El posible impacto local de la nueva era en Brasil

¿Cuáles pueden ser los cambios en la relación entre ambos países?

Por Julio Burdman

 

Jair Bolsonaro obtuvo el 46% de los votos válidos en la primera vuelta electoral presidencial del domingo 7 de octubre en Brasil. Y todo indica que volverá a imponerse en la segunda vuelta del 28 de octubre. Las últimas encuestas publicadas dicen que podría llegar a 58 o 59 puntos porcentuales, con 17-18 puntos de diferencia sobre su contrincante. Todo nos indica que el candidato inesperado será el próximo Presidente de Brasil. Aun cuando la mayoría de los votantes de terceras opciones termine prefiriendo a Fernando Haddad, el candidato moderado del PT, Bolsonaro solo necesita conservar su voto y sumar un poco más para pasar el 50% y consagrarse en el segundo turno. Brasil se prepara para un presidente atípico.

 

Esto abre un conjunto de interrogantes. Amplios sectores de la opinión pública y la sociedad civil están inquietos por el ascenso de un político de derecha dura y militarista que se movió durante 25 años en las márgenes del sistema, y al que acusan de misógino, fascista y racista. Lo de militarista es insoslayable: la fórmula de “Brasil y Dios por Encima de Todo” –así se llama el frente bolsonarista– está integrada por dos hombres del ejército brasileño. Los operadores del mercado, en cambio, no saben aún si deben huir o festejar. Bolsonaro es un político al que no conocen, que tiene mala reputación en el establishment global y al que todos tildan de imprevisible. El candidato del poder era Geraldo Alckmin, quien no llegó al 5% de los votos. Sin embargo, estamos frente a un posible presidente que ha anunciado un programa inéditamente ortodoxo. Fuerte ajuste fiscal, reducción de impuestos y apertura comercial. La ortodoxia que promete Bolsonaro supera con creces a las de conservadores “convencionales” conocidos, como Piñera o Macri.

 

La revista The Economist le dedicó una tapa a Bolsonaro. Muy crítica, llamando a impedir su posible victoria. Asimismo, están los antecedentes muy nacionalistas del presidenciable, recientemente convertido al credo libertario. Pero los agentes económicos amantes de la ortodoxia se sienten íntimamente seducidos por la retórica económica del bolsonarismo. Eso explica las primeras reacciones favorables del mercado, que coexisten con una innegable sensación de incertidumbre.

 

En lo que respecta a los efectos para la Argentina, podemos clasificarlos en tres conceptos: 1. estamos ante un posible presidente que promete patear tableros y gobernar con las manos desatadas; 2. se trata de alguien que puede introducir cambios en la política externa de Brasil, y 3. pese a su giro a la ortodoxia económica, ello no quita que sus intenciones sean nacionalistas y, por lo tanto, tendientes a introducir descoordinación macroeconómica y competencia con la producción argentina.

 

(Posible) presidente con las manos desatadas El ascenso de Bolsonaro comenzó a gestarse hace años en la sociedad brasileña; algo así no surge de la noche para la mañana. Pero a la hora de enumerar factores, la crisis económica de larga duración que sufre este país desde comienzos del segundo mandato de Rousseff –y que motivó, en buena medida, su injustificada destitución– es sin dudas una de las razones centrales. Brasil se había asomado a la globalización como una gran economía emergente con aspiraciones y millones de brasileños salieron de la pobreza, pero la crisis recesiva que azota al crecimiento brasileño desde el año 2014 generó una enorme frustración. La criminalidad no ha parado de aumentar y de organizarse. Las iglesias cristianas neopentecostales se expandieron por todo el territorio, modificando valores culturales y familiares.

 

Bolsonaro logró reunir todos estos espíritus, y culpar al PT de todo. El PT culpable de la crisis económica, de la desmoralización familiar, de la delincuencia en las grandes ciudades, la corrupción. Y el discurso eficaz de Bolsonaro logró que su votante asocie todo ese rechazo con el sistema político brasileño. Bolsonaro ha hecho del antipetismo una política de la antipolítica. No llega a Brasilia a sentarse a conversar con el sistema: promete golpearlo y cambiarlo. Con su amplio triunfo electoral y el respaldo de militares y policías, Bolsonaro va a imponerle a la política un plan de shock. Un presidencialismo fuerte que va a poner los términos de la discusión. Promete revisar la matriz de la democracia brasileña de 1985, basada en las negociaciones y las coaliciones. Ese retorno a la “grandeza” de 1964, al auge de las multinacionales brasileñas (con amplia ayuda estatal) requiere un cambio en el régimen político. Por eso, Bolsonaro llega con las manbos desatadas. Lo que sea que se proponga hacer, lo hará con pleno uso de las facultades presidenciales.

 

Cambios en la política externa del Brasil No es lo mismo el “liderazgo regional” ensayado por Lula que la visión del “destino manifiesto brasileño” de la dictadura de 1964, que Bolsonaro dice extrañar. Salvo que uno tenga poderío militar o económico para imponer (cosa que en América Latina ningún Estado tiene), el liderazgo implica buena relación con los gobiernos de la región para poder aplicar la persuasión, la contención o la negociación. Eso fue lo que en diferentes momentos de la historia hicieron México o Brasil. Bolsonaro promete poner a “Brasil primero”, enfrentar a los gobiernos de izquierda, y hacer las alianzas extrarregionales necesarias para defender los intereses brasileños. Promete también una política pragmática y “no ideológica”, una asociación con Occidente (Estados Unidos) y anteponer las relaciones comerciales (eso fue lo que dijo, de hecho, sobre el Mercosur) sobre la diplomacia política. Aunque haya hablado poco del asunto, las bases conceptuales de una política regional de Bolsonaro lucen poco cooperativas y diferentes a las de todos sus predecesores. Lo que no necesariamente quiere decir que haya cambios demasiado bruscos, ni que se noten tanto.

 

Ortodoxo pero nacionalista Los asesores económicos de Bolsonaro son ortodoxos y las propuestas de su partido en la campaña también. Su discurso se nutre de los valores del emprendedorismo y el crecimiento económico personal, muy a tono con el mensaje de las iglesias neopentecostales. Su propuesta económica es menos Estado y más mercado. Sin embargo, el shock de ortodoxia en un solo país puede ser una competencia desleal para los vecinos. Los diferentes sectores de la economía real argentina deben sentirse preocupados ante las propuestas de Bolsonaro: “Brasil primero” puede querer decir que buscó reconstituir la competitividad local en desmedro de la regional.
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