La desatención de las externalidades

16 de noviembre, 2018

 

Por Ricardo de Lellis Consultor

 

Las externalidades, entendiendo por ellas en forma simple los impactos que tiene el mundo exterior sobre las sociedades locales, siempre estuvieron presentes y su grado de influencia ha sido mayor o menor según el contexto.

 

Hoy, en buena medida, las brechas que se abren en las sociedades del mundo occidental responden a ellas. El fenómeno Trump, el Brexit y las dificultades en mantener la cohesión en la Unión Europea son en gran parte producto de cómo las sociedades asimilan estas influencias, potenciadas por la globalización y los avances tecnológicos.

 

Las corrientes inmigratorias, ya sea de africanos en busca de un futuro, al menos vivible, en países europeos, o de centroamericanos haciendo lo propio en EE. UU., han sido utilizados de un modo simplista pero efectivo por los políticos de esos países desarrollados para ganar poder y, al exacerbar sus efectos con slogans efectivos, cumplir con sus objetivos.

 

En el fondo, esto oculta otros problemas mucho más complejos y difíciles de ser contrarrestados: el avance de China, los impactos de la tecnología sobre el trabajo, la pérdida de la productividad en las economías avanzadas, el deterioro de los sistemas educativos, las potenciales crisis de los sistemas financieros y, para no seguir abundando en más causas, señalar una muy profunda, como la pérdida de confianza de las sociedades en sus líderes.

 

¿Y por casa? Todo es más difícil porque históricamente siempre hemos desatendido el impacto de esas externalidades. Basados en un exceso de “ombliguismo”, no hemos trabajado en acuerdos comerciales, ni prestada atención al escaso crecimiento de nuestras exportaciones, fuera del sector agropecuario y hoy volvemos a apelar al recurso del prestamista externo como alguien siempre dispuesto a financiarnos, cualquiera sean los signos de solvencia que mostremos.

 

Aprovechamos al máximo los ciclos positivos de la economía mundial (suba de los commodities, dólar en su ciclo de debilidad y tasas de interés bajas, entre otros) sin tener en cuenta que estos ciclos no duran para siempre y que luego se da la reversión. De allí que nos toca la época del ajuste en los peores momentos y, si a eso le agregamos la externalidad climática, tenemos un cuadro de depresión completo.

 

Debemos cortar el círculo vicioso en el que estamos inmersos porque, en definitiva, el mundo exterior nos interesa a nivel individual y prueba de ello es que nuestra moneda de ahorro y de transacción en las operaciones importantes es el dólar. Y esto no es un simpe hábito de las élites.

 

Si en la intención de integrarnos al mundo resulta ser convertirnos en su supermercado, debemos salir del kilómetro 0 (que es justamente el Congreso) en esa materia para trabajar en un horizonte de mediano y largo plazo, con políticas que favorezcan la productividad, la estabilidad macroeconómica, la capacitación de nuestros recursos humanos y otras medidas que apunten más a esos plazos y no tanto al presente.

 

No lo logrará un solo poder, y por ende un solo sector político. Por más intenciones que posea, necesita del Legislativo y del Judicial para encaminar a Argentina a un desarrollo sostenido. Un ejemplo de esto es la lucha contra la inflación anunciada por este Gobierno en sus inicios como una política de Estado.

 

No resultó y es que, sin un acuerdo entre sectores, no solo político, y el convencimiento que se necesita de un gran esfuerzo de toda la sociedad, seguiremos sin resolver ese gran flagelo que afecta ya a muy pocos países y que constituye una gran desventaja competitiva para nosotros.

 

Y prestar debida atención a las externalidades. Con todas las dificultades de pronosticar el futuro, por lo menos cuidémonos de los riesgos que se avecinan. A saber, la posible recesión en EE.UU. a partir de 2020, por la lógica evolución de los ciclos económicos, la suba de la tasa de interés en ese país (que ya se ha ido produciendo, pero que todavía no alcanzó un techo), la no desechable posibilidad de una nueva crisis financiera y la evolución (o involución) del comercio internacional, a partir de la guerra comercial entre EE.UU. y China, al que se le agrega la reacción de otros bloques comerciales.

 

Y, por último, los efectos de la tecnología y su impacto sobre la fuerza laboral, que no podemos afrontar con leyes promulgadas muchos años atrás, redactadas para un mundo que ha cambiado sustancialmente.

 

Efectivamente, el mundo está cambiando muy rápido, y eso tiene amenazas, pero también ofrece oportunidades. Adaptémonos lo más rápido posible si queremos mejorar el nivel de vida de nuestra población.

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