La UE quiere reflotar la idea de soberanía regional

Debido a la fragilidad (creciente) de la tradicional alianza entre Bruselas y Washington

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El 12 de septiembre, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión de la Unión Europea (UE), dedicó una parte de su cuarto y último mensaje sobre el “Estado de la Unión” ante el Parlamento Europeo, a reivindicar y reciclar un crucial objetivo político. Con la mirada puesta en la contienda electoral de junio de 2019 , cuyo resultado podría originar un drástico cambio en la relación de fuerzas del Viejo Continente y en los enfoques que irradie el que pueda sucederlo en el puesto, enfatizó la posibilidad de alcanzar la soberanía de dicha región. Tal movida supuso la adopción de la terapia formulada semanas atrás por la canciller de Alemania, Angela Merkel quien, al ver los diversos hechos sísmicos del actual tablero político, como la fragilidad de la tradicional alianza de Bruselas con Washington, dictaminó la necesidad de cortar por lo sano. La dirigencia europea está muy inquieta por el brumoso futuro de esa estratégica relación.

 

La importancia del Parlamento Europeo surge del creciente poder de decisión y veto que fue adquiriendo ese poder legislativo compuesto por 751 diputados que representan directamente a los ciudadanos, y no a las instituciones de sus Estados de origen. Los diputados de dicho órgano acaban de demostrar, por ejemplo, como pueden defender los valores democráticos frente al autoritarismo populista, al votar un procedimiento que puede desembocar en la sanción de la Hungría de Viktor Orbán con sólo aplicar el artículo 7 del Tratado de UE, lo que implicaría la suspensión del derecho de voto de ese país por violar la libertad de expresión y perseguir a minorías y disidentes nacionales. El de Hungría no es el único de los gobiernos que patina con descaro a contracorriente de los habituales valores de la socialdemocracia del Viejo Continente.

 

En esa oportunidad Juncker afirmó, con llamativo optimismo, que el análisis geopolítico induce a reivindicar, ante el visible resurgimiento de movimientos y brotes de cuestionable nacionalismo, una estrategia de soberanía europea. Al hacerlo, mencionó que, tras superar la Gran Recesión desatada por la caída del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers (que detonó la crisis de 2007/09), Europa demostró la capacidad de rehacer los pilares económicos y financieros que fueran sacudidos por factores externos a la región. También subrayó que la economía había crecido durante 21 cuatrimestres consecutivos y que desde 2014 se habían creado 12 millones de nuevos empleos, con lo que 239 millones de personas estaban trabajando y Grecia había logrado consolidarse, un diagnóstico que no tiene generalizada aceptación.

 

En ese inventario recordó, sin mencionar las guerras comerciales, que el Viejo Continente ostenta su calidad de potencia del comercio mundial, una red de acuerdos comerciales con 70 países que en conjunto aportan el 40% del PIB mundial y su paralela condición de ser el primer mercado del planeta y el origen de la quinta parte de la economía global.

 

Lo malo es que esta clase de síntesis no refleja lo mucho que sufrió Europa durante la reciente década del ajuste y recuperación, ni los devastadores efectos de la crisis del euro, los graves conflictos originados por la ola de refugiados que llegaron a sus costas o la denominada crisis del Brexit, cuya desembocadura no está clara, lo que dificulta saber como quedarán las relaciones entre el Reino Unido y el resto de la UE. Estos y otros hechos de parecida magnitud, parecen evidenciar que la integración europea aún no alcanzó la madurez necesaria para responder al conjunto de desafíos que debió y debe enfrentar. Pocos observadores ignoran que la reforma del contorno político de la UE es una incuestionable prioridad y que el resultado de tal proceso dependerá de como se conduzca el conflicto entre los partidarios del europeísmo y los detractores nacionalistas de dicha integración.

 

En mayo de 2017, el primero de esos grupos resultó beneficiado por la elección de Emmanuel Macron como presidente de Francia (cuyo objetivo declarado era devolver el orgullo a los europeos) a lo que se sumó, en marzo de 2018, el acuerdo de renovación de la coalición entre el CDU-CSU y el partido Social Demócrata en Alemania. Ambos países ejercen el virtual liderazgo de las energías alineadas con el relanzamiento del proyecto europeo.

 

Del otro lado se ven distintas modalidades de fuerzas nacionalistas de corte antiliberal que pueden exhibir sugestivas victorias electorales en los casos de Polonia, Hungría, Austria, Italia y Suecia. En ese último país salieron derrotados hace pocos días los Demócratas los que, a pesar de ello, lograron captar el 17,5% del caudal electoral. Es una fuerza que recién emergió en 1998 y tiene lazos con grupos pronazis, los que capitalizan las tendencias nacionalistas y las críticas a las políticas migratorias que hicieron del Viejo Continente el centro de atracción de más de un millón de refugiados, convirtiendo a Suecia en uno de los destinos predilectos. Y si bien las aludidas naciones consideran muy positivo su vínculo económicocomercial con la UE, temen que la nueva realidad política menoscabe su soberanía.

 

En otros planos, el mensaje de Juncker estuvo orientado a defender la globalización, el multilateralismo y el orden internacional liberal. A pesar de tales definiciones, sugirió la necesidad regional de ahondar la fortaleza del euro como moneda de reserva global junto con el dólar, para convertir tal divisa en un instrumento activo de la soberanía europea, lo que se entendió como un objetivo destinado reducir la volatilidad económica europeas hoy sujeta a las imprevisibles volteretas de la gestión Trump. En las grandes capitales del Viejo Continente cayeron muy mal las afirmaciones del Jefe de la Casa Blanca, cuando éste equiparó las conductas comerciales (el proteccionismo) de Bruselas con las de Rusia y China. Al respecto, cabe observar que a casi veinte años del lanzamiento del Euro, todavía la unión económica y monetaria europea (UEM) no logró sus objetivos y necesita aplicar grandes ajustes.

 

A esta altura existe consenso de que la crisis de refugiados es una cuestión europea y requiere una solución regional. En vista de tal realidad, Juncker estimó indispensable forjar compromisos equilibrados, eliminar las fronteras interiores que surgieron en este contexto, reforzar la Guardia Europea de Fronteras y Costas (10.000 hombres) y ampliar la Agencia de Asilo de la UE. En los hechos, los miembros de este mecanismo enfocaron ese problema con criterios mezquinos, pues enfrentan dificultades nacionales de muy diversa magnitud. De ahí nació la propuesta Juncker destinada a construir una nueva asociación con Africa, esencialmente basada en un acuerdo de libre comercio de continente a continente. Esta idea había sido esbozada por la canciller Angela Merkel en la Cumbre del G20 en Hamburgo y volvió al candelero en la Cumbre entre la Unión Africana y la UE, en Abijan, en noviembre de 2017.

 

El titular de la comisión destacó la solidaridad de los 26 países miembros de la UE con Irlanda a fin de impedir el establecimiento de una frontera rígida con Irlanda del Norte, criterio que fue incluido en la declaración de Chequers de la primera ministra Theresa May, anunciada en julio, quien propuso negociar, cuando termine el proceso de Brexit, una asociación con el Reino Unido con la forma de un acuerdo de libre comercio. Sin embargo, la reunión de la UE de 27 Miembros con la líder británica que se hizo días pasados en Salzburgo fracasó. Tal situación indujo a que Londres sostuviera al día siguiente que, si Bruselas no cambiaba de enfoque, se abría el riesgo de una ruptura en las negociaciones y una salida tumultuosa de la UE. Esto último es muy relativo, por cuanto grandes sectores de la política británica impulsan una nueva consulta popular de resultado incierto sobre este proceso.

 

El problema de la frontera irlandesa es central, debido a que al abandonar Londres la UE se crea una realidad muy complicada de superar, a pesar del entendimiento alcanzado entre por las con el fin de minimizar los efectos sobre la entrada y salida de mercaderías para evitar desconexión comercial, en una zona que históricamente se caracterizó por su violencia hasta el Acuerdo de Viernes Santo de 1998 entre católicos y protestantes. Ese minipaquete de problemas resume el dominó de situaciones adversas que viene creando el Brexit.

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