Exportación o estancamiento

La exportación per cápita oscila en torno de U$S 1.200 anuales (estimación), uno de los registros más reducidos a nivel internacional

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

El reiterativo ciclo de crecimiento y retracción de la economía argentina sugiere que nuestro país no parece haber tomado nota de los cambios internos e internacionales que se han producido en la producción y el intercambio mundiales en el último medio siglo. De allí que más allá del intento de acceso a nuevos mercados relevantes en el escenario internacional el debate doméstico en torno a la mecánica de acumulación externa sigue sin aparentemente reconocer que los únicos ingresos genuinos acorde la estructura económica argentina derivan de su comercio exterior, cuya competitividad no necesariamente depende de devaluaciones instrumentadas bajo regímenes de tipo de cambio fijados por el Estado o de aquellas que explosivamente produce el mercado en razón de desequilibrios macroeconómicos cuando rigen presuntos sistemas de tipo de cambio flotante. De allí que la expectativa frustrada de atraer olas de inversiones dirigidas a impulsar sectores de creciente valor agregado permite comprobar que el mercado interno argentino ha dejado hace mucho tiempo –incluso a nivel Mercosur– de resultar atractivo para la inversión en la producción de bienes que no resulten comerciables internacionalmente. Y ello no puede depender de variables alejadas de la estructura socio–política local, tales como una reducción sustantiva de los salarios reales para tornar competitiva la producción vis à vis países con condiciones laborales más primitivas. Así, la integración regional ha orientado la inversión externa –acorde al manual– hacia el socio más grande, destino casi exclusivo de nuestras manufacturas no agropecuarias, lo que obliga a los industriales argentinos a persistir irracionalmente en comparar el costo de su respectiva mano de obra para no perder competitividad.

 

Una sucinta reseña del perfil exportador de nuestro país, más allá de cualquier modelo conceptual preconcebido, tal vez contribuya a vislumbrar un escenario realista. Las colocaciones externas totales según Indec (bienes) ascendieron a U$S 53.384 millones (2017) –correspondiendo al puesto 47 a nivel mundial según la Organización Mundial del Comercio (OMC)– y U$S 58.428 si se incluyen servicios. Este último ejercicio resulta complejo, ya que mientras Indec valúa las exportaciones de dicho sector en U$S 6.700 millones (2016), acorde la OMC habrían alcanzado U$S 12.697 millones –ubicándose como exportador N°68 en este segmento– resultando las estadísticas en la materia escasamente confiables.

 

Más datos

 

Si se observa que nuestro país colocaba bienes en el exterior por U$S 8.021 millones (1980) –habiendo alcanzado su pico exportador con U$S 82.981 en 2011– y que el valor del dólar de 1980 equivale a 3,5 veces el de 2017 (U$S 25.248 millones), puede concluirse que al margen de mantenerse el valor constante de las exportaciones a lo largo de 37 años sólo se ha logrado expandir las mismas una vez en términos reales, a una tasa promedio anual simple del 3,15%, inferior a la mitad del coeficiente estimado por la OMC para las exportaciones mundiales.

 

En cuanto a su composición (según Indec) los productos primarios han ido reduciendo progresiva –aunque escasamente– su participación sobre el total, desde 33% en el período base (1980) a 28% en 2017, llegando a 23% en 2011. Por su parte, las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA) se mantuvieron en torno del 40% a lo largo de todo el período considerado, aunque reduciéndose a un tercio en 2011 en razón del crecimiento relativo de las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) en dicho ejercicio. Las MOA han resultado afectadas por períodos de intensa tributación a la exportación (retenciones), en forma concomitante con la elevada “escalación arancelaria” de que son objeto en importantes mercados tales como la Unión Europea (UE).

 

Finalmente, las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) fueron las únicas en reflejar un significativo avance al pasar del 19% al 35% en el período bajo análisis, manteniendo esta participación desde 2011. De ello cabe concluir que los esquemas promocionales para las MOI, incluyendo un tipo de cambio beneficiado ocasionalmente por “reintegros” –insólitamente aún vigentes–, al igual que el proceso de integración regional –no operativo hasta fines de Siglo– beneficiaron a este segmento al abrirle el mercado brasileño, único en el cual las MOI han logrado insertarse exitosamente.

 

Finalmente, el sector de combustibles y energía –negligible en el período base– alcanzó una participación del 5% (2017), habiendo logrado durante algunos años aproximarse al 10%.

 

Hacia adelante

 

En cualquier caso, las exportaciones –que contribuían 8,5% (bienes) a la composición del PIB en 1980– sólo avanzaron al 9,2% en 2017, y al 13% si se adicionan los servicios, habiendo alcanzado al 15,9% en el año cumbre de 2011. Esta tan escasa participación se refleja –según estimaciones del Banco Mundial– en la ubicación N°152 a nivel mundial, lo cual no permite alentar expectativas de que dichos niveles contribuyan a mejorar los ingresos. Mucho más grave aún es que la exportación per capita oscila en torno de U$S 1.200 anuales (estimación), uno de los registros más reducidos a nivel internacional, aún respecto de estructuras comparables como Uruguay (3.200), Chile (4.200), Nueva Zelanda (8.600) o Australia (10.500). Al respecto, resulta obvio señalar que la incidencia positiva de las exportaciones sobre el crecimiento del PIB debería reflejarse en niveles per cápita mucho más elevados si se persigue un crecimiento sostenido, tal como se observa en los países desarrollados así como en aquellos que han perseverado en un consecuente programa de acumulación exportadora.

 

En cuanto a la composición de las exportaciones sólo cuatro productos –de los cuales tres conforman el complejo sojero (habas, harinas y aceite)– más el maíz, concentran 37% del total. Igualmente, cuatro destinos –excepto Brasil todos vinculados a las exportaciones del complejo sojero y otros cultivos destinados a la alimentación animal (China, Vietnam y Chile)– acumulan 31% de las mismas. Ninguno de estos indicadores resulta indicativo de una destacada vocación hacia la diversificación sectorial o geográfica de las colocaciones, reflejando la observación predominante en nuestro país de que los sectores que carecen de demanda doméstica no pueden desarrollar una escala apropiada para integrarse al comercio exterior. Argumento que contradice toda la experiencia de los países asiáticos, que al liberalizar su sistema comercial –aún en forma regulada– se beneficiaron de la ola de la globalización comercial de los últimos 40 años.

 

Ejemplo de la exteriorización autónoma de la competitividad, nuestro país se ha convertido en un importante exportador de servicios de conocimiento –en particular software– que concentra 90% del total sectorial, aunque la escasa transparencia y contralor de la integración del mismo al comercio internacional torna difícil evaluar el real valor de dicha actividad. Sin embargo, si se constata que constituye el segundo proveedor de EE.UU. en este campo –en competencia con la India, aún con un sobrecosto de hasta 25% en razón de su calidad– resulta un ejemplo claro de opciones escasamente promovidas, evidenciando que probablemente no se requiera definir a nivel estatal sectores productivos a ser alentados, sino recrear –sin ingenuidad– condiciones de apertura y equidad que permitan a aquellos con evidente capacidad competitiva destacarse, atrayendo per se directamente las inversiones requeridas para su éxito exportador.

 

Así, mientras no se revean las políticas públicas que determinan el apogeo o decadencia de sectores y las exportaciones no crezcan sustantivamente –como porcentaje del PIB y per cápita– resultará muy difícil estabilizar un sendero de crecimiento perdurable, incrementar la ocupación y eliminar la pobreza.

 

Al respecto no cabe celebrar la reincorporación en 2018 al listado de los diez principales exportadores mundiales de carne vacuna –ubicación que debería darse por descartada– si no se destaca con mayor énfasis que hace ya varios años se integra el grupo de diez principales exportadores de arándanos que nuclean 90% de la producción mundial. De igual forma, tal vez convendría disipar la obsesión por la exportación de productos MOA con valor agregado creciente –el supermercado del mundo– que hace perder muchas veces de vista que estos últimos son los que presentan una protección arancelaria efectiva más difícil de superar en los mercados realmente significativos, por lo que eventualmente la expansión del volumen de producción de un cultivo destinado estructuralmente a la exportación puede resultar más beneficiosa para la inversión, ocupación y crecimiento exportador que el intento de penetrar con bienes que enfrentan una “escalación tarifaria” que torna inviable su colocación en muchos destinos.

 

Así, el establecimiento de algunos principios comunes para la producción doméstica seguramente podría generar una mejor asignación de recursos, evitando programas de elevado costo fiscal como el esquema promocional de la industria electrónica en Tierra del Fuego, que supera $30.000 millones anuales, y cuyo desarme después de 44 años conlleva aún subsidios parciales. La racionalidad indica que la provincia podría desarrollar aún más exitosamente –por si sola– el turismo, la energía, la pesca, y la producción maderera.

 

Algunas ideas

 

Un primer paso para convertir al país en un gran exportador podría eventualmente requerir de pocos instrumentos.

 

  • Un único tipo de cambio, eliminándose las retenciones con fines meramente fiscales, así como los reintegros a la exportación.

 

  • Mantenimiento exclusivo de las retenciones diferenciales en aquellas cadenas que enfrentan la necesidad de compensar una “escalación arancelaria” sustantiva en los principales mercados de destino, amparándose en la normativa de la OMC.

 

  • Ampliación de los volúmenes de producción del sector agropecuario en aquellos productos que han demostrado demanda internacional.

 

  • Expansión de la minería bajo normas medioambientales sustentables.

 

  • Promoción de las exportaciones de servicios.

 

Y así la exteriorización competitiva se manifestará per se, sin producirse una primarización de las exportaciones respecto del panorama vigente. Tal vez sea la hora de abandonar el voluntarismo en materia exportadora revaluando en este campo el principio enunciado por William Gladstone, primer Ministro británico: “Mi mejor política exterior, mi política interna”.

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