“Bolsonaro es una novedad incómoda para Cambiemos”

El Economista dialogó con Julio Burdman (Observatorio Electoral Consultores)

 

Entrevista a Julio Burdman Observatorio Electoral Consultores Por Alejandro Radonjic 

 

El Economista dialogó con Julio Burdman (Observatorio Electoral Consultores) sobre el panorama en Brasil, a una semana del balotaje y su posible impacto en Argentina, que además enfrenta su propio proceso electoral en pocos meses.

 

Comencemos hablando de la muy probable victoria de Jair Bolsonaro en el balotaje de Brasil, agendado para el 28-0. Si las encuestas están en lo cierto, rondaría los 60 millones de votos afirmativos: sería no sólo uno de los presidentes más votados de la Historia de Brasil sino, también, uno de los líderes globales con más votos. Exploremos el potencial impacto en Argentina. empecemos por la economía. Aun con la pintura fresca y a varios meses vista de su eventual arribo al Palacio del Planalto, ¿es una buena noticia para las Macrinomics?

Yo creo que no es buena noticia para la economía argentina. Si fracasa, nos impacta mal. Y si tiene éxito, también. Bolsonaro promete intentar una respuesta durísima a la crisis que afecta a la mayoría de los mercados emergentes: un ajustazo macro. Dijo reiteradamente en la campaña que defender a Brasil es defender la vida de las empresas brasileñas. Y va a favorecerlas con bajas de impuestos acompañadas por un recorte del gasto. Lo que dice no es nada fácil de implementar. Porque también piensa aumentar el presupuesto de defensa y seguridad pública. Involucrar a militares y policías en los asuntos públicos suele redundar en aumentos del gasto. En el Estados Unidos de George Bush (h) la combinación de recortes impositivos con el aumento del gasto en defensa y seguridad –la costosísima “guerra contra el terrorismo” y la creación del Departamento de Homeland Security–terminó en la crisis de 2008. Bolsonaro preanuncia algo similar a escala sudamericana. Varios observadores dicen que eso es inconsistente y que el presidenciable va a aprender desde el Planalto que la realidad es muy difícil de cambiar. Son quienes dicen, en definitiva, que bajada la espuma de la campaña Bolsonaro, va a ser “un Presidente brasileño más”. Es eso o el fracaso de un plan inconsistente que podría llevar a la macro brasileña al desequilibrio. Eso es, palabras más o menos, lo que dice The Economist. Yo prefiero creerle a Bolsonaro. Creo que alguien con su vehemencia, ante una dirigencia política arrasada y una montaña de votos puede, introducir fuertes cambios en Brasil. Y si cree en su programa libertario, puede llevarlo a cabo. Los costos sociales serán grandes, pero al principio no se notará. Pero bueno, ese ajustazo competitivo podría afectar a toda la economía argentina. Haciendo una mala analogía, podríamos sufrir otro 1998. Porque aquí devaluamos fuerte, pero como el Gobierno no hace acuerdos de precios, las oscilaciones del tipo de cambio se trasladan a inflación y seguimos siendo caros y poco competitivos. Un Brasil nacionalista (en formato libertario) haciéndonos dumping no puede ser una buena noticia. Si Bolsonaro cumple sus promesas vamos a tener que pensar, nosotros también, en defender nuestro interés nacional.

 

Políticamente, ¿cómo impacta? Algunos se preguntan quien será el Bolsonaro en la Argentina del 2019. Estimo que, también, eso acontecimiento dependerá del éxito que tenga en sus primeros meses en Brasil.

 

Para Cambiemos el ascenso de Bolsonaro es un acontecimiento incómodo. El oficialismo es una coalición de centroderecha que no se asume como tal. La idea de que en América del Sur hay “un giro a la derecha” es reduccionista y poco útil para entender los procesos nacionales, pero es potente, pega, y Mauricio Macri no quiere verse reflejado en ella. El quiere ser Emmanuel Macron o Justin Trudeau, nunca Donald Trump o Marine Le Pen. Las comparaciones admisibles llegan hasta Sebastián Piñera o Juan M. Santos. El bolsonarazo pega en la autopercepción cambiemita: recordemos que hasta hace no demasiados meses, intelectuales cercanos al oficialismo hablaban de “centro popular”. En otro plano más material, la metáfora de Bolsonaro aumenta la probabilidad de que un nuevo partido de derecha dura aparezca en el escenario electoral. Y esto es un problema para Cambiemos porque puede robarle algunos votos clave. Las condiciones están planteadas: hay una parte –pequeña aún– del electorado que está dispuesta a votar por un candidato de ultraderecha. Se trata de enhebrar varios debates subyacentes: pañuelos celestes, rechazo del gasto público y el populismo, culpabilización de los pobres, gatillo fácil, “fueron 9.000”. La rabia blanca está entre nosotros. La dirigencia de Cambiemos no comulga con estas cosas, pero una parte de su electorado está radicalizada. Detrás del odio al cristinismo, que hoy está admitido por la cultura política, pueden esconderse algunas ideologías más obscuras. Si Cambiemos pierde algunos votantes por izquierda -socialdemócratas desencantados que puedan ser seducidos por Margarita Stolbizer, Ricardo Alfonsín y los socialistas santafesinos- y otros por derecha –bolsonaristas y predicadores por una Argentina sin impuestos– su base de apoyo puede menguar. Porque ni Stolbizer ni José L. Espert van a salir a cazar votos peronistas.

 

Meses atrás, escribió que Mauricio Macri tenía el desafío de los 30. Allí decía que debía evitar que la inflación superara el 30%, que el dólar se ubicara arriba de $30 y que su imagen perforara los 30 puntos. Sabemos que pasó con las 2 primeras variables, ¿cómo está su imagen hoy? ¿Quiénes lo apoyan y por qué?

Macri sigue en 30 puntos de aprobación y popularidad. En parte se lo debe a que el sentimiento no-peronista sigue monopolizado alrededor de Cambiemos. De ahí lo que te decía recién: la amenaza principal de Cambiemos hoy son los radicales desencantados, los socialistas, los economistas libertarios, el partido de los pañuelos celestes. Todos aquellos con vocación de robarse algunos votos cambiemitas. Incluyo dentro de este grupo amenazante, por supuesto, a la hipótesis de su propia escisión. Por eso Lilita Carrió juega con la fantasía de la ruptura. Ese electorado no se pasa al peronismo con facilidad. En 2003, aún después del desastre de 2001, la gran mayoría de los votantes aliancistas fueron a Ricardo López Murphy, Carrió y Leopoldo Moreau. El otro problema que enfrenta, ya imaginando un balotaje, es el enojo creciente del resto de los votantes. Me refiero a los que nunca apoyaron a Cambiemos, y también a los que apoyaron a Macri en segunda vuelta por descarte de Daniel Scioli. La mayoría de los argentinos hoy dice que no votaría a Cambiemos por ningún motivo. Yo creo que Macri y los que lo acompañan lo saben, pero consideran que ese es un problema a resolver más adelante. Que la estrategia de ahora es mantener el 30%, y que después se verá como adquirir un nuevo lote de “apoyo blando” por descarte. Pero ojo, que mantener viva a Cristina ya no alcanza para eso. Cambiemos deberá ofrecer servicios y bienestar a esos votantes que se desencantaron por razones económicas.

 

La estrategia oficial del Gobierno es mantener el 30% duro, y después ver cómo adquirir un nuevo lote de “apoyo blando” por descarte

 

¿Qué balance hace de Cambiemos en tanto coalición? La pregunta no es inocente. Asistimos a un momento de tensión entre los miembros de la alianza pero, más allá de eso, no es la primera que debe administrarse y, además, nadie especula con que la sangre llegue hasta el río…

Yo creía hace dos años que Cambiemos iba rumbo a convertirse en un espacio político identitario, con forma de partido. Pero entonces suponía otra situación económica. Hoy Cambiemos enfrenta un problema de identidad, y una parte de sus integrantes comienza a recordar de donde viene. No funciona bien como coalición pero los radicales se sienten más radicales, los jacobinos se inmolan en el antikirchnerismo moral, los “votantes independientes” se justifican en sus opciones estratégicas. Por esa razón, los ministros más lúcidos del gobierno insisten con la idea de profundizar sus programas. Acelerar la conciencia de ser cambiemita. El golpe de una economía que no arrancó fue muy duro para una fuerza nueva. Que enfrenta riesgos de fragmentación. El ejercicio del Ejecutivo y el encierro en sí mismo son sus principales defensas.

 

El Gobierno que lidera Mauricio Macri es una coalición de centroderecha que no se asume como tal

 

¿Cómo imagina la oferta electoral de 2019? Más allá de los nombres, porque aún falta mucho, ¿avizora un escenario de tercios con dos peronismos (sumando el kirchnerismo en ese universo) contra Cambiemos o considera posible algún gran frente opositor que una el peronismo federal con Unidad Ciudadana?

Así como te decía que el gran desafío de Cambiemos es mantenerse unido hasta el 2019, el peronismo sigue sin saber cómo va a ser su coalición electoral. Los votos están, pero pasan los meses y los problemas de organización no se resuelven. A esta altura, tiendo a creer que las cosas se irán resolviendo sobre la marcha, e impulsadas por las lógicas locales. El “de abajo hacia arriba” va a terminar incidiendo. Y por abajo, me refiero al nivel provincial. Salvo en Buenos Aires, porque ahí hay un vacío más profundo. Cristina Kirchner es una figura electoral potente en el conurbano y las ciudades grandes pero no se preocupa por el armado del peronismo bonaerense. En algún momento, los intendentes van a plantear algún plan. En otras provincias va a pasar algo parecido: ante la falta de liderazgo desde arriba, los acuerdos locales se irán cerrando. En este marco, la oferta presidencial puede terminar acomodándose a la geografía política. Y entonces, si hay uno o varios precandidatos puede ser menos relevante de lo que hoy parece. La unidad no son las fotos porteñas: es que el peronismo se posicione para ganar en los municipios y las provincias

 

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