Chile, camino a ser un país de altos ingresos: las claves del éxito

Argentina tiene mucho que aprender del éxito trasandino y las reformas que le permitieron un crecimiento sustentable

 

Por Sebastián Senlle 

 

Acostumbrados a pensarnos como un país rico y superior a nuestros vecinos, el golpe a la autoestima argentina es duro: las proyecciones indican que Chile será el primer país de la región en convertirse en una economía de altos ingresos. El WEO, que publicó el lunes el FMI, asegura que para 2022 el país transandino superará los US$ 30.000 de ingreso per cápita.

 

La de Chile no es una historia de éxito súbito ni construida de la noche a la mañana en un boom de commodities, y sorprende por estar basada en pilares sólidos pero a la vez simples: equilibrio fiscal, estabilidad de precios, presión tributaria baja, apertura al comercio y desarrollo de un sistema financiero amplio, apoyado en la capitalización individual.

 

En 1980, hace apenas cuatro décadas, el ingreso per cápita argentino duplicaba al chileno, de acuerdo a la información recogida por el Maddison Project. Pero la brecha se fue cerrando sigilosamente: desde 1980 hasta 2016, el PIB per cápita creció a una tasa promedio de 3,3% anual, contra un 0,9% de Argentina. Y en 2012 se produjo el punto de inflexión: la economía transandina superó a la “criolla”.

 

Para 2016, la diferencia ya era del 14,7% y ampliando. Para Natalia Motyl, economista y analista de la Fundación Libertad y Progreso, el éxito chileno está relacionado con la libertad. “Según el Indice de Libertad Económica, Chile se posiciona entre los países con mayor libertad económica del mundo. Es un país que presenta una alta credibilidad internacional y un riesgo país bajo que te atrae inversores. También en Chile se respeta la propiedad privada y no tienen problemas de corrupción. A los ojos externos es un alumno que hace bien las cosas”, explica.

 

 

Cuentas en orden

 

Como parte de la OCDE, el selecto club de países avanzados que integra desde 2010, Chile resulta el miembro con menor gasto público sobre PIB, con 25,2%. Para poner en perspectiva la cifra, Argentina oscila en torno al 40%, al igual que Brasil. Mientras estos últimos acumularon en los años recientes déficits financieros del 6-8% del PIB, Chile pivotea alrededor del equilibrio. El resultado fiscal promedio desde 2008 hasta 2017 ha sido -0,77% del PIB, alternando años superavitarios y deficitarios, pero sin desvíos significativos.

 

Más aún, sorprende el rápido funcionamiento de las alertas para disparar correcciones fiscales antes que adquieran consecuencias severas. Tras acumular tres años seguidos con un rojo en torno a 2% (2015, 2016 y 2017), y ver rebajada la calificación crediticia del país de AA3 a A1 por Moody´s (aun así, la mejor de la región, y que le permite gozar de “investment grade”), el Gobierno de Sebastián Piñera anunció un programa de austeridad fiscal que recorta el déficit a 1,8% para 2018 y vuelve al equilibrio en 2019.

 

La disciplina fiscal comenzó con un duro programa de ajuste implementado por la dictadura de Augusto Pinochet, pero fue luego continuada por los gobiernos democráticos, incluso durante las gestiones de centroizquierda de la Concertación, evitando oscilaciones pendulares en el modelo.

 

“Chile comenzó a crecer (y eso es lo que debería hacer Argentina) cuando se llevó acabo el ajuste fiscal. La deuda pública se redujo a la mitad. Además Chile tiene un sistema de capitalización individual. La Argentina tiene un bache ahí enorme, sumamente deficitario y en bancarrota”, compara Motyl. “Lo bueno de la capitalización es que cada persona decide qué parte de sus ingresos va a consumir y cuál ahorrar para su jubilación”, agrega. Aunque cuestionado por sus efectos distributivos, el sistema ha permitido fomentar el ahorro y desarrollar un sistema financiero sólido que permite que el crédito al sector privado represente el 112% del PIB (en nuestro país, sólo es el 15%).

 

El pivoteo en torno al equilibrio fiscal, junto con el respeto a la autonomía del Banco Central de Chile, ayudaron a desarrollar con éxito un sendero de desinflación iniciado en 1991, cuando Chile fue pionero en el mundo emergente en aplicar inflation targeting. Para evitar una apreciación cambiaria que comprometiera la sustentabilidad externa, en los primeros años del programa, la autoridad monetaria aplicó en conjunto metas de inflación con metas de déficit de cuenta corriente. La inflación arrancó en 27,3% en el primer año del programa y se redujo a un dígito a los cuatro años, manteniéndose baja desde entonces. A septiembre de 2018, la variación del IPC acumulada en el último año es de 3,1%, la mitad de lo que se proyecta que tuvo Argentina sólo en ese mes.

 

Asimismo, la deuda externa pública se mantiene en valores bajos. El Gobierno chileno es el menos endeudado de todos los miembros de la OCDE: para agosto, el stock de deuda externa pública es de US$ 49.000 M (17% del PIB). La contracara es un endeudamiento más elevado del sector privado (43% del PIB), que aprovechó las buenas condiciones crediticias del país para financiar su crecimiento, alcanzando un stock de deuda de US$ 130.000 M, lo cual lo deja más expuesto a eventuales shocks externos.

 

Apertura, con saldo positivo Chile es uno de los países de la región más abiertos al intercambio comercial, lo que posibilita que sus habitantes accedan a productos electrónicos, textiles y otros bienes de consumo a precios competitivos. Tiene tratados de libre comercio vigentes con EE.UU., China, Japón, la Unión Europea, Canadá, México, Hong Kong, Vietnam, Singapur, Nueva Zelanda, Corea y los Países Nórdicos, entre otros.

 

El comercio exterior representa alrededor del 60% del PIB, pero lejos de sufrir una “avalancha importadora”, la balanza comercial resulta sistemáticamente superavitaria (en 2017, alcanzó los US$ 8.012 millones de saldo).

 

Las exportaciones en 2017 se acercaron a los US$ 70.000 M, 19% más que Argentina, que tiene dos veces y media más población. Las exportaciones gozan de un marco más competitivo que sus pares de la región. El Foro Económico Mundial la distingue como la economía latinoamericana mejor ubicada en su Reporte Global de Competitividad 2017-2018, obteniendo el casillero 33 (por encima, incluso, de potencias como España e Italia). Se destaca en rubros como infraestructura y desarrollo financiero, donde compite con los países desarrollados.

 

La creencia extendida es que Chile sólo exporta cobre. Pero no es así: este mineral y sus derivados sólo representan en torno a la mitad de las ventas externas. La otra mitad incluye una amplia variedad de bienes, como pescados (6%), uva y vinos (5%), químicos (3,8%) o hierro (1,5%).

 

Los falsos mitos

 

En Argentina, el argumento con el que hemos intentado consolarnos ante el éxito del país transandino es que se trata de un modelo que, aunque exitoso en materia de crecimiento, amplía la desigualdad de ingresos y restringe la movilidad social al no contar con educación superior universalmente gratuita. Pero, atención: ambas afirmaciones no son más que un mito.

 

Si bien la desigualdad es elevada, el modelo no la ha ampliado; por el contrario, el índice de Gini, la medida de uso más extendido para evaluar desigualdad de ingresos, muestra una baja muy lenta, pero sostenida en las últimas décadas. De acuerdo al Banco Mundial (asumiendo 1 como “igualdad perfecta” y 100 como “máxima desigualdad”), Chile mejoró de un puntaje de 56,2 en 1986 a 51,5 en 2003 y 47,7 en 2015. Argentina alcanza un puntaje mejor (41,4), pero con una trayectoria pendular que la deja casi en el mismo punto que en 1986.

 

Un reciente informe de la OCDE señala que la movilidad social se ha acelerado: la probabilidad que el hijo de un padre perteneciente al cuartil de menores ingresos ascienda al cuartil de mayores ingresos del país es comparativamente alta, en relación al resto de los integrantes del organismo.

 

El acceso a la educación superior es otro de los puntos polémicos del modelo chileno, dado que no tiene el carácter universal gratuito que adquiere en Argentina (si bien el tema se encuentra en revisión, a causade un proyecto aprobado por el gobierno saliente de Bachelet).

 

Sin embargo, incluso bajo el modelo arancelado, el 30% de los jóvenes chilenos de entre 25 y 34 años tiene un título superior (según la OCDE), por debajo de la media del “club de países desarrollados” (44%), pero picando en punta en la región, por encima del 23% de México, 17% de Brasil y 18% de Argentina.

 

Lejos de conformarse con frases que recaen en lugares comunes, Argentina tiene mucho que aprender del éxito del vecino transandino y las reformas que le permitieron embarcarse en un crecimiento sustentable. Sobre pilares simples, pero con raíces fuertes, al otro de la cordillera hay un país que avanza y a paso firme.

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