Compromiso para el Cambio

29 de noviembre, 2018

ICC UTDT

 

Por Tomás Múgica

 

Debilitado por la crisis económica doméstica, el Gobierno de Mauricio Macri intenta hacer de la Cumbre del G20 –el foro internacional de más alto nivel en la actualidad, a pesar de su muy relativa efectividad– una ocasión para mostrar que una nueva Argentina está naciendo, un respaldo a un país que “vuelve al mundo” tras un (supuesto) aislamiento. Para el Gobierno de Cambiemos el G20 tendrá cuatro significados principales.

 

En primer lugar, será la ocasión de mostrar a los demás miembros del Grupo, a la burocracia de los organismos internacionales y a los inversores extranjeros su firme compromiso con su agenda de reformas. El mensaje que se busca transmitir es claro: Mauricio Macri es el Presidente que –pagando un alto costo político– está decidido a terminar con Argentina populista, cuyo último episodio es el kirchnerismo, liberando así las fuerzas para que el país realice su potencial. Se trata de un Gobierno responsable que cumple con sus compromisos, tanto con los acreedores privados como con el FMI, aunque ello conlleve un severo ajuste a nivel interno; un Gobierno decidido a integrar el país a las grandes corrientes de comercio e inversión internacional, luego de doce años de proteccionismo y hostilidad hacia el capital extranjero. En este terreno, el discurso del Gobierno no ha cambiado; sólo que ahora la salida del populismo se produce mediante la vía ortodoxa, que por imperio de la circunstancias reemplaza al gradualismo inicial. Se trata de mostrar un rumbo firme, aun a las puertas de un año electoral con perspectivas inciertas para el oficialismo y de manifestar, en fin, el compromiso con el cambio al que remite el nombre del partido con el que Mauricio Macri inició su incursión en la política.

 

Segundo, el Gobierno de Macri exhibirá una vez más su cercanía política con Occidente, especialmente con Estados Unidos. La lógica subyacente de este acercamiento es conocida; fue aplicada en los ‘90 por Carlos Menem y explicitada por el actual embajador en Estados Unidos (“El interés de Estados Unidos en Argentina es político, el nuestro en ellos es económico”, Clarín 12/01/2018): alineamiento político a cambio de una expectativa de recompensas económicas. Ciertamente, el apoyo norteamericano fue decisivo en el logro del acuerdo con el FMI y su posterior ampliación, sin el cual la Cumbre muy probablemente tendría lugar en condiciones económicas (aún más) inclementes. Más allá de ese logro coyuntural –que tiene lugar en el marco de una crisis en gran medida autoinfligida– otros resultados de este enfoque son más inciertos, como lo muestran los avances y retrocesos en el comercio bilateral (por ejemplo en acero, aluminio, biodiesel y limones). Siempre en esa lógica, Macri intentará mostrar progresos en el proceso de ingreso de Argentina en la OCDE, un club de países ricos dominado por Estados Unidos –el miembro que con mayor énfasis apoya el ingreso de nuestro país- y Europa.

 

Tercero, se intentará avanzar en la construcción pragmática de vínculos económicos con los demás Estados participantes, más allá de diferencias ideológicas existentes en algunos casos. Como es habitual en las Cumbres de Jefes de Estado, el Presidente mantendrá una serie de reuniones bilaterales –que incluyen a Trump, Xi Jinping, Vladimir Putin, Shinzo Abe y Emmanuel Macron– en las cuales abordará cuestiones como el postergado acuerdo Mercosur-UE y las inversiones de empresas de los países del G20 en nuestro país, especialmente en las áreas de infraestructura y energía.

 

Cuarto, el Gobierno buscará demostrar que un país mediano como Argentina puede jugar un rol constructivo en los grandes temas de la agenda internacional. En su calidad de anfitrión espera contribuir –aun cuando la influencia de nuestro país sobre las negociaciones bilaterales entre los grandes jugadores del sistema internacional es nula– al logro de una declaración final positiva. Se trata de mostrar avances en temas conflictivos de la agenda internacional –tensionada por intereses y visiones divergentes sobre el proceso de globalización– entre los cuales sobresalen la guerra comercial entre Estados Unidos y China y las acciones conjuntas respecto al cambio climático. Adicionalmente, a un nivel más operativo, el gobierno enfrenta el desafío de demostrar capacidad para organizar y garantizar la seguridad de un evento de esta magnitud.

 

En todo caso, más allá de los resultados políticos de la cumbre –que no controla– el foco del gobierno estará en su propia agenda. Para el Presidente y su equipo, la reunión del G20 en Buenos Aires es un escenario privilegiado para mostrar a los grandes jugadores de la política y la economía mundial que la (siempre desde su mirada) postergada modernización de Argentina por fin está en marcha.

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