El pedido de Trump a los exportadores de petróleo

El trasfondo del mensaje del presidente de EE.UU. a los miembros de la OPEP

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

La reciente solicitud del presidente Donald Trump a los exportadores de petróleo no fue un hecho aislado ni un gesto olvidable. Se inserta en una idea de seguridad energética que integra los fundamentos de la estabilidad económica, el equilibrio político y la defensa nacional. De ahí que el mensaje que enviara el pasado 19 de septiembre el Jefe de la Casa Blanca a los exportadores de este recurso, y en particular a los del Oriente Medio, deba leerse como una estrategia a largo plazo en el cual importa administrar el volumen de la producción de petróleo con vistas a bajar y estabilizar los precios, como pieza troncal del equilibrio y la paz globales.

 

El valor agregado del mensaje reside en que, por primera vez, un gobierno estadounidense pone sobre la mesa el nexo entre los apoyos de carácter militar, la protección regional y el balance energético. Y además no oculta el vínculo entre la presencia naval como medio de resguardar las rutas por las que transitan los grandes petroleros (estrechos de Bab el-Mandeb y Ormuz). También debido a que toma el riesgo de dejar en claro que la alusión se encamina a convocar expresamente a la OPEP, un foro del que forman parte Arabia Saudita, Emiratos Arabes Unidos y Kuwait, países que tienen una amplia y sofisticada relación con Washington.

 

En el discurso pronunciado el 25 de septiembre ante la 73° Asamblea General de la ONU (su segundo como presidente ante ese foro), Trump afirmó que Estados Unidos nunca cederá la soberanía estadounidense al control y dominación de una burocracia internacional, oportunidad en la que también reiteró que la OPEP se estaba aprovechando del resto del mundo al mantener precios muy elevados. Tal preocupación surgiría del supuesto vínculo entre el aumento del precio de los combustibles en su país y las elecciones de noviembre próximo, sin excluir el valor de sus acciones ante Irán.

 

En ese foro nadie olvida que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) es una criatura de Iraq, Irán, Kuwait, Arabia Saudita, Catar y Venezuela, basada en la inspiración de Juan Pablo Pérez Alfonso, ciudadano de ese último país al que se conoce como el padre de la idea. En la actualidad la misma agrupa a quince países y su claro objetivo fue y es operar un “cartel” de productores para negociar los precios del petróleo y coordinar la explotación de sus yacimientos, con el fin de revertir una situación que históricamente había sido favorable para los consumidores. En el año 1971, la OPEP acordó aumentos de precios con las empresas productoras y luego optó por fijarlos unilateralmente, como resultado del creciente conflicto entre las leyes del mercado y la política. Su labor estuvo signada por la idea de terminar la época del petróleo barato.

 

Cabe recordar que, en octubre de 1973, la OPEp declaró un embargo petrolero como respuesta al conflicto de Israel con Egipto, Siria y Jordania, por el apoyo que los Estados Unidos otorgaron al primero de estos países. Y, a pesar de su corta duración, la aludida crisis demostró la vulnerabilidad del mundo industrializado ante una repentina interrupción de los embarques de petróleo y su incidencia en el incremento de los precios. Al mismo tiempo, reflejó con hechos el nuevo concepto de Seguridad Energética”.

 

Al ponderar estos datos, es necesario tener en cuenta que Arabia Saudita tiene el segundo nivel de reservas petroleras del mundo (16% del total) y es el mayor exportador del planeta. En 2016, el 69% de sus exportaciones fueron destinadas al Asia. La presente novedad sólo reside en que la reimposición de sanciones estadounidenses a Irán, fue una de las causas que activó el presente aumento global de los precios. Ello no quita que Riad parece estar en condiciones de expandir su producción para abastecer al mercado internacional, pues tiene una producción diaria de 10 mbd (millones de barriles diarios) y la capacidad de aumentar ese nivel hasta los 11,5 mbd. Semejante decisión no depende de caprichos geoestratégicos, sino de los cambios económicos internos y del costo de su intervención bélica, o algo parecido, en Yemen.

 

En noviembre de 2016, Arabia Saudita procuró estabilizar los precios ante la competencia de la producción estadounidense y la existencia de excedentes en los mercados globales de petróleo, mediante un acuerdo en el marco de la OPEP (sus miembros producen alrededor de 32,3 mbd) para reducir la producción en 1,2 mbd y negociar una conducta similar con Rusia y otros productores que no forman parte de la Organización. En noviembre de 2017 tal entendimiento se prolongó hasta fines de 2018, lo que explica que hasta el momento no se registre ningún anuncio concreto sobre el aumento de la producción ante las sanciones a Irán y la situación de Venezuela que, como miembros de la OPEP, se oponen a cualquier corrección de enfoques.

 

Uno de los factores que inciden o condicionan el mercado del petróleo, es la existencia de una demanda subordinada a la actividad económica mundial. De acuerdo con el World Economic Outlook del FMI, el crecimiento global de la economía en 2017 fue del 3,7%, y las previsiones para 2018 y 2019 son del 3,7%. Durante 2017 los precios del valor del barril Brent fueron, en promedio, de US$ 54, y muchos esperan que, al concluir el año, ese nivel oscile en los US$ 66, o sea unos US$ 10 más que el año anterior.

 

Como reflejo de esta burbuja económica, se esperaba que, en 2017, la demanda global creciera en 1,5 mbd de petróleo para alcanzar a 97,8 mbd (Agencia Internacional de Energía o AEI), mientras la oferta promedió unos 97,3 mbd (aumentando 0.4 mbd desde 2016), Ese informe incluye el creciente papel de la producción de los Estados Unidos, que fue, en promedio, de 9,7 mbd.

 

Para 2018 se esperaba un aumento de la demanda de 1,3 mbd. Si tales datos se confirman, la OPEP continúa con los límites de producción de 2017 y la demanda no experimenta cambios, el déficit resultante debería compensarse con incrementos de la oferta de otros países, o petróleo proveniente de las reservas estratégicas. Estos hechos explican porque el barril Brent alcanzó los US$ 83 a fines de septiembre y se veía una clara tendencia a un mayor incremento de los precios.

 

Con poco ruido, el pasado 26 de septiembre, Trump presidió el Consejo de Seguridad de la ONU (lo que deriva de la presidencia rotativa de ese órgano), donde urgió a sus miembros a trabajar con Washington para dejar atrás el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015 para asegurar que Irán nunca obtenga un arma nuclear, lo que incluye un enfoque orientado a ejercer máxima presión para reducir sus exportaciones de petróleo, (como la puesta en marcha de las sanciones secundarias, las que incluyen a todo Estado que haga negocios con Teherán a partir del 4 de noviembre de este año). Sin embargo, muchos de los gobiernos no tienen una postura favorable a esa iniciativa, ni suficiente capacidad para reemplazar la producción iraní, que es de alrededor de 2,4 mbd. Los únicos que tiene cintura suficiente para hacer algo (Arabia Saudita y Rusia) tendrán que esforzarse al máximo para compensar otras posibles reducciones de Venezuela, Libia y Nigeria, existiendo fundadas dudas acerca de su voluntad de aliarse a Estados Unidos en esta jugada.

 

A su vez, la situación entre Estados Unidos e Irán se agravó si resultan algo más que retórica las declaraciones del presidente Hassan Rohuani en el seno de la ONU, acerca de que Irán solo consideraría la posibilidad de nuevas conversaciones con Washington si el Jefe de la Casa Blanca se desdice de su rechazo al Acuerdo Nuclear de 2015 y de la Resolución 2231 (2015) del Consejo de Seguridad. Aunque su Gobierno enfrenta graves problemas económicos y cierta insatisfacción popular, nada indica que Teherán se halle ante riesgos concretos de inestabilidad institucional.

 

En virtud de estos hechos, nada permite suponer la discontinuidad de las actuales tendencias. Tampoco existe base para descartar acciones militares en la región, donde Siria e Iraq albergan fuerzas de ambos países. Ello supone que los precios del petróleo pueden seguir aumentando, algo que está lejos de ser una buena noticia para la economía argentina.

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