El acuerdo de Oslo y la promesa incumplida

Se cumplieron 25 años de uno de los grandes hitos de la política internacional

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El pasado 13 de setiembre se cumplieron veinticinco años de uno de los grandes hitos de la política internacional. Se trata del momento en el que Bill Clinton, presidente de Estados Unidos, acogía en Washington a los que estamparon la firma en la “Declaración de Principios”, el primer compromiso formal entre Israel y la Organización de la Liberación Palestina (la OLP), hasta entonces considerada una banda terrorista. El texto se preparó con el objetivo de montar un proceso de creciente convergencia y convivencia entre ambos pueblos. Tal ceremonia permitió registrar el histórico apretón de manos entre el primer ministro laborista de Israel, Yitzhak Rabin y Yasser Arafat tras resucitar la idea del laborismo israelí, en 1992, de “territorios por paz”. Tras ese salto conceptual, y como resultado de las conversaciones secretas que se realizaron en Noruega entre los representantes de ambas partes, vio la luz lo que se identificó como el Acuerdo de Oslo, reflejado en la aludida declaración.

 

Era el momento en que Israel miraba la autonomía palestina como una etapa intermedia hacia un acuerdo final y donde ese pueblo debía quedar representado por la OLP. La secuencia sólo fue posible merced a la decisión de Arafat (entonces líder de la facción nacionalista y secular Al Fatah), quien en 1988 aceptó la resolución 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la solución que se conoce como “Los Dos Estados”. La existencia del denominado Proceso de Oslo permitió establecer un sistema de limitado autogobierno ejercido por la Autoridad Nacional Palestina (ANP); el mutuo reconocimiento entre Israel y la OLP, un retiro parcial israelí de parte de los territorios de la Ribera Occidental y la fijación de un plazo para comenzar las negociaciones de las cuestiones de fondo, pero que se debería concretar un comprensivo acuerdo de paz en 1999. Arafat tuvo la audacia de presentar el paquete a su pueblo como un resultado histórico, a pesar de que el texto no adjudicaba a Palestina la condición de Estado ni su independencia.

 

Tiempo después, el proceso derivó en los acuerdos que se denominaron “Oslo II”, concebidos para organizar los territorios y el Gobierno palestino involucrados en este proyecto que, sin devenir en un Estado, podía quedar organizado como tal y ser reconocido por muchos países (siempre bajo el escudo de la indefinición de fronteras y soberanía). Con esa secuencia, el 28 de noviembre de 1995 resultó posible suscribir los nuevos textos en Washington y hacerlo en el mismo año en que Arafat lograba ser electo presidente de la ANP. Los integrantes de la OLP que llegaron de Túnez con su nuevo líder consiguieron desplazar a los dirigencia local del movimiento palestino, quienes habían encabezado la primera intifada y darse a la tarea de crear nuevas instituciones.

 

Pero el 4 de noviembre de 1995, el sorpresivo asesinato de Yitzhak Rabin, materializado por un fanático judío ultraortodoxo, originó una profunda crisis tanto en el país como en el proceso de negociación. Ante la emergencia lo reemplazó temporariamente Shimon Peres, que convocó a elecciones en mayo de 1966, en las que fue imprevistamente derrotado por Benjamín Netanyahu, líder del derechista partido Likud. Este se convirtió en el Primer Ministro más joven en la historia del Estado hebreo y, tras un cierto interregno, volvió a instalarse en el poder en 2009, puesto en el que sigue hasta el presente con el apoyo de una coalición de extrema derecha. Netanyahu alternó desde entonces diferentes aproximaciones políticas, siempre bajo el paraguas de una fórmula concebida para sustituir la idea “territorios por paz” con la de “territorios para la seguridad”.

 

La accidental demora en la implementación de los acuerdos significó, para los laboristas, y para el país, el fracaso del Proceso de Oslo. Sin embargo, esa no fue la única dificultad. Otras fuerzas pensaron que el antedicho proceso imponía dificultades originales, ya que fue concebido buscando un “socio” para la paz cuando ambas partes siempre discreparon en los temas centrales. En otras palabras, señalaban que los protagonistas de Oslo estaban listos para negociar pero no para resolver los conflictos. También se alegaba que nunca existió un mecanismo de verificación externo para auditar las implementaciones de tales objetivos. Sobre todo porque los palestinos imaginaron que el proceso habría de terminar con los asentamientos israelíes, cosa que no sucedió. Al contrario, la constante expansión de las ocupaciones territoriales se ampliaron en forma constante y, por si faltara agravio al adulterio, el estatus de esas actividades fue legalmente reconocido por el Gobierno de Israel.

 

Tampoco Washington demostró tener el reloj en hora. Clinton se involucró recién en julio de 2000, al final de segundo mandato, en las negociaciones, intentando llegar en Camp David al acuerdo final con el presidente Arafat y el primer ministro laborista, Ehud Barak. Ahí el objetivo fue, por primera vez, establecer un Estado palestino viable. Pero, la demanda de otorgar el derecho al retorno de los refugiados, y el estatus de la ciudad de Jerusalén, llevó al fracaso tan ambicioso proyecto.

 

Varios de los protagonistas optaron por responsabilizar a Arafat por no haber tenido la visión necesaria para alcanzar la paz. En diciembre de 2000, Clinton presentó sus “parámetros” como un paquete de negociación que debía ser aceptado por las partes como base para un Tratado de Paz, lo que no tuvo buen eco. Y a pesar de que muchos de sus contenidos aún son válidos debido al interés de sus fórmulas para la solución de los temas centrales, las cosas no fueron muy lejos. Posteriormente, George W. Bush y Barack Obama trataron de ayudar a las partes a alcanzar la paz utilizando esos precedentes y la noción de presentar a Washington como un “intermediario honesto”, un enfoque que no alcanzó para domesticar la creciente complejidad de los acontecimientos políticos que surgieron en todo el frente del conflicto y en el conjunto de la región.

 

Desde una perspectiva actual, la ANP está en una crisis profunda por no haber podido constituir un Estado, una situación en la que tiene una parte sustantiva de responsabilidad. Los ataques terroristas y la segunda intifada que se desató a partir del 2000, y prosiguió por cuatros años, llevó a los israelíes a dejar atrás su interés en aceptar los compromisos de este proceso. A la vez, el control que ejerce el Grupo Hamás de la Franja de Gaza desde 2007 hasta el presente (una fuerza islamista que se opone al proceso de Oslo y a la existencia de Israel), dividió a los palestinos. El Presidente Mahmoud Abbas, quien fue electo como sucesor de Arafat en 2005, nunca pudo ser reelecto en esa categoría tras concluir su mandato y gobierna de hecho por decreto. Por otra parte, la ANP cambió de fisonomía y se volvió más autocrática y represiva con sus habitantes, un cuadro en extremo complejo ya que Abbas no tiene buena salud ni sucesor designado. A pesar de ello, la cooperación con Israel en temas de control de seguridad es ahora bastante efectiva y beneficiosa para ambas partes.

 

En semejante contexto, y en virtud de sus curiosos e innegables talentos, Netanyahu devino en el líder indiscutido de su país, donde las ideas que aceptan la autodeterminación exclusivamente para los judíos ya tienen vigencia legal y la negociación efectiva del proceso de paz quedó muy atrás. El Gobierno israelí sigue una política de hechos consumados al amparo de una situación regional que lo favorece y en virtud de los múltiples, graves y sensibles, conflictos existentes.

 

En estos días, y aunque el presidente Trump se comprometió a alcanzar “el acuerdo del siglo”, hasta ahora no se conoce su plan y, quizás por los comentarios negativos de los palestinos y algunos de los gobiernos árabes, su destape no parece inminente. Además, el reciente e intempestivo reconocimiento estadounidense de Jerusalén como capital del Estado de Israel y el traslado a esa ciudad de su propia embajada, más la suspensión tanto de sus contribuciones a la UNRWA (agencia de la ONU para los refugiados palestinos) como de la acreditación de los representantes de la ANP en Washington, a lo que se sumó su discurso ante la Asamblea General del 25 de septiembre, donde afirmó que no quería ser rehén de viejos dogmas e ideologías desacreditadas en la región, licúan cada vez más los respaldos para la fórmula de “Los Dos Estados”.

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