El desafío de lograr trato justo con Trump, Bolsonaro y Xi

No resulta sencillo entender cuales son las metas y los medios que intenta aplicar el futuro Gobierno de Brasil

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Por ahora no resulta sencillo entender cuales son las metas y los medios de política comercial que intenta aplicar el futuro Gobierno de Brasil. Nadie, ni los portavoces más influyentes de la fuerza electa, se hallan en condiciones de diagnosticar cual será la brecha que hay entre sus intenciones de hacer y la capacidad de delivery que permitirá el uso de cada enfoque o las ideas que traen en la mochila. Sobre todo, si los enfoques que irán a Planalto, en compañía de los nuevos muchachos, no fueron precedidos por un test de consistencia y viabilidad al compararlos con las reglas obligatorias y datos que rigen el presente escenario internacional. Eso, si Brasil no toma el peligroso atajo de superar el récord de torpezas que acumula Donald Trump y decide caer en el disparate de abandonar la Organización Mundial de Comercio (OMC), cuyo Director General es un ciudadano de ese país (el embajador Roberto Azevedo).

 

Con las antedichas reservas, sería aconsejable que el posible diálogo entre el presidente Mauricio Macri y el mandatario electo Jair Messias Bolsonaro, a llevarse a cabo en el marco de los contactos que se suelen abrir al margen de las deliberaciones de la Cumbre del G20 que se efectuará en Buenos Aires este fin de mes, sea objeto de una prolija preparación ad hoc. En tal encuentro debería prevalecer un cuidadoso intercambio general de visiones y shopping lists con “mucha carne”, del tipo que despiertan el interés político de los mandatarios que pisan fuerte en Asia, Europa o América. No estaría demás analizar el futuro conjunto, si es que existe tal cosa, de las industrias de la aviación y qué hacer con los compromisos que rigen la industria nuclear. El Jefe de la Casa Rosada no debería sentirse seguro si sólo dispone de los insumos que están por llegar a los líderes del G20, el más distinguido escenario de cooperación internacional del planeta que, en la actual etapa preparatoria, cayó en la trampa de evitar las recetas destinadas a terminar, en forma creíble, las presentes guerras comerciales o sobre cómo ocupar el vacío de liderazgo que se advierte en el denominado exmundo occidental. Esos no son temas políticamente fáciles, pero esa es la realidad y la agenda que importa en materia de desarrollo y paz en este globo terráqueo. ¿Por qué no usar los atributos que da la presidencia? Los mexicanos suelen decir que “más vale pedir perdón, que pedir permiso”.

 

Algunos episodios de los últimos días ilustran la diferencia entre voluntad y realidad. Como ya se destacó en columnas anteriores, el Usmca, o sea el proyecto de acuerdo consensuado para reemplazar al Nafta que se concibiera a instancias de Donald Trump y sus apóstoles, tiene muchas piezas flojas y difícilmente pueda ser aprobado con el plantel legislativo que hoy integra el Congreso estadounidense. Mientras Donald Trump está encaprichado con imponer una cuota tarifaria para el acero y para el aluminio, como agregado o subproducto de las negociaciones del Usmca (dónde había prometido que este conflicto se iba a res0lver pero no cumplió). Ese era el foro o ámbito para destrabar el conflicto que provocó su propio gobierno con Canadá y México (lo que incluye a casi una docena de naciones) al aumentar unilateralmente, como acto de fe mercantilista, el arancel a las importaciones de esos productos. Cabe recordar que el representante del futuro Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que es el doctor Jesús Seade, alegó que tal enfoque debe eliminarse de cuajo y sin más trámite dentro del espíritu de una zona de libre comercio. Y por supuesto tenía razón desde el punto de vista legal y político. Pero el antecedente nació, como se explicara semanas atrás, en el caso de la industria automotriz, donde los negociadores de la Casa Blanca lograron que se aprobara la decisión tripartita de crear una cuota tarifaria con techo alto, de 2,6 millones unidades anuales por cada uno de esos dos países que está beneficiado por el Usmca a ingresar sin arancel a Estados Unidos (nivel operativo que hasta el momento nunca alcanzaron los dos socios de Washington).

 

Esa política siquiera es popular en Trumpilandia. Según estadísticas empresariales hay alrededor de 35.000 pedidos de excepción a las normas restrictivas a la importación de acero, basadas en problemas prácticos como falta de abastecimiento local, mal encuadre técnico en la medida original u obvios aumentos de los costos de producción, lo que impide o hace muy cara la oferta local. En el caso del aluminio sucede algo similar: hay más de 4.000 presentaciones de tono equivalente acerca de los efectos anticompetitivos y de abastecimiento que origina el incremento del arancel del aluminio importado. Aunque en algunos corrillos se cree que la cuota tarifaria que propone Trump será aprobada, la incógnita no tardará en revelarse y nadie descuenta la opción de conflicto. ¿Se comerá esta clase de sapos el nuevo Presidente de México, asume funciones en poco más de cuatro semanas?

 

Al margen del frente interno, Estados Unidos decidió enfrentar los pedidos legales de corrección de su política sobre acero y aluminio sobre la base de riesgos para la Seguridad Nacional (paneles en la OMC) originados en países como Noruega, China, la Unión Europea, Rusia, México, Canadá, Turquía y la India, con un desafío legal de tal enfoque bajo las disposiciones del Artículo XXI del GATT, el que permite utilizar esa restricción sin dar explicaciones. Además, Canadá finalmente aprobó, como se anticipara hace algunas semanas, una medida de salvaguardia contra las importaciones de acero, ante la presunción de que los productos que no accedan al mercado de Estados Unidos habrán de derivarse, a precios de remate, al más reducido y sensible mercado canadiense. Ottawa todavía no incluyó a Estados Unidos en la salvaguardia, por cuanto ya penalizó a ese país, a título de represalia unilateral, operaciones estadounidenses por casi US$ 12.800 millones.

 

Situaciones de igual o mayor calibre amenazan el comercio bilateral de Estados Unidos con la Unión Europea (UE), en sectores tales como los productos químicos, farmacéuticos y equipos médicos (en adición al acero y el aluminio), a lo que Trump amenazó con sumar el paquete de la industria automotriz adoptando una medida similar bajo el paraguas de la Seguridad Nacional, o sea la Sección 232 de la Ley de Comercio de 1962. A fines de julio pasado, los observadores políticos suponían que tan tradicionales aliados políticos negociarían la paz, cuando el presidente de la Comisión de la UE fue a la Casa Blanca para establecer un armisticio comercial. Error, en Washington suenan ruidos de sable, aunque no se sabe si ello forma parte de un enfoque negociador o es otra de las tonterías a las que el gobierno parece apegado. Tanto Europa como China están muy preocupados por estas maniobras, pero optaron por jugar con calma. En China todavía no se asume que el habitante de la Oficina Oval siempre redobla las apuestas suicidas y que piensa tanto en el divorcio como la reconciliación con parecida irresponsabilidad. Vaya en homenaje a Trump, que algunas de las travesuras chinas merecen un “correctivo ejemplarizador”. ¿Son estas las cositas que admira de Donald Trump electo Presidente Bolsonaro?

 

Y existen otras muestras de la diversa y compleja realidad internacional, que no resulta fácil negociar por fuera de los contextos legales disponibles.

 

Dejamos en suspenso el interés de algunas medidas que habrán de surgir del Brexit, las que tienen la facultad de incidir sobre el comercio exterior de todo el Mercosur, cuyas aristas ya son difíciles de manejar y administrar haciendo pie en las reglas de la OMC. Uno espera que el nuevo Gobierno de Brasil no imite a Argentina y apunte la pelotita de golf hacia los areneros o los laguitos artificiales.

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