Macri y la crisis de confianza

El Gobierno tienen necesidad de ampliar su base de sustentación para revertir la emergencia

Macri confianza calma

Por Hugo Haime 

 

Tal como lo definió el presidente Mauricio Macri, el país está en emergencia. Lo dijo con todas las letras y con el dramatismo con que quiso trasmitirlo en su último discurso. Meses antes que el Gobierno decidiera asumirlo, la población había percibido que el rumbo del país estaba mal encaminado y le fue perdiendo la confianza. También los mercados externos le perdieron la confianza. El proceso de endeudamiento sin resolución de problemas estructurales hace temer un default y el dólar se escapa y los bonos caen.

 

Estamos, entonces, ante una crisis de confianza que se ha autoinflingido el Gobierno. No le cumplió al Fondo Monetario Internacional (FMI). No le cumplió a los fondos de inversión. Y no le cumplió a la población. Desde que asumió la presidencia, hasta octubre de 2017, más que logros económicos, la fortaleza de Cambiemos era que las expectativas se mantenían por encima de la aprobación de gestión. Pero, desde fines de 2017, las expectativas caen mientras inflación y dolar y pobreza crecen.

 

En todo ese período, el discurso del Gobierno fue el mismo: estamos por el buen camino, cuesta mucho sacarse de encima la herencia del país quebrado que dejó el kirchnerismo y próximamente se verán los frutos de esfuerzo. La aparición de los cuadernos de Centeno parecían abrirle una oportunidad para que la población estuviera mas pendiente de las detenciones y allanamientos que de los padecimientos del bolsillo. Sin embargo, ello no ocurrió.

 

Mientras los medios machacaban sobre la corrupción kirchnerista, un dólar a 40 pesos era una señal suficientemente fuerte a los ciudadanos para preocuparse por su bolsillo. Preguntados por qué están más preocupados, siete de cada diez nos contestaron que por la economía más que por la corrupción. Y ello no porque a la gente no le importe que los políticos y empresarios estén entrelazados en negocios non sanctos, sino porque creen que, salvo excepciones, los de todos los bandos están manchados por la corrupción. Finalmente, se cree que la diferencia en relación a la corrupción entre el gobierno K y el de Macri es sólo una cuestión de grados.

 

Esta idea de que todos los políticos roban, sumado a que se sigue pensando que Macri gobierna para los ricos, le dificulta al Gobierno desplegar un discurso que le amplíe la base electoral, ceñida hoy a un tercio muy similar a la obtenida en primera vuelta 2015. Las acciones del Gobierno y su discurso día a día lo encierran en sí mismo. La no apertura del gabinete a sus aliados radicales le resta la base de sustentación. Una base de sustentación que le es imprescindible ampliar para poder soportar la emergencia. La próxima semana se anuncia un diálogo con los gobernadores y la posterior aprobación por éstos del Presupuesto. Foto que parece necesitar el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne ante el FMI y ante los bonistas.

 

El problema es que se vuelven a recrear prácticas que molestan a la oposición. El rictus sería mas o menos así. El Gobierno toma una decisión y le pide a la oposición que le acompañe. Si ésta no lo hace terminan siendo desestabilizantes y culpables de las crisis. Pero los gobernadores y sus bloques de diputados y senadores parecen estar diciendo que eso no va más. El proceso de ajuste que incluye a la paz social de las provincias es un tema suficientemente delicado como pa
ra que los gobernadores sean dadores de gobernabilidad pero dentro de márgenes que no les compliquen la paz social ni sus reelecciones.

 

Como dijo la diputada nacional Elisa Carrió, asoman seis meses muy duros y este mes el Gobierno juega parte de su futuro, tanto en la negociación con el FMI como en la visita que el Presidente hará en Nueva York a los bonistas. Tres días con un dólar quieto no son suficiente señal de tranquilidad para nadie y, mucho menos, para los que cobran salarios con incrementos del 23%, que terminarán pagando 20 puntos más por los productos.

 

La emergencia necesita, entonces, de una base de sustentación política que es difícil que el Gobierno consiga repitiendo conductas sectarias y apelando nuevamente a la grieta.

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