. En concreto, es innegable que el Gobierno de Mauricio Macri recibió una serie de complejidades económicas resumibles en una macro con precios relativos un tanto desordenados, niveles de inflación superiores a los des resto del mundo, un déficit fiscal relativamente elevado y un frente externo bastante ajustado, con un componente disruptivo como era la existencia de serias restricciones cambiarias y la consolidación de un mercado de cambios secundario o paralelo (eso que la oposición bautizó como “cepo”).

 

Seguramente, gran parte de esos desajustes venía moderándose y trabajándose de manera intensa durante los últimos años, aunque sin lograr resultados definitivos hacia diciembre de 2015. Con esto nos referimos a que el rumbo de la última administración kirchnerista apuntaba a solucionar en el tiempo dichos desajustes, y muestra de esto dan el comienzo de corrección en tarifas, la reglamentación del “dólar ahorro”, la resolución (parcial) de los conflictos en el CIADI y con Repsol, los controles de precios y el lanzamiento de un nuevo IPC de alcance nacional, entre otras. Los conflictos existían y la política económica estaba orientada a ellos, aunque no lograra llegar a solucionar el grueso de los mismos antes del cambio de gestión. Eso conformó la llamada “pesara herencia” que recibió Cambiemos.

 

Ahora, la pregunta que surge es si esos factores descriptos componen verdaderamente una “pesada herencia” en términos históricos. Un breve repaso de las “herencias” recibidas por los distintos gobiernos desde el ‘55 a la actualidad (militares, pseudo-democráticos o democráticos completos) nos ayuda a responder esa pregunta rápidamente. Y esto es porque todas esas herencias tuvieron casi unánimemente 3 factores que las hicieron explosivas (o “pesadas” de verdad): un nivel de endeudamiento impagable, una inflación alta y creciente y una economía en recesión.

 

Cambiemos no recibió ninguna de esas 3 situaciones (todo según datos oficiales del actual Gobierno o consultoras privadas): en 2015 el nivel de deuda sobre PIB era exageradamente bajo, la economía crecía y la  inflación bajaba de niveles del 25%. Niveles que, por otra parte, son sumamente bajos para la historia reciente de nuestro país y por los cuales cualquier funcionario del Gobierno actual daría hoy su cargo por obtener. Vale recordar que en nuestro país los militares, que también venían a solucionar la inflación pos-Rodrigazo, convivieron más de un lustro consecutivo con inflaciones anuales de 3 dígitos, que el Plan Austral se festejó como exitoso por bajar la inflación de 700% a 400% anual y que Raúl Alfonsín y Carlos Menem tuvieron una hiperinflación cada uno, con niveles superiores al 3.000% y 1.000% anual, respectivamente.

 

En ese marco, y volviendo a la herencia, Cambiemos recibió la mejor situación comparativa desde el ’55 hasta la fecha, una economía solvente, creciendo y con inflación a la baja. Tal es así, que durante los primeros años se paseó por los mercados internacionales para recibir el fuerte apoyo del sistema financiero global que, viendo los números de solvencia de la economía argentina, no dudó en prestarle (solo a Nación) una cifra superior a los US$ 120.000 millones. Sin embargo, y ya con casi 3 años de Gobierno, puede verse que Cambiemos dejará una herencia compleja y bastante similar a las que nos tenían acostumbrados los gobiernos hasta 2001.

 

Los actuales niveles de endeudamiento en divisa que deja la gestión de Macri son alarmantes y convierten al país en un deudor insolvente, razón por la que los mercados han dejado de prestarle y el flujo de fondos se ha revertido bruscamente desde mediados de año. Los mercados han sobrecastigado a nuestro país en cada ocasión que pudieron (alcanza con ver la depreciación relativa del peso argentino, el riesgo país, el costo de los CDS, el sell-off en bonos y acciones, entre otras variables) y ello obligó al Gobierno a recurrir (primero “precautoriamente”, luego definitivamente) al prestamista de última instancia: el FMI.

 

Aparte de ello, es decir, de haber agotado en 3 años todas las vías de financiamiento para el país por unos cuantos años, dejará también un serio problema de liquidez producto de un modelo de apertura económica y desregulación que generan un flujo estructuralmente deficitario de dólares debido a los déficit comercial y de turismo, la feroz dolarización de depósitos, la fuga de capitales y el pago de los intereses de la deuda (ya principalmente la tomada por este propio gobierno). Como es sabido, todo ello, y un pequeño aumento de reservas, fue exclusivamente financiado con deuda externa y, en mucha menor medida, con inversión especulativa (principalmente vía carry trade), dos fuentes de financiamiento sumamente inestables que amplían la vulnerabilidad externa del país.

 

La estabilidad de las últimas semanas pareció alejar estos factores de la agenda, aunque los problemas siguen de fondo siguen siendo los mismos. Cuando se observa las razones de la actual mejora en el frente externo se destacan 3 razones principales.

 

  • Un desmedido ajuste de la actividad para cerrar las brechas comerciales y de turismo.
  • Un rebote de emergentes impulsado por las elecciones en Brasil que dio aire a la plaza local
  • Una llegada extraordinaria de inversiones especulativas a aprovechar las altas tasas garantizadas por el nuevo esquema monetario

 

Los 3 factores son coyunturales, y totalmente exógenos a la voluntad del Gobierno. De fondo, el modelo sigue siendo el mismo y bastará que las inversiones se den vuelta (como en mayo) o que el mercado internacional vuelva a golpear a emergentes para que toda la estabilidad lograda a base de más vulnerabilidad externa sea tirada por la borda.

 

En este sentido, y para concluir, Cambiemos no deja una herencia clara sino “calma aparente” que esconde una bomba a punto de explotar: el frente externo. En esta línea argumentativa, la gestión que gane en 2019 no recibirá un 2001 como tanto se ha discutido, sino un 1998. Una economía camino al default, con todas las vías de financiamiento agotadas (incluso ya el FMI) y con una estabilización artificial producto de los últimos efectos del endeudamiento y un cóctel explosivo entre Leliq e inversiones especulativas.

 

Lo fundamental, para los que vienen, será evitar una megadevaluación y sortear un escenario de cesación de pagos a través de una estrategia de rolleo inteligente, regulando y poniendo a funcionar de nuevo el aparato productivo para encarar una eventual reestructuración parcial y ganar tiempo para estabilizar el frente externo sobre bases sólidas.

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