La integración entre Argentina y Brasil después de las próximas elecciones

Son tiempos para simplificar y lubricar los engranajes del comercio, y no para condimentar las barbaridades mercantilistas que rondan el planeta

Por Atilio Molteni Embajador

 

Si hay algo que no necesitan Brasil y Argentina, ante la complejidad de sus respectivos desafíos internos e internacionales, es que un error de cálculo lleve a potenciar a sus desorientadas clases políticas los altísimos riesgos que hoy pesan sobre el futuro de sus exportaciones y corrientes de inversión. Estos son tiempos para simplificar, ordenar, lubricar y expandir los engranajes del comercio regional, y no para condimentar las barbaridades mercantilistas que se están instalando en casi todos los rincones del planeta. El profeta Perogrullo aconsejaría no reparar lo que está sano y arreglar con precisión de relojero lo que hoy parece estar fuera de servicio.

 

El escenario político de Brasil es tan claro como imprevisible. Los analistas suponen que la primera vuelta de las elecciones para elegir presidente y vicepresidente, que se concretará el 7 de octubre, no permitirá que ninguno de los candidatos alcance el nivel de 50% requerido para triunfar. Ello indica que será necesaria una segunda vuelta, el 28 de octubre, a fin de conocer quien despachará desde el Planalto.

 

El proceso también incluye la elección de 54 de los 81 senadores federales, la totalidad de los 513 diputados federales, 27 gobernadores y centenares de cargos a nivel provincial y municipal. Algunos piensan que se trata del acontecimiento eleccionario más importante desde el renacimiento de la democracia brasileña, proceso en el que pueden votar casi 145 millones de votantes.

 

El resultado de estas elecciones en un país democrático, con nivel de potencia regional y un jugador global resulta, por ahora, realmente inescrutable. La prolongada y profunda recesión, la mayor de su Historia (con millones de trabajadores desocupados y una caída del PNB del 8,6% entre 2014 y 2016), el colapso de la administración pública, el pesimismo de la gente respecto de la clase política y su generalizado descrédito tras cuatro años de investigaciones judiciales de una corrupción sin precedentes por el denominado “Lava Jato”, que llevó a prisión a políticos de los partidos más significativos y a hombres de negocios, demostrando sus amplias ramificaciones a otros países de América Latina, no son factores anodinos.

 

Esa cadena de situaciones facilitó el proceso de destitución de la presidente Dilma Rousseff del Partido de los Trabajadores (PT), quien sucediera a Lula. Tras ese sacudón llegó a la presidencia, interinamente, el vicepresidente Michel Temer, que había sido elegido como resultado de un acuerdo político circunstancial, ya que era un hombre del Movimiento Democrático Brasileño (MDB), de orientación centrista, opuesta al gobierno que sustituyó. En enero de ese año Temer se distanció del Gobierno anterior y adoptó una posición independiente, hecho que privó al PT del control del Congreso y abrió el camino a las acusaciones contra la presidente depuesta y a la posibilidad de que la oposición tomara el Gobierno.

 

Finalmente, en agosto de 2016, el Senado destituyó a Rousseff y Temer asumió esas funciones con el apoyo de una coalición de algunos partidos (en Brasil hay más de treinta fuerzas políticas). Inmediatamente, el nuevo mandatario tuvo ciertos enfoques destacables en la economía, los que recibieron suficiente apoyo legislativo, no obstante su ineficacia para contener los gastos del Estado y disminuir la deuda brasileña (que alcanza al 83% del PNB).

 

A pesar de ello, muchos problemas serán heredados por la nueva administración y su respaldo se evaporó casi por completo. El saldo final es que muchos votantes añoran los beneficios marcadamente populistas que recibieron del PT, los que permitieron sacar de la pobreza a millones de personas, y cuestionan el neoliberalismo extremo del MDB, que ahora compite electoralmente con la figura de Henrique Meirelles como candidato presidencial. Este posee una larga trayectoria en varios grupos económicos, fue un muy exitoso presidente del Banco Central de Brasil desde el 2003 en adelante, y también se desempeñó como ministro de Economía de Temer, antecedentes que no parecen servirle electoralmente.

 

Un factor adicional para estimar los posibles resultados de las elecciones es que si bien el voto es obligatorio en Brasil, los especialistas suponen que el ausentismo y los votos anulados pueden superar los de elecciones anteriores (y llegar al 30%) reflejando el desencanto popular con los políticos. Otro factor que tienen en cuenta, es que los medios de prensa tradicionales y la televisión no tienen hoy la misma importancia. Se trata de un país con 115 millones de personas que utilizan Internet y donde muchos votantes obtienen la información sobre las propuestas de los candidatos por medio de las redes sociales como WhatsApp o Facebook.

 

En los últimos días, un par de acontecimientos modificaron el panorama electoral. El primero de ellos se refiere a Lula da Silva, fundador de PT y ex presidente, quien ahora se encuentra en prisión cumpliendo una condena de doce años por corrupción y lavado de dinero (y tiene otros procesos en marcha), quien vio bloqueada su eventual candidatura por una decisión del Tribunal Superior Electoral que le aplicó una ley que él mismo había promulgado hace ocho años. Esa norma prohíbe ser candidato a quien haya sido condenado en segunda instancia.

 

El mandatario preso aceptó, tras un largo proceso, que lo reemplazara su compañero de fórmula, Fernando Haddad, de 55 años, y descendiente de una familia libanesa, cuya trayectoria es destacable por haber sido profesor universitario de teoría política contemporánea, ministro de Educación de Lula y Dilma (2005-2012), y luego un exitoso Intendente de San Pablo, la mayor ciudad del Brasil. La condición que le impuso Lula fue que acepte su programa de Gobierno y su equipo de campaña. “Mi voz es la voz de Haddad”, dijo Lula al sostener que ello se reflejaría en la alianza denominada “Brasil Feliz de Nuevo”.

 

El segundo acontecimiento fue el dramático ataque criminal del 6 de septiembre contra el candidato ultraconservador Jair Bolsonaro (del pequeño Partido Social Liberal, PSL), durante un acto proselitista en la ciudad de Juiz de Bora, cuando ya alcanzaba la posición más destacable en las encuestas, debido a sus afirmaciones populistas y contrarias al sistema. Todavía se repone de las heridas sufridas.

 

Bolsonaro es un admirador de la dictadura militar que rigió en Brasil desde 1964 hasta 1985, se caracteriza por sus controvertidas ideas sociales y políticas más sus habituales agresiones públicas hacia los seguidores de Lula, y otras minorías. En 1988 dejó el Ejército con el grado de capitán y se desempeñó durante siete mandatos como diputado federal por el Estado de Río de Janeiro, lo que indica que no es un recién llegado a la política, aunque sin haberse destacado en ese terreno. En ocasiones los periodistas lo ven como el Donald Trump brasileño. Después del mencionado ataque personal registró un aumento en las intenciones de voto, las que subieron de 22 a 24 % (pero su rechazo llegó al 43%) y sus votantes son los sectores decepcionados de los partidos políticos tradicionales.

 

Otra candidata destacable es Marina Silva, la vocera del Partido Rede, conocida como una activista del medio ambiente. Integrando el PT, Marina fue diputada y luego senadora y desde 2003 hasta 2008 ocupó el Ministerio de Medio Ambiente. Además, fue candidata a presidente en las elecciones del 2010 por el Partido Verde y en el 2014 por el Partido Socialista Brasileño. Las encuestas le dan ahora un apoyo del 10%. El candidato del Partido Laborista Democrático (PDT) es Ciro Gomes, quien fuera intendente de Fortaleza y luego Gobernador del Estado de Ceará. Compitió para la Presidencia en 1998 y 2002. Fue Ministro de Integración Nacional de Lula en 2003 y luego diputado federal en 2006. Es un político extremadamente popular y su apoyo en las intenciones de voto es del 13%. El candidato del Partido Social Democrático (PSDB) es Geraldo Alckmin, que recibe un apoyo del 9% de la clase media brasileña y de los mercados. Fue cuatro veces gobernador de San Pablo y en 2006 compitió sin éxito contra Lula.

 

Hasta ahora los distintos candidatos están dirigiendo sus expresiones al grupo central de sus votantes, lo que es consecuencia de la complejidad de los temas que están en disputa en la contienda electoral. Sólo los dos que lleguen a la segunda vuelta electoral tendrán las chances de ir a Planalto.

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