Una vez más, de vuelta a la coyuntura local

Pese a la confianza inicial de que el cambio de autoridades traería la llave para encaminarnos hacia “un país normal”, la coyuntura económica tomó revancha

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Pese a la confianza inicial de que el cambio de autoridades traería la llave para encaminarnos hacia “un país normal”, la coyuntura económica tomó revancha y volvió a despertar viejos fantasmas. Los espectros serán invisibles, pero se reconocen de lejos: aceleración de la inflación, recesión, desempleo, caída del salario real y desmejora de los indicadores sociales. Y una vez más, fueron las malas noticias en el frente externo las que produjeron estas lesiones que, como toda suma de golpes, termina por afectar estructuralmente el funcionamiento económico del país.

 

La corrida cambiaria, sumada a una sequía que afectó la producción agropecuaria (y que seguramente contribuyó a los episodios de estrés en el mercado cambiario), redundaron en un reacomodamiento inmediato de las expectativas acerca de la actividad económica de este año. Hace tan solo tres meses, la expectativas de crecimiento para 2018 de los consultores era positiva y de casi 3%, y hoy el consenso refleja una caída de 0,3%.

 

En medio de las correcciones fiscales, la actividad económica venía sostenida por cierta cuota de optimismo de algunos sectores acerca de la estrategia “de largo plazo” de ordenar las finanzas públicas para propiciar la estabilidad macroeconómica. Pero estas perspectivas, tal como quedó demostrado, pendían de un hilo. El episodio de devaluación se tradujo en un cambio inmediato en las decisiones privadas cuyos resultados en la actividad se advirtieron en una fuerte caída de la industria en junio de 8,1% anual. Si bien parece una baja estruendosa e inesperada, lo cierto es que la industria venía ralentando su dinámica desde marzo, con cuatro caídas desestacionalizadas de entre 0,5% y 1% mensual (datos de FIEL) que dejaron a la producción industrial en los niveles de marzo de 2017, y 7% por debajo del máximo local observado a mediados de 2015. La construcción, que se estremece al ritmo del tipo de cambio y que sufre por la decisión de limitar el gasto en obra pública, se retrajo fuertemente y arrastró a los sectores que producen sus insumos. El otro sector que sufrió fue el automotriz, que observó una caída de 11,8% anual y condujo a la recesión a varias ramas relacionadas.

 

La menor demanda interna provocada por la baja en el poder adquisitivo por los ajustes de ingresos todavía incompletos hizo el resto. En el último semestre la pérdida del salario real acumula algo más del 3%, y las asignaciones y jubilaciones crecieron menos del 10% nominal anual durante el primer semestre de 2018. Sumando a esto el contexto de incertidumbre, el gasto en durables sufrió un duro golpe. Los indicadores de empleo, típicamente procíclicos, tampoco estarían ayudando, ya que parece haberse reducido en los últimos meses bruscamente la tasa de entrada al mercado de trabajo, lo que podría anticipar una suba del desempleo en el segundo trimestre.

 

Esta coyuntura afecta en el corto plazo al gasto y la actividad internas. Una vez más, el ajuste externo parece despejarse en lo inmediato a través de las vías más dolorosas. El tipo de cambio flotante, en lugar de aislar los impactos, los difundió vertiginosamente, una consecuencia difícil de evitar en una economía que aún decide en términos de dólares. Esta dinámica cíclica basada en la sistemática restricción de divisas, que impresiona por lo determinística, parece no responder a ideologías, capacidades técnicas o credenciales académicas. Es en esos momentos cuando algunos impacientes pretenden jugar la carta de las reformas estructurales. Momento de pensar con cautela, porque solo hay una instancia más riesgosa que nuestra histórica improvisación del manejo de la coyuntura: nuestra histórica improvisación para establecer grandes planes.

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