Lecciones de Brasil

Brasil lleva mucho tiempo esperando que se cumpla a rajatabla el rezo de su bandera: orden y progreso

 

Por Pablo Ivankovich Ortler Politólogo

 

Brasil lleva mucho tiempo esperando que se cumpla a rajatabla el rezo de su bandera: Orden y Progreso. Los líderes del país llevan tiempo ignorando ese pedido, hasta que los ciudadanos se cansaron y votaron a alguien que no los ignore más. El virtual ascenso de Jair Bolsonaro hacia la Presidencia, quizás tiene más tiempo en proceso del que imaginamos, y deja algunas lecciones a considerar por los vecinos.

 

En 2014 el giro hacia políticas más conservadoras empezó a tomar forma con la consolidación del grupo parlamentario “Buey, Biblia y Bala”. Este mismo empezó a presionar por sentencias más duras, reducir la edad imputable por actos criminales y una línea más dura en materia de seguridad en general. Los grupos mayoritarios del Congreso los vieron como reaccionarios y no les dieron mayor importancia, pero se colocaron al centro de la escena cuando impulsaron el impeachment de Dilma Rousseff.

 

En 2016, mientras tomaba curso la destitución de Rousseff el avispero ya se había avivado, y nadie puede olvidar los votos en nombre de la dictadura, o los torturadores en esa histórica sesión. Sin ir muy lejos, el mismo Bolsonaro fue uno de los diputados que votaron en nombre de un coronel conocido por su fama de torturador durante la dictadura de Brasil. El éxito de este proceso, dejó envalentonado a un porcentaje de la población que quería acabar con la clase política y pedía un cambio del nivel “que se vayan todos” del país.

 

El mismo 2016, hacia fin de año, el hombre que enfrenta a Bolsonaro, Fernando Haddad, perdió su alcaldía en San Pablo contra un personaje de la misma línea discursiva de Bolsonaro. Joao Doria inició ese proceso de ejecutivos más conservadores y con tintes más vinculados al autoritarismo. A diferencia de otros casos similares, el caso de Brasil es enigmático por los ecos de nostalgia a un pasado dictatorial. Bolsonaro lo confirmó cuando hace no mucho dijo que no aceptaría resultados contrarios a sus expectativas y que estaría dispuesto a aceptar una intervención de las fuerzas armadas.

 

Brasil está, según las más recientes mediciones de Latinobarómetro, al final de la lista de los países menos satisfechos con la democracia. Siguiendo el mismo estudio, un 19,8% de los brasileros encuestados considera un gobierno autoritario como preferible. Esto, sumando a la recesión, contracción económica y agotamiento con el sistema político establecido llevó a que Bolsonaro sea el candidato que más interés y pasión despertó en la elección. Fue recibido durante la campaña por masas que lo alzaban en brazos al llegar a los aeropuertos y tiene más seguidores en Facebook que Lula.

 

Esto explica, en parte, el movimiento de la inestabilidad en el tranquilo mar de Brasil, generando las olas necesarias para impulsar a Bolsonaro y muy probablemente desembocarlo en el Palacio del Planalto. De ser así, como todo pronóstico parece indicar, la región debe aprender de los riesgos de la corrupción y el rol que llegó a ocupar en la política. Debe aprender de los discursos conservadores, el arraigo que pueden generar y cómo tomarlos en serio, sin ridiculizarlos como caricaturas del folklore. Donald Trump y Bolsonaro pueden ser por ahora solo un botón de muestra. Finalmente, a escuchar de forma más activa a los giros culturales de la ciudadanía, que pide a murmullos hasta que se agota y ensordece al oyente con gritos.

 

En materia política, no parece ser clara una tendencia regional. El mismo año que Brasil unge a Bolsonaro, México fue conquistado por Andrés M. López Obrador. Por el contrario, parece primar la heterogeneidad de fenómenos y resultados. Quizás el punto más conflictivo se vea en materia fronteriza, entre Brasil y Venezuela. La escalada puede no solo terminar en un conflicto, también puede abrir muchos frentes. Por un lado, quizás muchos de los venezolanos que intentan huir a Brasil, al encontrar mayor resistencia, prueben hacia el otro lado y Colombia tenga que cargar con una ola migratoria aún más grande. También es posible que el nacionalismo de Bolsonaro exacerbe discursos xenófobos que incentiven a los venezolanos a buscar nuevos horizontes, como Argentina.

 

En definitiva, el mayor riesgo de Bolsonaro a nivel regional parece ser el de agravar la ya caótica oleada migratoria de venezolanos en la región. A nivel interno, en cambio, aunque los mercados celebren, las libertades individuales y derechos sollozan. El riesgo de esta elección, claramente, está en el futuro del sistema político brasileño, su potencial colapso, la democracia de un Gigante y el futuro del principal socio comercial de la Argentina.

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