Peronistas somos todos

Los argentinos adscribimos, sin saberlo ni quererlo, a una concepción de la economía que nos aleja desde hace varias décadas del crecimiento y el desarrollo

 

Por Jorge Bertolino Economista

 

El título refiere a una famosísima frase del General Perón, rescatada recientemente por Dardo Gasparré en una nota de su autoría.

 

Justicialistas, radicales, militares, apolíticos, pobres, ricos, lindos, feos, la mayoría de los argentinos adscribimos, sin saberlo ni quererlo, a una concepción de la economía que nos aleja desde hace varias décadas del crecimiento y el desarrollo en el que están inmersos varias decenas de países que listan en la categoría de emergentes.

 

La mayoría de ellos ha encontrado en las cadenas globales de valor una gran oportunidad para crecer aceleradamente, por medio de una producción masiva para el mercado externo, ya que este nuevo modo de producción y comercialización internacional no requiere la integración previa de toda la cadena productiva, en la cual se basaron la mayoría de las viejas teorías sobre el crecimiento y el desarrollo económicos de buena parte del siglo pasado.

 

Muy por el contrario, la integración a estas redes internacionales, sin necesidad de dominar todos los eslabones previos de la cadena productiva, permite desarrollar aquellos nichos para los cuales cada país tiene alguna ventaja comparativa, y disimular, de esta manera, la falta de desarrollo previo de una base industrial sólida y competitiva.

 

El derrotero

 

A partir del Golpe del ‘30, el predominio de las ideas nacionalistas, coronadas con la aparición del peronismo, a mediados de la década siguiente, condujeron al país al establecimiento de reglas de juego que, a la luz de los resultados obtenidos hasta el presente, han fallado en proporcionar a la población las mejoras que en los discursos se ha pregonado insistentemente.

 

Con la loable intención de mejorar la situación de los estratos sociales de más bajos ingresos, se dictaron normas y regulaciones que implicaron e implican, en su conjunto, un sobrecosto elevadísimo para todo el sector productivo, no sólo para la industria sino también para el agro y los servicios.

 

La clase dirigente de Argentina, como guiada por una nefasta mano invisible, propició o toleró el establecimiento de una organización del modo de funcionamiento de la economía que permitió una mejora transitoria en el nivel de vida de los sectores populares. Pero lo hizo a costa de introducir rigideces e ineficiencias que provocaron rápidamente crisis en el sector externo de la economía.

 

Las devaluaciones con alta inflación y caída de los salarios han sido recurrentes, y obedecen a la imposibilidad de generar divisas genuinas por la vía del comercio, debiendo acudirse, en su reemplazo, a las diferentes ventanillas del financiamiento internacional.

 

Organismos financieros multilaterales, bancos y gobiernos, entre otros, todos fueron víctimas una y otra vez de nuestra incapacidad de alcanzar un desarrollo sustentable, y fueron estafados mediante atrasos, moratorias, quitas y defaults.

 

Todo un menú de opciones que nos aleja cada vez más del financiamiento voluntario del shock de inversiones que necesitamos para salir del estancamiento.

 

Cada una de estas crisis borró rápidamente los ilusorios avances sociales obtenidos en el período previo. Es lo que una nota anterior en El Economista denominamos “ciclo del modelo populista”.

 

Estos avances y retrocesos, que someten a la sociedad a un cruel laboratorio social, se asemejan a un terrorífico juego de la oca en el que casi todos pierden.

 

Casi todos. Porque algunos sectores más acomodaticios han logrado sobrevivir y beneficiarse de este conjunto de reglas de juego. Hasta podría pensarse que lo han propiciado. Son los ganadores del modelo. Los que viven de él y no desean el cambio de las viejas reglas de juego, que nos llevaron y nos mantienen en la decadencia y el desasosiego.

 

La inmensa mayoría, en cambio, por falta de conocimiento de las reglas de funcionamiento básicas de la economía moderna, propicia o tolera el mantenimiento del statu quo.

 

Amagos de reformas estructurales imprescindibles obtienen como respuesta una agitación social desmesurada. El poco convencimiento de sus impulsores hace el resto.

 

Peronistas somos todos

 

Culpamos a las empresas por los aumentos de precios. Creemos que si se aumentan los impuestos, éstos son pagados por los sujetos gravados. En cualquier clase introductoria de finanzas públicas se enseña que el impuesto no incide sobre el sujeto gravado sino sobre el consumidor final. El monto del gravamen se traslada hacia adelante en la cadena productiva hasta llegar al último eslabón, que está imposibilitado de hacerlo, y se ve obligado, entonces, a sufrir sus consecuencias.

 

Más de la mitad del precio de los productos de consumo básico son impuestos. Las empresas son meras agencias recaudadoras de los gobiernos nacional, provincial y municipal. Todos gravan alegremente y de todas las maneras posibles a las empresas, creyendo que de esta manera afectan sus ganancias.

 

No lo hacen. Lo que consiguen es disminuir el poder de compra de los sectores populares. Achican el consumo y el mercado interno. Por esta vía, indirecta, cae la ganancia empresarial y luego la inversión. La perinola argentina del “todos pierden”.

 

Hasta los privilegiados pierden con esta manera de “combatir al capital”. Porque ganarían mucho más con una economía sana y en crecimiento, que con los irritantes privilegios de la economía actual.

 

Peronistas somos todos. Nos asustamos cuando escuchamos hablar de reforma laboral, reforma previsional, reforma administrativa del sector público, reforma impositiva, etcétera.

 

Las reglas de juego actuales no sirven para los modos flexibles de producción que se necesitan para poder competir exitosamente en la escena internacional. Fueron impuestas el siglo pasado, y respondían a las necesidades de esa época. Eran los tiempos de los modos de producción masiva. Las teorías del desarrollo en boga propiciaban la inversión pública en sectores básicos sin importar el costo ni la rentabilidad social de los proyectos. Eramos todos peronistas. Había que tener independencia económica y justicia social. Solo que la independencia económica se obtiene con un país en franco crecimiento, con empresas exportando y compitiendo, con generación genuina de divisas en el comercio internacional y sin la necesidad de mendigar préstamos externos de emergencia cada ocho o diez años.

 

¿Y la justicia social? Si “combatimos al capital”, desaparece la inversión, hay desocupación, bajos salarios y el Estado debe “ayudar” a los que se quedan afuera del sistema. Cuando la ayuda se hace permanente, desaparecen los incentivos para trabajar y sostenerse sin apoyo de los programas de ayuda social. Además, las crecientes erogaciones generan aumentos permanentes del gasto público. Para financiarlo se crean más y mejores impuestos. Cada vez combatimos más eficientemente al capital. Cada vez somos más peronistas.

 

La justicia social requiere creación genuina y creciente de riqueza. La distribución de esta riqueza creciente es lo que permite la mejora social. No es verdad que desde el Estado se pueda contribuir a una distribución más equitativa del ingreso. La distribución se genera instantáneamente en la etapa productiva, en respuesta a las señales de precios que reciben los agentes económicos que participan de ella. La señal que se necesita para beneficiar a los más necesitados es la de una demanda laboral creciente, con salarios en alza. Y esto, volvemos al punto de partida, sólo es posible con un fuerte shock de inversión.

 

La manera de obtener los resultados de los treinta o cuarenta países que están creciendo aceleradamente en los últimos años es copiar los cambios que están generando estos resultados.

 

Bajar los impuestos; reformar el Estado; introducir cambios el mercado de trabajo, haciéndolo más flexible y adaptado a los nuevos métodos de producción y, además, reformar el sistema jubilatorio, haciéndolo más libre y voluntario, con nuevas alternativas para un retiro digno.

 

En síntesis, tenemos que dejar de ser tan peronistas. Principalmente los peronistas. Significaría un avance importantísimo para el progreso del país que los principales dirigentes de este partido renunciaran a las malas herramientas que tradicionalmente usaron para hacer posibles sus consignas de soberanía política, independencia económica y justicia social. Porque las consignas son nobles y posibles de realizar.

 

Los dirigentes justicialistas tienen una llegada a los sectores que hoy impiden los cambios que no tiene ningún otro partido. Si abrazaran la bandera del progreso apoyando medidas a primera vista antipáticas, pero imprescindibles para desatar el huracán inversor y productivo, tendríamos seguramente un futuro venturoso como nación. Y entonces sí que todos seríamos verdaderamente peronistas.

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