La inexpresión del G20 ante el manoseo del comercio global

El empeño oficial por presidir y forjar consensos basados en el ninguneo de los temas que hacen temblar al planeta ha sido muy escaso

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Las dos últimas reuniones ministeriales del G20, efectuadas en Buenos Aires (las de Finanzas y Agricultura), dejaron una buena sensación en materia de ritos y logística formal. Pero la calificación baja mucho si uno se pone a reflexionar acerca del empeño oficial por presidir y forjar consensos basados en el sistemático ninguneo de los temas que hacen temblar al planeta, como las guerras comerciales, el futuro y la reforma de la OMC o el destrabe de las estancadas negociaciones agrícolas (un rubro que solía figurar en las escasas políticas y prioridades de Estado, enfoque que no tiene por qué desaparecer cuando se ejerce la presidencia de una reunión).

 

Desde esa óptica, lograr consensos livianitos deja de ser un mérito de buen anfitrión para transformarse en un gigantesco y muy caro despiste. Y salvo que se produzca un milagro en la Cumbre Presidencial de fines de noviembre, la que por regla se tiende a alimentar con una selección de las ideas o errores que cocinan los sherpas y los ministros, 2018 sería el segundo de los años en que el grupo se dedica a hacer la plancha o a sentarse sobre sus manos al ver cómo pasan cosas de primera importancia. Desde el vamos, Argentina decidió ejercer su actual presidencia del G20 con ideas simples. Por lo pronto hizo suya la ya obsoleta doctrina Merkel, cuya esencia consistía en reducir la ambición del foro con el fin de lograr que Donald Trump y sus apóstoles se aquerencien con la música y letra que sentaron aceptable doctrina en el Grupo. Ese enfoque indujo a sacrificar varios de los principios y horizontes, sin que ello torciera la indisciplina del jefe de la Casa Blanca, que nunca dejó de comportarse como un chico incorregible e imprevisible (lenguaje santo, ya que The Economist lo lanzó al mercado con un gran editorial).

 

“Es lo que hay”. Difícil saberlo, pero no lo parece. Sólo es útil para moverse con la premisa de hacer “poco, prolijo y sin lío”. ¿Valía la pena traer el G20 a la Patria para esto? La respuesta verá la luz del día a partir del 2 de diciembre.

 

Como se sabe, el grupo adoptó su actual formato cuando los principales países del mundo tuvieron la necesidad de darle músculo político, creatividad y pragmatismo a las acciones que requerían máximo respaldo para revertir la terrible crisis financiera, energética, alimentaria y social que estalló entre fines de 2007 y principios de 2008. Desde entonces, los líderes de las naciones que forman la masa crítica de la economía, el comercio y la población terrestre dialogan entre sí para analizar las cuestiones de interés común, recomendar medidas específicas y diseminar, entre los representantes de cada gobierno, los consensos surgidos dentro del foro. Por ello no es fácil creer que el Grupo se regocija con la noción de dedicarle agenda a pasatiempos del intelecto, o que resulta un lugar cómodo para quienes tocan de oído los ultracomplejos detalles de la política internacional en todas sus disciplinas, las que no se dominan haciendo ejercicios de olfato deductivo.

 

Ello sugiere que la influencia y valor del foro depende de que sus Miembros lleven a la práctica sus Declaraciones y Acuerdos, dando oxígeno, a lo que corresponda, a cada uno de sus consensos, lo que en el mundo real casi nunca sucede. La última Declaración de Ministros de Agricultura del G20 (28/7/2018) “reconoce (toda la Declaración parece una misión de reconocimiento) el uso creciente de medidas proteccionistas no arancelarias, inconsistentes con las normas de la OMC”. Un diagnóstico bravo, repetido y standard desde hace tiempo, sólo que ahora se le antepone el interés de crear un nuevo Observatorio sobre estos hechos, lo que no está mal, al menos no está mal como fuente complementaria de trabajo para especialistas del palo.

 

A nadie se le escapa que los grandes maestros del proteccionismo regulatorio viven en el Viejo Continente, en Washington, en Tokio y, en los tiempos que corren, en Pekín o Nueva Delhi. De hecho, ya hay varios “observatorios activos” en Ginebra y son los Comités de Medidas Sanitarias y Fitosanitarias, de Obstáculos Técnicos al Comercio y casi todos los demás derivados de las disposiciones relevantes, incluidas las aplicables a las empresas del Estado. Para darles mayor entidad, es cuestión de modernizar las reglas obsoletas y poner a funcionar con mayor seriedad esos “observatorios”, ya que las normas de esa organización tienen, además, status contractual y respaldo técnico de una eficiente secretaría: eso significa que el que las hace las paga y los temas no se arreglan con jarabe de pico. El domicilio de estos antros se llama OMC y, cuando sus decisiones eran respetadas por su membrecía, fue el vector que por más de setenta años guió el enorme progreso registrado en la esfera del comercio y el crecimiento mundial. Además, en los últimos lustros la participación de los países en desarrollo dentro del comercio global, creció de modo sustantivo.

 

El G20 tenía otros filones que destacar. ¿Es que a nadie se le ocurrió tomarle la palabra al presidente Trump, cuando dice que está dispuesto a establecer acuerdos de comercio con los que se comprometan a fijar cero arancel, cero restricciones no arancelarias (lo que, como sostuvo la reciente Declaración de los agris –y yo también hasta la náusea– ya están prohibidas) y cero subsidios? Cuando se discutió en Ginebra el tema de los subsidios días atrás, los osados representantes de Estados Unidos contradijeron a su gran jefe. Ellos propusieron llevar los subsidios agrícolas de Ayuda Interna no a cero como pidió el titular de la Casa Blanca, sino a no más del 5% (actual de minimis) en el caso de los países desarrollados y del 10% (actual de minimis) para naciones en desarrollo. Lo que no dijeron esos pillines, es si el porcentaje final están dispuestos a aplicarlo únicamente sobre los subsidios prohibidos de Caja Ámbar o sobre todos los subsidios. Si es la segunda opción, habría que tomarla antes de que se arrepientan. Como se ve, los ministros de Agricultura tenían tela para cortar y recomendaciones de peso que hacer, sin necesidad de reconocer lo que ya fue reconocido con mucha mayor precisión y fundamento por los organismos especializados como la FAO, la OCDE y, Dios no lo permita, la Convención sobre Diversidad Biológica.

 

El otro tema es de mayor peso aún. Aunque nuestro gran colega, el embajador Roberto Azevedo, Director General de la OMC, hizo otra arenga a los Miembros (24/7), esta vez pidió algo que pueden y deberían hacer sin esfuerzo. Su tesis es que el futuro de la organización está en peligro y es hora de que los gobiernos hagan oír su voz antes de que sea demasiado tarde (no sería este un tema importante para el G20?). La gente que está en Ginebra huele que hay riesgo de patada en la mesa o de incumplimiento deliberado de sus reglas, lo que ya acontece diariamente delante de nuestras narices. Se convierta o no en realidad semejante burrada, ¿no sería la Cumbre Presidencial del G20 de Buenos Aires el mejor lugar para decir lo que hay que decir, con buen lenguaje político y cuidadoso criterio profesional? Digo. En tiempos de locura, mejor estar preparado.

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