Una solución chilena a los problemas argentinos

Deshacer el círculo vicioso de inflación y apreciación cambiaria es complejo, pero no debemos mirar muy lejos para encontrar ideas valiosas

 

Por Fernando Morra Economista (FCE-UNLP) 

 

Por tercera vez en el último quinquenio el país registrará la combinación de una caída en el nivel de actividad junto con una aceleración de la tasa de inflación luego de una abrupta devaluación. Como en el mito de Sísifo, que debía empujar una piedra que antes de alcanzar la cima volvía a rodar cuesta abajo, Argentina ha repetido períodos de devaluación, inflación y recesión para pasar luego al atraso cambiario, desinflación y recuperación de manera recurrente.

 

 

Las condiciones de nuestra economía rompen lo que autores como Olivier Blanchard llaman la “divina coincidencia”: la brecha de producto y la inflación no se mueven al unísono sino en direcciones opuestas. La receta de política monetaria habitual para enfrentar una recesión (reducir las tasas de interés para incentivar la demanda agregada) no sólo no es practicable sino que en un contexto en el cual los individuos escapan de los activos financieros denominados en pesos la mejor respuesta será mantener una elevada tasa de interés durante varios meses. En una economía abierta, las altas tasas pueden volver a generar incentivos a un nuevo ciclo de ingreso de capitales y al igual que en los otros dos episodios, de resultar exitosa, esta estrategia nos podría llevar al mismo punto de partida, con un tipo de cambio corriendo muy por detrás de la inflación y un nuevo proceso de apreciación cambiaria. Deshacer este círculo vicioso es sin lugar a dudas una tarea compleja, pero tal vez no debamos mirar muy lejos para encontrar algunas ideas útiles para ello.

 

 

A principios de los ’90, Chile definió una estrategia que permitió al mismo tiempo alcanzar una desinflación gradual con un elevado crecimiento económico y cuyos elementos centrales podrían ser útiles en la situación actual, entre ellos.

 

Estabilidad de precios como objetivo primario de largo plazo de la política monetaria. Se modificó la carta orgánica del Banco Central, estableciendo como objetivo primordial la estabilidad de precios y especificando que la autoridad monetaria debía explicitar una tasa de inflación objetivo. Se procedió a establecer con posterioridad metas extremadamente graduales de reducción de la inflación, facilitando la credibilidad del programa. La inflación era un objetivo al que se convergería gradualmente.

 

Previsibilidad cambiaria. Se mantuvo el sistema de bandas cambiarias prenunciadas, esto es, un esquema por el que se establecía el rango que se le permitiría fluctuar al tipo de cambio con un año de anticipación. Dependiendo del período, los argumentos para definir estas bandas incluían una compensación por la inflación pasada, ganancias de productividad y las fluctuaciones de una canasta de monedas.

 

 

Retorno real positivo de activos financieros en moneda local. Se mantuvo el sistema de moneda indexada (Unidad de Fomento) que prevalecía en el sistema financiero durante la década del ochenta y se estableció una tasa de intervención de la política monetaria también indexada, procedimiento que replico el tesoro para su financiamiento.

 

 

Control al ingreso de capitales de corto plazo. Se estableció 30% de encajes no remunerados para el ingreso de capitales desde el exterior con plazo menor a un año.

 

En pocas palabras, se entendió a la desinflación como un proceso de transición, con un compromiso de reducción gradual del crecimiento de los precios en el largo plazo y evitando el uso indiscriminado del tipo de cambio como ancla para contener los precios internos. Se mantuvo un rendimiento positivo a quienes mantuvieran sus ahorros en moneda local garantizando que las tasas le ganasen a la devaluación. Dado que esto significó mantener tasas en dólares positivas (y elevadas), se evitó que esas ganancias generasen el ingreso de capitales especulativos de corto plazo que generarán comportamientos cíclicos del tipo de cambio.

 

¿Puede aplicarse una solución chilena a los problemas argentinos? Podría intentarse, considerando las diferencias y similitudes de cada una de las circunstancias, pero también recordando que esto es sólo el andamiaje para enfrentar los desequilibrios macroeconómicos relevantes: dotar de sostenibilidad a las cuentas públicas e incrementar la capacidad productiva en transables. Enfrentar los desafíos importantes sin contener los problemas urgentes será muy complejo, por lo que es necesario un marco claro que dote de previsibilidad a los planes a futuro de los sectores público y privado. Por otra parte, parece necesario reforzar el aprendizaje sobre el manejo de la política monetaria, sin reglas absolutas que encierren promesas de las que, conociendo nuestra historia, siempre es costoso salir.

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