La Ciudad lanza una campaña con lenguaje inclusivo

Se trata de la nueva campaña de educación sexual, que interpela a los jóvenes con el novedoso lenguaje

Por Sofía Alvarez Beroqui

 

La nueva estrategia de difusión del programa de salud sexual y reproductiva de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires resalta en la vía pública. Los carteles se dirigen a jóvenes de entre 13 y 27 años, con el objetivo de incentivarlos a conocer sus derechos. No sólo llaman la atención por su color estridente, sino también por las palabras. Todxs, chicxs, acompañadx…la “x” sustituye la “a” y “o” en busca de la inclusión.

 

Guadalupe Tagliaferri, ministra de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad, explica la necesidad de concientizar, ya que si bien se conversa libremente de sexualidad, no se habla de métodos anticonceptivos y mecanismos de cuidado: “Los afiches está destinados no sólo a los usuarios del sector público de salud, sino a todos los jóvenes. Queremos que los adolescentes gocen sus derechos, y lo hagan cuidándose en forma plena y responsable”, dice en diálogo con El Economista.

 

Según Tagliaferri, la decisión de utilizar lenguaje inclusivo responde a una estrategia de comunicación: “Intentamos hablar a los jóvenes como ellos mismos lo harían. Fue importante encontrar la manera de dar el mensaje, por ejemplo, combinando en una frase el goce pleno de derechos y sexualidad. Estoy convencida de que estos ejemplos son importantes: yo soy ministra, no ministro. Son muestras de cómo hay que seguir trabajando en la autonomía de las mujeres”.

 

El lenguaje inclusivo surge a partir de una necesidad social: evitar la diferenciación de género. Esta forma de expresión que comenzó a darse en el habla de los jóvenes hace un tiempo, pone el foco de atención en la necesidad de cambiar lo establecido.

 

Sandra Chaher, presidenta de la Asociación Civil Comunicación para la Igualdad, alega que la lengua es una de las áreas en las que se trabaja para democratizar la comunicación y, por lo tanto, lograr una mayor igualdad de género: “El lenguaje tiene muchas formas de discriminar a distintos colectivos. Una de sus principales prácticas sexistas es utilizar el masculino como genérico. La utilización de ‘x’, ‘e’ y ‘@’ intenta tener algún tipo de incidencia para modificarla”.

 

Sin embargo, el ‘@’ es cuestionado por los colectivos de la diversidad, ya que no representa a los géneros que no se identifiquen con lo femenino y lo masculino. Por otra parte, la ‘x’ es rechazada por parecer una tachadura. Además ninguna de las anteriores opciones se puede trasladar a la oralidad. En definitiva, la “e” parece ser la expresión más aceptada. Chaher señala que si bien la discusión está planteada, aún no se arribó a un consenso: “El lenguaje construye realidad, cuando se nombra se da un sentido determinado, que puede ser patriarcal o incluyente. Las palabras influyen sobre el entorno, por lo que no es menor que nos incluyan o no. Si no se trabaja con las formas simbólicas de la violencia, el imaginario sigue produciendo desigualdades”.

 

Una encuesta realizada por la Fundación Huésped y el Colectivo por los Derechos Sexuales y Reproductivos expuso que uno de cada dos estudiantes reconoce la existencia de casos de discriminación por orientación sexual o identidad de género en su escuela. Para revertir esta realidad el lenguaje puede transformarse en una herramienta fundamental. Hablar y, por lo tanto, pensar de forma inclusiva es un camino de transformación ya iniciado en nuestro país.

 

Tal como lo expresa Virginia García Beaudoux, investigadora del CONICET-IIGG y profesora de la UBA, el lenguaje es un reflejo de los tiempos y los cambios de la sociedad: “Está vivo y se adapta. La misma Real Academia Española que se opone al lenguaje inclusivo ha modificado muchas veces su diccionario incorporando localismos, neologismos, palabras que se generan en el uso diario. El lenguaje inclusivo también es reflejo del proceso social. Es una manera diferente de pensar, que permite destacar las desigualdades y la configuración injusta del poder en nuestra cultura”.

 

No se trata simplemente de modificar las palabras, sino de una transformación del discurso que se extiende a toda la población. Las palabras tienen poder, tienen la capacidad de visibilizar grupos excluidos y disminuidos durante décadas. Beaudoux concluye: “El lenguaje importa, la forma en que nombramos las cosas tiene relevancia porque es reflejo del pensamiento. Si podemos pensar con categorías más igualitarias e incluyentes, seguramente seremos mejores como sociedad”.

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