Auge y ocaso del mensaje sobre las máquinas

Como en la primera revolución, en la 4.0 los debates también hablan de la inevitabilidad de la destrucción de la sociedad por las máquinas

Auge y ocaso del mensaje sobre las máquinas

 

Por Mariano Arana  Economista e investigador, docente del Instituto de Industria de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS)

 

En los albores de la primera Revolución Industrial se leyó que “…la constitución de la sociedad ha sido fecundada por la maquinaria y será destruida por ella”. El socialista británico John Bray interpretó aquel fenomenal cambio, como un conflicto entre las máquinas y la sociedad. Incluso, el portador del mensaje burgués más efectivo de su época, David Ricardo, dijo: “Estoy convencido, ahora, de que la sustitución del trabajo humano por la maquinara es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora”. Como en la primera revolución, en la actual Revolución Industrial 4.0 los debates también se disputan el sentido del mensaje de la inevitabilidad de la destrucción de la sociedad por las máquinas. No sólo circulan cálculos de los tipos de trabajos en riesgo de ser reemplazados por robots, sino que, bajo la figura de la relocalización productiva, esta revolución amenaza también a aquellas regiones que a base de planificación y bajos salarios se industrializaron el siglo pasado.

 

Según otros discursos menos pesimistas, el capitalismo se eclipsará a la sombra de una nueva organización social más colaborativa, democrática y verde. Se reconoce que la desintegración vertical seguirá su curso, aunque no hay tantos acuerdos sobre lo que sucederá a nivel transnacional con la deslocalización de la producción. El grupo de optimistas de la Revolución 4.0 se concentra típicamente en lo que puede hacer la tecnología. Resalta la capacidad de la Inteligencia Artificial para acelerar la productividad, la reducción de las cadenas de distribución mediante la digitalización, las mejoras de conectividad, entre otras. El pesimismo de los que observan el mundo del trabajo es compensado con la fuerza optimista de los que se detienen en los beneficios de los consumidores.

 

La Revolución 4.0 no solo anuncia las penas y glorias que conllevan la invasión de los robots o la liberación del esfuerzo humano sino que hasta se guarda espacio para declararle la muerte al sistema financiero mundial y la emancipación financiera de los individuos. ¿De qué forma las finanzas podrían acompañar el mensaje esperanzador de la economía colaborativa? ¡Bitcoin! Eso respondieron los utópicos, que poco conocen de monedas, burbujas y uso eficiente de la energía y hasta llegaron a proponer la creación de una criptomoneda por cada entidad productora (un trueque tecnológico). Lo que parece claro es que la dirección del mensaje positivo se dirige más hacia los usuarios de las nuevas tecnologías que a indagar sobre el entramado corporativo que las produce. Además de un enigma, Satoshi Nakamoto (el creador de bitcoin que nadie conoce), es una metáfora muy bien construida del optimismo tecnológico. Satoshi aparenta ser una persona física y de ese modo alimenta el sueño del emprendedor no corporativo. ¡Es un gurú! Un genio matemático que se eleva por sobre Steve Jobs, que, además de ser un oriental empático con occidente (nada mejor para vender tecnología que eso), es un filántropo al que no se le conoce la forma en que estaría monetizando su creación.

 

A pesar de que la economía es una de las disciplinas que más tinta dedica a este revolucionario tema de la revolución, poco uso hace de los instrumentos que le ofrece para comprender ¿Quiénes? ¿Dónde? ¿Cuánto? ¿Por qué? Si en el pasado se entregó semejante poder social a las máquinas ¿Cómo no va a estar en riesgo esa fascinación en la época donde el capital se presenta con cara de humanoide? El robot Sophia es capital que entiende y responde. En esta época, la de Sophia, el riesgo de fetichizar las cosas es mayor que nunca; por eso, más que ayer, la diferenciación entre fuerzas productivas y relaciones de producción resulta fundamental. Piénsese, por ejemplo, cómo cambiaría nuestro conocimiento de lo que ocurre en el mundo si dispusiéramos de un detalle de los stocks (propiedad y composición del capital) detrás de los flujos observados en las Cadenas Globales de Valor.

 

Bray y Ricardo exageraron, cierto pero, a diferencia de los economistas en la actualidad, tienen la excusa no haber conocido antes una revolución productiva ni de haber podido usar las innovaciones de su tiempo para comprender su sociedad. No es necesario dejar que pase el tiempo para quitarle el peso de nuestros éxitos o fracasos a las máquinas y volver la atención sobre quienes verdaderamente tienen el poder para mandar.

 

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