El mito de la Argentina rica

El mercado de las frases hechas para explicar el fracaso argentino es uno de los más profundos que se conocen

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

El mercado de las frases hechas para explicar el fracaso argentino es uno de los más profundos que se conocen. Algunos sitúan el comienzo del ocaso en un cambio de estrategia en los años ‘30, al dejar a un lado el presuntamente exitoso modelo agroexportador y reemplazarlo por otro intervencionista. Otros insisten en que el punto de inflexión es la llegada del peronismo al poder. En el arco ideológico opuesto, se culpa a los experimentos de apertura irrestricta y liberalización financiera. Aun cuando algunas de estas explicaciones puedan tener mérito parcial, todas parten de la idea común de que Argentina “estaba para más” y que hemos perdido una enorme oportunidad.

 

La usual comparación con Australia o Canadá parte de la premisa de que nuestras condiciones iniciales eran tan buenas como la de estos dos países. Pero, ¿Esta percepción es realista? En una nota anterior hemos comentado que, si bien Argentina dispone de más recursos naturales que varios países, su relevancia es muy inferior a la de Australia y Canadá. Ellos exportan cinco veces más productos primarios por persona que nosotros, y su riqueza natural per cápita es entre dos y tres veces mayor que la de nosotros.

 

Sin embargo, esto no logra explicar del todo la frustración, porque a principios del Siglo XX Argentina tenía una dotación de recursos naturales por habitante muy superior a la actual, por lo que era considerada una potencia. Los economistas Joaquín Ladeuix y Pablo Schiaffino de la Universidad Torcuato Di Tella acaban de publicar un trabajo que incorpora una nueva dimensión a la discusión. En lugar de concentrarse únicamente en la dotación de capital físico, los autores analizan la dotación de capital humano de Argentina en los años de la Belle Époque.

 

En la comparación internacional, el artículo encuentra que nuestra economía tenía en aquella época un PIB per cápita alto en relación con sus indicadores de capital humano. Argentina era un país demasiado rico para estar tan poco educado. Durante el Siglo XX, dicen los autores, este déficit inicial nunca pudo ser revertido “… a pesar de mejoras significativas en los índices de alfabetización y de enrolamiento escolar y en los años promedio de escolarización, no parece haber progresos relevantes en la posición relativa de Argentina en el mundo”. Si bien Argentina mejora su posición al interior del continente, no converge a los niveles de capital humano de los países que en los ’30 tenían un PIB per cápita similar al argentino. Otro hallazgo importante del artículo es que, cuando Argentina se compara con Canadá y Australia, nuestro país es el único que muestra una distribución regional profundamente desigual de sus tasas de alfabetización.

 

Los autores concluyen que: “Si entendemos que el capital humano es una medida importante de la riqueza de un país y/o que tiene cierta importancia para el desarrollo económico de largo plazo, la Argentina de la Belle Époque era considerablemente más pobre y estaba peor preparada para el crecimiento que cualquier país del Nuevo Mundo anglosajón”. La distribución desigual de la riqueza y el capital humano parece haber derivado en instituciones económicas más elitistas y peor preparadas para el desarrollo.

 

El trabajo de Ladeuix y Schiaffino aporta una perspectiva refrescante al debate sobre el estancamiento argentino, porque matiza las explicaciones simplistas y/o discriminatorias. Y sobre todo porque disminuye el padecimiento psicológico y las reacciones intolerantes que provocan la percepción de que el país estaba predestinado al éxito, y que un grupo político o una conspiración internacional lo echó a perder definitivamente.

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