Estancamiento y cohecho

En 2019 estaremos al mismo nivel de PIB que cuando Macri asumió

 

Por Carlos Leyba

 

La presidencia de Mauricio Macri, el “mejor equipo de los últimos 50 años”, los CEO -exitosos privados – empoderados en la cosa pública, la “nueva política”, habrá conducido cuatro años de estancamiento. ¿Electroencefalograma plano? ¿Sólo cabe esperar el rebote del gato muerto? ¿Hay vida?

 

Al término del mandato PRO estaremos al mismo nivel de PIB que cuando Macri asumió. Será un PIB por habitante menor y un escenario de mayor conflictividad social. Datos.

 

Las explicaciones. Todas válidas. Pueden tener que ver con el pasado, el exterior, el clima, la suerte, etcétera. Pero son sólo explicaciones.

 

Frente a los hechos, además de explicaciones, hay consecuencias, previsiones y pronósticos que alimentan las expectativas y su signo.

 

Para el Gobierno no es lo importante lo que está pasando en la superficie pero sí lo son las reformas en las estructuras.

 

Abandonaron brotes, semestres y gerundios y pasamos al “crecimiento que no se ve”.

 

Esas reformas –simplificadas – son apuestas, algunas materializadas otras no, hacia “el mercado”. Entre ellas, abrir la economía, que los precios internos y externos no sean intervenidos y que sean el resultado de las fuerzas del mercado. Cuando pase “la tormenta” (nada de lo que pasa es generado aquí, según Mauricio) se verán las consecuencias benéficas del descubrimiento de un sendero de crecimiento motorizado por las “fuerzas de la naturaleza pródiga”.

 

Ayer, en la Asociación Empresaria Argentina (AEA), la mayor parte de las grandes empresas –de alguna manera – se confirmó ese optimismo.

 

Paolo Rocca, la cabeza de Techint dijo: “Yo creo que Argentina está tomando muchas decisiones en la dirección correcta” y agregó que, en cinco años y gracias a Vaca Muerta, podemos “pensar a un país con una producción de 200 millones de m3/día de gas natural y 1 millón de barriles/día de petróleo (…) una facturación de US$ 30.000 millones/año y exportaciones por US$ 15.000 millones/año (…) dimensión comparable con la del campo argentino”. En 2023 la fuerza de la naturaleza habrá hecho su trabajo. Expectativas.

 

Para los que no son parte del Gobierno, las consecuencias del presente tienen ese sabor amargo a las palabras escritas por Juan José Castelli. “Si ves al futuro, dile que no venga”. O el sabor sabio de Henri Bergson: “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”.

 

Estamos haciendo el futuro con este presente, en el que las fuerzas de la naturaleza pueden ayudar pero no resolver los endemoniados problemas que nos detienen.

 

No se puede cambiar haciendo lo mismo. Si seguimos haciendo lo mismo lo más sensato, ¿es tratar que el futuro no venga? La proyección, sin cambios, no es alentadora. Cada año de estancamiento aumenta la mochila fiscal.

 

Nada nuevo. Es más, la “buena noticia” es que esto de no crecer no es una novedad. Mauricio llevará la cucarda de haber logrado cuatro años de crecimiento cero. Nadie había logrado tanto. Es cierto.

 

Pero lo logra luego de un largo período de ausencia de crecimiento vigoroso y eso no lo hace demasiado diferente a los demás o a los demás demasiado mejores que él.

 

“No se preocupe por lo malo que somos, los que vengan después nos harán buenos”.

 

¿Cuán largo es este período de ausencia de crecimiento?

 

A veces el debate acerca del inicio del estancamiento tiene como único propósito alimentar la retórica política acerca de “los responsables”.

 

Pero ponerle fecha, al fin del progreso y comienzo de la decadencia, también puede servir para mensurar cuan inclinado hacia abajo está el plano de la historia y tratar de desentrañar qué hicimos o dejamos de hacer para no poder impedir la continuidad de la larga declinación.

 

Hoy la moda, la que el Presidente ha adoptado, es señalar 70 años, es decir, “el fin del progreso” ocurrió en 1948. Pura retórica. Ninguna cifra avala esa afirmación.

 

Es más, el economista que Mauricio admira a tal punto de haberle entregado la conducción absoluta del BCRA hasta el día de los inocentes de 2017, Federico Sturzenegger, escribió en su libro “Yo no me quiero ir” (qué premonición): “A principios del Siglo XX el PIB per cápita de un argentino osciló entre 70% y 80% del de un australiano, relación que se mantuvo relativamente estable hasta mediados de los años 70 y (ahí) comienza una declinación formidable” (Planeta).

 

Los datos avalan solidamente esa afirmación “declinación formidable”, Rodrigazo, Dictadura y hasta hoy.
Nuestra economía sufre la enfermedad crónica del estancamiento, una enfermedad que genera múltiples contagios y fundamentalmente una fatiga que se transmite a todo el sistema social.

 

En nuestro caso es “crónica” porque es de larga duración y no sólo tiene picos, que los tiene, sino que es de lenta progresión, que es silenciosa y genera una perversa adaptación. Nos acomodamos a la enfermedad, nos habituamos al estancamiento. La política económica se hace en y para el estancamiento. Aunque quienes la hacen no quisieran hacerlo.

 

En realidad les pasa lo que a Monsieur Jourdain de Moliere, que descubrió gracias al filósofo: ¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo! Trabajan para el estancamiento sin saberlo.

 

La perversa adaptación no es otra cosa que, por ejemplo, las sucesivas decisiones políticas destinadas a comprar tiempo. Con métodos que inexorablemente se convierten en una carga que profundiza los males.

 

¿Hay algo más “populista”, usando por “moda” esa clase vacía tan usada por los comunicadores como descalificación, que el endeudamiento en dólares, los que no sólo no somos capaces de producir sino que además nada hacemos para producirlos y reequilibrarnos económicamente?

 

¿O hay algo más “populista” que promover el ingreso de dólares especulativos sosteniendo una tasa de interés inexplicable e impagable que a la vez hace impagable el retorno? ¿Hay algo más “populista” que provocar, con la tasa de interés irracional, la interrupción de los flujos requeridos para mantener la actividad y, al mismo tiempo,buscar recursos para paliar las consecuencias de lo que la tasa de interés provocó?

 

Los ejemplos agobian. La realidad es que, con estancamiento prolongado y este período íntegro sin crecer, viene acompañada, además, de una tasa de inflación de 32% en 12 meses: la consagración de la estanflación como diagnóstico.

 

Y además un déficit de la Cuenta Corriente del Balance de Pagos que ha alcanzado los mayores niveles históricos en relación al PIB.

 

En este contexto, el Gobierno tiene como prioridad de corto plazo cumplir con los compromisos con el FMI. Renunciar a ellos, más allá de lo razonable o no que hayan sido esos compromisos, es sumarle al escenario una tormenta de consecuencias impredecibles.

 

¿Pero hay formas de cumplirlos que no produzcan la profundización de los males presentes?

 

No cumplirlos (sin renegociarlos) es un salto al vacío. Es obvio que el gobierno nos llevó a la puerta del precipicio. Es obvia la perversidad de las Lebac y de su tasa de interés. Es obvia la perversidad de haber liquidado 15 mil millones de dólares de las reservas para intentar mantener un dólar a $20 o para permitir una fuga de esa cantidad a $20 por dólar. ¿Cómo explicar la diferencia si se fueron a $20?

 

Es perversidad continuar con la misma estrategia aunque sea en cuotas más pequeñas.

 

Esta es una encerrona. Podrá calmarse el tipo de cambio unos días, podrán mantenerse las tasas de interés de demolición, la inflación inercial continuará y ese combo, finalmente y hasta que la cotización torne disuasoria, la erosión continuará.

 

Un tipo de cambio que acumule reservas y que no las erosione, aquí y ahora, es la primera condición para formular un programa de desarrollo y estabilización. No hay horizonte de estabilización sin horizonte de desarrollo. Pero sin ese programa, que aproveche las condiciones de un tipo de cambio disuasorio, no hay equilibrio posible, no lo pueden lograr, sin programa, ni las fuerzas del mercado ni las de la naturaleza.

 

El Gobierno solo no puede. Ningún gobierno solo puede en una sociedad tremendamente conflictiva. En la pretensión de hacerlo está la matriz del fracaso. La experiencia hace evidente la afirmación.

 

Vaya a saber que fuerza estrafalaria cambió el signo del debate. Pero después del rotundo fracaso de Macri en la instalación del aborto, las estratagemas miserables del marketing siempre terminan mal, como eje de reacomodo de las fuerzas políticas, aparecieron los cuadernos.

 

Cuadernos que también habían aparecido antes en Chubut y después en Jujuy. Apuntes de la realidad.

 

Pero esas apariciones de fantasmas arrastrando bolsos cargados de coimas se corporeizaron en verdaderas “confesiones” a cargo de Carlos Wagner. El empresario que confesó la organización mafiosa de la obra pública. No es tampoco nada nuevo. ¿Un viaje al pasado iniciático?

 

“Robo para la corona”. Y de ese período de saqueo al patrimonio público, como han pasado unos años, quedan “fortunas de prestigio” montadas sobre la succión en permanencia del dinero público. Al robo añejado en vasijas de roble se lo disfraza noble. ¿Se imagina la ley de residencia de la Colonia aplicada a los funcionarios y aventureros empresarios de estos años? Pero además nos clavaron el estancamiento económico y la decadencia social de la pobreza.

 

Caso único en el que el estancamiento fabrica fortunas. O que las fortunas súbitas profundizan el estancamiento.

 

La actual concentración de la riqueza escandaliza como nunca antes.

 

Nada desaparece hasta que se lo reemplaza. (A. Comte) Para que desaparezca la cultura del cohecho, la coima de los concesionarios, hay que desplazar su influencia nefasta.

 

Sólo sobre ese acuerdo político se podrá construir un consenso digno para el desarrollo y la estabilización. No hay lo uno sin lo otro. Si los concesionarios usurpadores por décadas del Estado no son reemplazados por el vigor de fuerzas productivas del trabajo y el empresariado, continuara el estancamiento como modelo. Cohecho y estancamiento. Una pareja perversa.

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